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Un barquito en el resquicio de la ventana...


La vida cotidiana en una ciudad tan extensa como la ciudad de México, se compone de diversas actividades que cada habitante vive de manera diferente, unos corren por alcanzar un autobús, otros se internan en el Sistema de Transporte Colectivo Metro –que día a día sobrepasa su capacidad para desplazar a cientos de miles de pasajeros, sobre todo en las llamadas horas pico–, otros circulan en sus autos particulares, la mayoría de ellos con un solo pasajero, cuando lo ideal sería compartir con vecinos, familia o conocidos.

Los hay también que utilizan taxis de aplicación –que en estos tiempos se han convertido en una buena opción, pero solo para algunas clases sociales–, o bien los taxis ordinarios, algunos se transportan en motocicletas y bicicletas que, si bien cuentan con algunas vías exclusivas, la mayoría de las veces circulan sin control y claro las personas transeúntes o peatones que caminan o corren de un lado a otro.


Otros transportes públicos además del metro, operan en ramales de líneas de autobuses, el sistema de transportes eléctricos (trolebuses) y tren suburbano, y más recientemente se han agregado otros como el Metrobus, el Ecobus y Cablebus entre otros[1], que se extienden circulando por casi todas las principales avenidas de la ciudad. Esta infinita movilidad, ocasiona caos vial, tráfico infernal y una contaminación que crece y crece cada día ahogando a sus habitantes.


Pero sin duda toda esta problemática, afecta de sobremanera a los habitantes más vulnerables que la sufren más intensamente, como son: los niños y jóvenes, las personas discapacitadas y los adultos mayores, a quienes se les dificulta adaptarse a la intensa vida de la ciudad para sus traslados a los diferentes niveles educativos o bien para desarrollar alguna actividad laboral, financiera, visitas médicas o adquisición de medicamentos en el caso de los adultos mayores.

Aunado a ello, los habitantes de la Ciudad de México, dados los problemas antes mencionados, se enfrentan a serios problemas mentales, de ira y desesperación, que desencadenan en peleas verbales, riñas pequeñas o grandes, accidentes viales y abusos contra los más débiles, este padecimiento se conoce como estrés ambiental y afecta a todos los habitantes en mayor o menor medida.[2]

En una ocasión, es una mañana cualquiera, tomé el autobús de pasajeros que corre del centro histórico hacia el sur de la ciudad, sobre una concurrida calzada, para iniciar mis labores diarias en una oficina gubernamental, poco antes de las nueve de la mañana, contando con la gran suerte de que la base de los autobuses, se encuentra una estación antes de dónde lo abordo, por lo que, por lo general llega vacío, así que me permite no solo sentarme sino incluso escoger un buen lugar.

Esa mañana, tomé el asiento en la segunda fila detrás del conductor, en la ventilla, ya que disfruto mucho los viajes, mirando las calles y avenidas, los edificios, parques y casas, y mejor aún, el ir y venir de las personas, en sus negocios o vehículos, caminando o haciendo ejercicio y los niños y jóvenes, entrando de prisa al colegio, como lo es la vida cotidiana de cualquier ciudad.


Como todos los días, durante el trayecto suben y bajan cientos de personas, vendedores o artistas callejeros, solicitando monedas a cambio de dulces o sonrisas, discapacitados, adultos mayores, señoras con el mandado o ruidosos adolescentes, hasta que invariablemente se llenan asientos y pasillos, rebasando por mucho su capacidad.


En una de las estaciones establecidas, un señor mayor, intentaba subir con mucho trabajo, sosteniendo el barandal con una mano y su bastón con la otra, al tiempo de decirle al conductor, que solo traía tres monedas... los autobuses cuentan con un sistema de pago en alcancías para depositar el cobro, que debe ser exacto de seis pesos y por ello los conductores, no deben recibir dinero, ni dar cambio a nadie y menos, aceptar menos de la cantidad del pago.


El operador, sin inmutarse, con cara de hartazgo, no hizo ni siquiera el intento de levantarse para ayudarlo a subir y malhumorado le dijo que, si no contaba con el dinero exacto, no podría abordar, que se hiciera a un lado y no estorbara a los demás…


Cuando estaba a punto de acelerar y dejarlo ahí, me levanté de inmediato y me acerqué al señor, mirando al conductor con ojos amenazantes… le ofrecí mi mano para ayudarlo a subir diciéndole que con gusto pagaría su pasaje, agradecido tomo mi mano, deposité las monedas y sin soltarlo le ofrecí mi asiento, porque el autobús ya se encontraba completamente lleno y las personas de los asientos cercanos, no parecían enterarse de lo ocurrido, mucho menos dispuestos a ceder su lugar, lo mismo las personas que ocupan sin respeto los asientos “especiales” para adultos mayores, embarazadas o discapacitados.


El señor, me miró y sonrió tan bonito, que me hizo sentir muy bien, llevaba un desgastado saco azul, al igual que sus zapatos y su pantalón obscuro, cubriendo su cabeza con un sombrero gris, muy parecido a los que solía usar mi fallecido papá, que de inmediato, me lo recordó produciéndome infinita nostalgia... pensando cuántas veces se hubiera enfrentado a alguna situación parecida, en sus andanzas en el transporte público, y al que quizás nadie habría ayudado.


Durante el trayecto, al estar de pie junto a él miré de reojo que, con mucho trabajo, por el temblor en sus manos, le costaba mover los dedos, –como si padeciera de Artritis o Mal de Parkinson, pero algo estaba haciendo, que no alcanzaba a distinguir desde la altura de mis ojos, mientras el resto de su cuerpo se movía al vaivén del autobús, cada tanto, acercaba su cara –a unos pesados lentes–, suponiendo que apenas y podía ver lo que estaba haciendo, pero aun así continuó.


Yo trataba de detenerlo con mi cuerpo para evitar que se cayera, ya que ocupaba sus dos manos en lo que hacía, en lugar de sujetarse, y ante los embates del autobús, yo también debía detenerme con ambas manos de los pasamanos y cubrirme de los pasajeros que pasaban casi encima de mí, a los asientos traseros o a buscar la salida.

Después de un rato, se levantó, me miró y me dijo:

–Ya me voy a bajar señora bonita ¡muchas gracias! –

–No tiene nada que agradecer, –le respondí

–¡Dios se lo page y la bendiga! – me dijo tomando mi brazo.


Lo ayudé a bajar, por la puerta de adelante, cuando lo indicado es por la puerta de atrás, pero se debe hacer la excepción con este tipo de pasajeros, solicitando abrirle el paso entre la gente, ante la mirada inquisitiva y ansiosa del conductor, pero no solté su mano, hasta cerciorarme de que hubiera bajado, volviendo a sentarme en el mismo lugar en la ventanilla, aprovechando que el autobús seguía detenido subiendo pasajeros, volteé el rostro y el señor estaba ahí de pie mirándome y haciéndome señas con las manos, para que mirara el resquicio de la ventana... entonces, ahí estaba lo que había hecho todo el camino...


–¡Es para usted!, –gritaba agitado–

Apenas alcance a escucharlo, cuando el autobús se puso en marcha...

– Y entonces miré y ahí había ¡Un barquito!


Con sus manos temblorosas, aquel anciano había hecho un pequeño barquito con el boleto de papel del autobús de seis pesos, eso es lo que hacía con tanto trabajo, durante el trayecto… ¡para mí!

–¡Que Dios lo cuidé a usted señor! le alcancé a decir...


Antes de que se perdiera su silueta en la distancia, esos breves momentos, me conmovieron y me hicieron reflexionar, en las pequeñas cosas que la vida nos ofrece, en la gratitud y la bondad de las personas por un simple acto, quizás insignificante para muchos, pero de gran valía para otros.


Un pequeño barquito, hecho con las manos enfermas de un anciano, que para mí supondrán un tesoro que conservaré para siempre, de enorme gratitud, no de él para mí, sino de mí, para él. ¡Mil Gracias!


Ojalá esta pequeña historia, nos hiciera reflexionar en la empatía que deberíamos tener con todas las personas, claro que comprendemos lo difícil que es para todos, la convivencia diaria en una ciudad como ésta, pero quizás nuestra vida sería más fácil si aprendiéramos a vivir con el debido respeto, a los espacios de los otros, a la ley de movilidad y el reglamento de tránsito vigente, pero sobre todo a nuestra propia disposición para ayudar a otros, actuar como personas civilizadas y educadas, haciendo a un lado la ira personal para no descargarla una y otra vez en el primero que se nos atraviese.


Es apenas un pequeño esfuerzo, regalar una sonrisa, un gracias, un por favor o una mano de apoyo, seguro disminuiría la violencia y nos haría la vida mejor.


Notas [1] Movilidad urbana. Conoce todos los tipos de transporte de la Ciudad de México. (junio 11, 2020) Disponible en: https://movimentistas.com/movilidad-urbana/transporte-publico-cdmx/. [2] Usuarios de Transporte Público se Estresan en sus recorridos. Boletín UNAM-DGCS-916.Ciudad Universitaria 7 de noviembre de 2022. Disponible en: https://www.dgcs.unam.mx/boletin/bdboletin/2022_916.html

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