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El ala rota

Tengo un ala rota dijo el ave con la voz temblorosa y casi inaudible. Estoy cansada y tengo miedo de no poder llegar a mi destino. No puedo volar así, necesito reponerme. Mi ala requiere cuidados para poder volver a surcar el cielo. La tempestad me tomó por asalto y los vientos me tumbaron, haciendo que cayera y me lastimara. Me quedé atrás, ya los míos deben haber llegado a la costa. Los tibios rayos del sol seguramente les calientan en este momento, suspiró el ave triste.


El hombre la miró, detallando su increíble belleza. Que hermosa ave, pensó. Sintió entonces la imperiosa necesidad de protegerla. La tomó entre sus manos, procurando ser muy cuidadoso de no incomodarla. La cubrió con esmero con su pañuelo pues la brisa fría le crispaba. El ave se sintió mejor, el calor de aquellas manos le hizo bien. Miró entonces al hombre que se había mostrado tan amable con ella. Tenía los ojos y el cabello oscuro, su tez era blanca, muy blanca. Sus manos eran grandes y sus dedos largos, se veía gentil y educado.


Pronto se encontró en aquella casa perdida entre un inmenso jardín. Adentro el aire estaba tibio, eso le vino bien. Aquel hombre posó al ave sobre la encimera con mucha delicadeza y luego se dispuso a improvisar con  una pequeña cesta y trozos de tela, una cama donde pudiera reposar el ave mientras se recuperaba. Le colocó un vendaje, mirándola con tanto amor que el ave no sintió por unos instantes dolor. Luego le ofreció beber, colocando agua fresca en un cuenco y algunas semillas para alimentarse.


Aquel caballero se había convertido en su gran salvador y aquella casa en un refugio para ella. Sin embargo, le preocupaba no poder volver a volar, se había roto el ala en busca del sol, mejores cosas le esperaban allá. Pero la tormenta inesperada y atroz cambió los planes de un solo y fuerte golpe. Lo que la hizo recordar cuando de pequeña su madre le alimentaba en el nido con tanto amor y luego con paciencia le animó a dejarlo para abrir sus alas y alzar el vuelo. Que torpe había sido aquella primera vez, pensó. Y se quedó dormida, confiada al cuidado de aquel hombre.


Pronto amaneció, el sol se asoma, pensó el ave. No había nadie allí. Quizás dormían aún o la habían olvidado por completo. Trató de mover su ala pero el dolor aún no había desaparecido. No había sanado y eso le entristeció. Pero a pesar de todo había podido pasar la noche segura, pudo comer y beber lo que le pareció muy bien. Al poco rato las aves revoloteaban en aquel inmenso jardín, cantó el gallo y el hombre apareció. Al ver al ave pensó nuevamente en su hermosura y lo afortunado que él era  de poder tenerla allí. Verificó con sumo cuidado el ala de su inusual huésped; iba mejorando lentamente, eso era bueno.


Con el paso de los días, el ave y aquel hombre se hicieron inseparables. La tomaba entre sus manos, le daba de comer y beber. La cuidaba y le hablaba de sus sueños y deseos más profundos. El ave sintiéndose mejor, más animada, se atrevió a entonar un tímido canto para agradecer con su melodía a su protector quien con tanta abnegación había estado cuidando de ella. Desde hacía mucho no deseaba cantar pero su canto iluminó el rostro del hombre. Sus ojos se tornaron brillantes y sonrió. Cada día el ave se sentía mejor, su ala daba señales de mejoría. Pronto podría volar y reencontrarse con el resto de su bandada y un hermoso clima soleado con noches frescas. No más vientos helados, nieve o temporales por meses y días enteros.


Pero conforme pasaban los días, el ave y aquel hombre se sentían cada vez más cómodos el uno con el otro. Los cuidados prodigados dieron sus frutos y llegó el día en que éste le indicó que ya no necesitaba vendar de nuevo el ala. Se había sanado, ya no estaba rota, podía volver a volar nuevamente. Los ojos del hombre se llenaron de lágrimas. Aunque estaba contento de ver sana de nuevo al ave, sintió tristeza de perderla ya que ella le había regalado su compañía y él le había brindado todo su amor.


Ahora el ave debía disponerse a volar de nuevo y prepararse para su gran travesía. Pero tenía miedo, temor de no poder volar con la misma fuerza y tener un percance fatal. También tristeza de dejar aquel lugar que le sirvió de refugio y del caballero maravilloso que le cuidó con tanto esmero y cariño. El hombre llenó el cuenco como de costumbre con agua fresca para beber y sirvió semillas para que pudiera alimentarse, el viaje era largo y debía tener fuerza para volar. Se despidió con pesar, suponiendo que al amanecer quizás su huésped especial ya se habría marchado.


El ave cayó rendida y aquel hombre también. La noche estaba hermosa, la cubrían millones de estrellas. La luna gigante destacaba en medio de ellas y fue entonces cuando el hombre y el ave, se encontraron en sueños, como lo hacen el río y su cauce.


El ave empezó a cantar, primero suavemente, luego más y más fuerte. Tan fuerte que su  melodía lo despertó, quedando atónito pues no podía creer lo que veían sus ojos. Aquella preciosa ave que se había lastimado el ala, se convertía frente a sus ojos en una hermosa mujer. Dejando atrás su pico se dibujaban los labios más bellos que había visto jamás. Sus alas y plumas habían desaparecido dando paso a un precioso cuerpo. La mujer se le acercó muy despacio, rozando con sus delicadas manos su frente, acariciando sus mejillas, tomando entre las suyas sus manos. Se miraron fijamente, asombrados mutuamente de aquel extraño momento deseando que fuera eterno. Fundiéndose por fin en un abrazo infinito quedaron juntos para siempre aquel hombre y esa mujer, con quién él siempre soñó.

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