En el campo de batalla

Hay humo por todas partes, el olor a muerte y carne quemada proliferan en el lugar e inundan los pulmones de los desesperados soldados que tratan de esquivar la metralla que no deja de venir de un lado a otro.

Entre este caos mi niño se mueve, su corazón late a mil por hora, sujeta su arma sobre su pecho y su único deseo es volver a casa, ver a sus padres una vez más. Como su Ángel de la guarda, hago lo que puedo por evitar que salga herido, pero me es imposible. A su alrededor la muerte ronda ansiosa por cobrar su alma, no importa cuántos niños se ha llevado ya, ella sigue hambrienta y mi niño es su plato principal.

Estoy desesperado, ¿cómo es esto posible?, hace menos de un mes estábamos en la apacible granja familiar, rodeados por verdes campos cazando conejos, y donde lo único de lo que debía cuidarle era de no recibir una patada de Betty, la mula de la familia.

Fue una sorpresa para ambos cuando la guerra llamó a la puerta, el imperio necesitaba soldados y mi niño debía responder. En tan solo treinta días dejó el arado por el fusil, y adiestrado bajo un burdo entrenamiento, se le envió como carne de cañón al campo de combate.

―¡Cuidado con la torreta! ―grita su capitán antes de ser acribillado por una lluvia de balas.

Como siempre hago, inadvertidamente le alejo del peligro haciendo que tropiece para que no sea alcanzado por la ráfaga.

―¡Maldición! ―exclama mi niño antes de temblorosamente apuntar con su arma al soldado alemán que manejaba la torreta.

Con solo presionar un gatillo le vuela los sesos y le mata al instante, esto es lo que más me duele, ver a los ángeles guardianes del enemigo llorar a sus niños muertos, ellos también los acompañaron desde su primer aliento de vida hasta el último exhalo de esta. No los entiendo, ¿por qué si Dios los creo con tanto amor a su imagen y semejanza, ellos se odian tanto entre sí?

Con pesar observo cómo el ángel del caído le da paso a la muerte para que se lleve su alma, lentamente esta se inclina sobre el cuerpo del muchacho, introduce su esquelética mano en su pecho y saca una pequeña esfera blanca que luego se devora de un bocado.

Cuando termina su labor, se da la vuelta hacia nosotros y señala a mi niño, me advierte que pronto vendrá por él. Aunque el miedo me invade, haré lo que pueda por mantenerla alejada, jalo de él y le empujo cuando es necesario, le advierto que corra y apunte, y le susurro que si sigue así, volverá a ver a mamá y papá. Como todo un guerrero se abre paso entre el enemigo, mis acciones parecen haber tenido éxito, la muerte se ha quedado atrás y en silencio nos observa a la distancia, ¡lo logré, salvé a mi niño!

Ya solo faltan quince metros para abandonar el campo y le suplico que corra, le prometo que pasado ese punto estará salvo, que volveremos a casa. Estamos a solo dos metros de lograrlo cuando lo escucho, un sonido similar a un golpe metálico que es precedido por una poderosa explosión, en mi desesperación por alejarlo de la muerte no vi bien el camino y lo guié hacía una mina escondida entre la hierba.

Mi niño vuela por los aires antes de azotar sobre el suelo, la explosión le ha volado las piernas y ha destruido por completo su torso.

Apenas si puedo creerlo, mi pequeño Herschel está por morir y todo fue mi culpa.

―Mamá, papá…

Sus ojos comienzan a humedecerse, no sé qué hacer.

―¡Padre, por favor no dejes que muera! ―suplico a los cielos, pero no recibo respuesta.

Comprendo su silencio, desde un principio a nosotros los ángeles se nos dejó en claro que la muerte es algo natural de los humanos, y que muy a nuestro pesar, debemos aceptarla.

Jactándose de su victoria con lento andar, la muerte se aproxima hasta donde nosotros.

―Lo cuidaste muy bien ―se mofó.

―Por favor, no te lo lleves.

Me interpongo en su camino

―Conoces las reglas.

―Al menos déjame despedirme.

―Eso está prohibido.

Me hace a un lado de un empujón. La muerte está lista, pero antes de que siquiera pueda introducir su huesuda mano en el pecho de mi niño, decido intervenir y la detengo tomándola del antebrazo.

―¡¿Qué haces?! ―fúrica lucha por liberarse de mi agarre.

―Yo lo haré, yo tomaré su alma.

―Solo yo puedo hacer eso.

―Lo sé, por eso tomaré tu lugar.

―¿Por qué? ―pregunta más curiosa que confundida.

―Porque igual que tú sin Adán, sin mi niño yo no soy nada.

La muerte entiende bien mi predicamento, como ángel de la guarda del primer hombre, comprende lo que es perder a un ser tan querido.

―Por milenios he andado en soledad por este mundo recolectando las almas de sus hijos, estoy cansado de ello, acepto ―dice tras unos minutos de silencio, para luego sacarse el alma por sí misma y entregármela.

El alma de la muerte es totalmente distinta a la de los humanos, la suya es fría al tacto y tiene la forma de una pequeña galaxia en movimiento.

―Buena suerte ―alcanza a decirme antes de caer al suelo convertida en un cúmulo de porosos huesos que en cuestión de segundos se evaporan en el aire.

Tengo miedo por lo que haré, pero todo sea por darle la paz a mi niño por mí mismo.

Cuando devoro el alma de la muerte, comienzo a experimentar todas sus vivencias, sus años en compañía de Adán, el cómo se convirtió en el ángel de la muerte cuando trató de revertir su fallecimiento, los milenios que vio de imperios caer y erguirse, así como los millones de almas de buenos y malos que tuvo que recoger. A aquella visión le sigue una dolorosa metamorfosis, en la cual mi cabello se cae, mi piel se seca hasta en convertirse en huesos, mis ojos desaparecen y mis blancas alas se tornan negras como la más impía de las noches.

La transformación está hecha, ya no soy un ángel de la guarda, ahora soy el nuevo ángel de la muerte y es el momento de recoger mi primer alma.

Cuando estoy por hacerlo ellos aparecen, por alguna especie de milagro los médicos han logrado sortear el campo de combate y han llegado hasta mi niño, como pueden lo recuestan sobre una camilla y se lo llevan lejos de mí.

―¡Está prácticamente muerto, déjenlo! ―les grito aunque sé muy bien que no pueden escucharme.

Ignoro los quejidos de los cientos de soldados muertos a mí alrededor, sé que ellos también me necesitan, pero primero está mi niño, debo darle la paz a él primero.

Los médicos llevan a mi Herschel hasta el hospital improvisado donde tratan a todos los heridos, al verlo, el resto de los doctores dejan de lado a los menos lesionados y corren a socorrerlo.

Tras horas de constante trabajo, han detenido su hemorragia, reintroducido sus intestinos y grapado su estómago, ante todo pronóstico han logrado lo imposible, lo estabilizaron.

―¡Esto es imposible, él debe morir, yo debo tomar su alma! ―protesto desesperado y dispuesto a terminar lo que comencé.

―¡Ya basta! ―como un trueno la voz de mi padre resuena desde los cielos―. Él ya se ha salvado.

―¡No, padre, él está muerto, los médicos se equivocan!

―¡No! El que se equivocó fuiste tú, diste todo por nada, debiste esperar un poco más.

―Por favor, padre, tienes que entenderlo, él me necesita, yo debo cuidarlo.

―Ya no, hijo, tu deber es recoger las almas de los muertos, ahora cumple con tu trabajo, los soldados te necesitan.

―Al menos deja que me despida de él.

―Hazlo.

Como la oscura sombra que ahora soy, me acerco a mi niño, me inclino a su lado y le susurro al oído lo siguiente.

―Mi querido Herschel, sé que no puedes escucharme, pero siempre estuve ahí, durante cada navidad, en tu primer beso y en el último abrazo que te dieron tus padres antes de venir a este infierno, aunque ya no podré cuidarte, siempre te amaré y te prometo que cuando llegue el momento, nos volveremos a ver.

Tras despedirme, remuevo el cabello de su frente y me marcho, ahora hay más niños que me necesitan.



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