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De la esencia del arte y la escritura

¿Qué es escribir? Creo que para mí siempre había sido un medio de expresión, y desde que descubrí la escritura “formalmente” —allá por mi segundo año de preparatoria, cuando un profesor comenzó a dejarnos de tarea escribir ensayos— ha sido una forma de confesión. Pero siempre he sentido como si no fuese una profesión, como si el acto de escribir no tuviese el mismo peso que el de levantar una pared, manejar transporte público u operar maquinaria; por alguna razón siempre había sentido que la escritura no es un trabajo.

El ejercicio de verter en el papel palabras no es realmente lo único que hace el escritor. Cuando uno se dispone a escribir, se dispone a exponer a la luz sentimientos propios, visiones del mundo y de la vida, formas de existir y de sentir. Cuando uno escribe se confiesa a sí mismo y a los demás lo que experimenta o ha experimentado, en cierto sentido todo está ya ahí dentro de uno mismo, hay algo que quiere ser dicho. El acto de escribir es trabajo puro cuando uno repara en lo que implica: el escritor que se coloca en su escritorio en cierto horario, todos los días, para dejar palabras que indiquen algo.

No obstante, todo trabajo parece tener un fin, sobre todo productivo; los ejemplos citados tienen todos uno, y parece justo que se remuneren estas actividades precisamente por eso. Pero con la escritura y el arte ocurre algo curioso, pues cuando uno dice que es escritor o artista las personas, por alguna razón, dudan de si debería ser un ejercicio remunerado monetariamente, y preguntan cuál es su fin, su utilidad, su productividad. Más allá del prejuicio utilitarista que se asoma en respuestas de este tipo, creo que cualquiera que diga que el arte no tiene un fin en realidad está sesgado: el fin del arte es la verdad, la realidad misma, y con ello la catarsis del alma. El artista apunta a los rincones oscuros que todos llevamos dentro pero que pocas veces nos permitimos mostrar a alguien; el artista es como aquel que ha vivido algo que le ha dejado marcada el alma, y que no permanece en silencio frente a eso sino que de alguna manera busca y encuentra la forma de decirlo, de expresarlo. El artista es esa persona que se atreve a hablar del elefante en la sala del corazón de cada uno de nosotros; entonces quienes han experimentado algo semejante se sienten acompañados, logran saber que no están solos en el mundo.

Hoy en día, aunque esté tan en boga decir que «hay que aceptarnos y aceptar nuestra oscuridad», pululan toda una serie de nociones que parecen intentar armar un Decamerón, la falibilidad se disuelve en zozobra por no equivocarnos y nuestra imperfección se ve acuciada por un ideal de perfección. En el mundo actual, aunque a primera vista parece que hay una mayor apertura a muchas cosas, hay todavía una aspiración a la perfección que nos impide sentir nuestros errores, mostrar la humedad en nuestras paredes, los pedazos suturados de la tela de nuestras vidas. ¿Qué dirán? ¿Qué pensarán de mí? Pero el artista se atreve a mostrarlo, de ahí la profunda pasión del arte, el pathos, el dejar-se sentir; entonces el artista habla acerca de lo que vivió y cómo, acerca de las lecciones que le dejó. El artista logra de alguna manera transmutar sentimientos en aves y nubes cargadas de emociones distintas, renovadas, oscuridades iluminadas. Pero ¿el escritor es artista necesariamente? En el fondo, creo que quien escribe —cuando busca realmente la verdad y se compromete con ella— dice algo, intenta mostrar algo de la realidad; como cuando en una exploración un miembro de la caravana grita en voz alta con el brazo arriba y el dedo índice apuntando fuera del sendero: «¡Miren!». El escritor dice lo que muchos de nosotros nos guardamos, y cuando encontramos eso nuestra alma se libera: el arte se trasciende a sí mismo.

Creo que nuestra visión del escritor se halla contaminada por las imágenes que de este oficio nos muestran las series de televisión o las películas: el escritor taciturno con cara de fumigado que de vez en cuando escribe, que jamás sale de su oficina, que en su depresión se enfrenta a un bloqueo creativo y ahí se detiene todo. No digo que estas cosas no ocurran, ¡claro que ocurren! Pero la escritura como trabajo, más aún como arte, exige que esas circunstancias sean sobrepasadas. Escribir, escribir, escribir, tan sólo escribir. Lo mismo pasa con cualquiera que quiera crear algo, aunque hay que estar en guardia contra una hiperexigencia de productividad: simplemente hay días en los que las cosas no resultan, las palabras no surgen y es mejor relajarse y no escribir; mañana nacerá un nuevo sol, y las palabras saldrán por sí solas. La escritura puede ser difícil y pesada, requiere disciplina y autorregulación; todo aquel que se haya querido dedicar al arte profesionalmente sabe que no basta con tocar un instrumento, pintar, bailar o esculpir tan sólo en los momentos en donde el influjo de inspiración se dispara, hacen falta ejercicios, solfeos, estudios, ensayos, una, dos, tres esculturas. Pero aún más: hace falta vivir con gran intensidad, con ímpetu de rayo. El arte dice algo, exclama ese «¡Mira!», de ahí que permita y aún más invite a la contemplación; cuando el compañero en el sendero dice así, volvemos la mirada hacia donde apunta su dedo y nos permitimos por un momento, en silencio, ver, tan sólo observar.

Profesionalmente hablando, la escritura ha de repetirse uno y otro y otro día, aunque todos guardan su extraordinaria distinción. La escritura profesional oscila y se equilibra en la oscilación, sabe que hay días buenos y días malos, sabe de sus bemoles, pero sabe también de su extraordinaria recompensa, aunque a veces la olvide. Al final esa coraza que los años van dejando en nuestro interior, esos estratos de sarro y resentimiento que nuestras memorias añejas acumulan, nuestros dolores, nuestros miedos y nuestras inseguridades, ese caparazón que tantas veces nos construimos para escondernos y no morir de frío en la lluvia del mundo, todo eso que impide que la luz entre a nuestros rincones más profundos el arte lo disuelve con un efímero toque eterno. Como el agua, el arte puede limpiarnos y llevarnos de vuelta a las orillas de nuestro propio océano, mostrarnos el horizonte, recordarnos quiénes somos.

En el fondo, el artista debe lanzarse a dejar de mirar el mundo a través de los lentes de alguien más, sea quien sea, ha de atreverse a mirar el cosmos con sus propios ojos. Con suerte, tocará a alguien en una fibra secreta, sensible y delicada, de un modo tan profundo y sincero que le ayudará a sanar, le hará sentir y recordar que vale la pena ser. Queda atrás el trabajo para darle paso a la llamada, a la vocación, y se muestra que el fin del arte es quizá uno de los mayores, que su esencia no tiende tanto a la creación como a la belleza experimentada, que lo podemos encontrar en muchos lados y que su verdadera remuneración resulta íntima e invaluable, quizá, incluso, inefable: el arte nos permite reconectar con la vida misma.


Suena Anyone can cook de Michael Giacchino




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