Una luz cegadora

Mi nombre es Luis Alberto Papasquiaro Rodríguez, aunque podría ser Cualquiera, y esta es mi realidad. Hace cincuenta y dos años tomé un bote por los cuernos y me embarqué en blanca madera despostillada con dirección a la oscuridad. Mi intención era pescar tres delfines morados, míticos seres de la costa de Banjul, traerlos a mi acuario y preservarlos como recuerdos muertos de los más rojos amaneceres en el océano atlántico. Ahí conocí al cubano.

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La locura es de color del cielo cuando atardece rosa. Soy coleccionista de palabras, de historias, de cadáveres de moscas y de piedras en el zapato. Pero yo no soy loco, la verdad soy la persona más lúcida que conozco, y vaya que conozco tantas, de hecho tengo unas palabras para compartir: hojas, cristal, lluvia, luna, tierra. Incluso puedo juntarlas y volverlas historia, poesía: Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan, para que no las puedas convertir en cristal, ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo, ojalá que la luna pueda salir sin ti, ojalá que la tierra no te bese los pasos.

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Se abrieron las entrañas del cielo y cayó la luna sobre el mar.

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La historia es sobre ella. Una mujer con siete orificios en la cara, dos de ellos estrellas que respiran, otros dos galaxias que iluminan, dos hoyos negros en los que el aire se convierte en sonido y un meteorito que me devora. Me dejó cuando me embarqué en la búsqueda de los tres delfines morados. Mi locura comenzó al día siete. En el principio era el caos. Le escribía fragmentos de una carta con mis manos sobre las olas, por la noche llegaba un cometa que se dirigía hacia el oeste, atravesando el cielo nocturno como un avión en fuga, y yo le aventaba de besos, esperando que el cometa se estrellara en medio de su panza y le dejara un cráter del ancho de mi dedo índice, un ombligo. Después cerraba mis ojos, mecidos, acuosos, y soñaba con ella. El cubano siempre era el último en dormir: ladrón de sueños… y de letras.

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Los sueños son cadáveres nocturnos, los desechos de la noche.

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Colecciono cadáveres de moscas porque me parece fascinante que los libros se conviertan en cementerios de tinta negra. De ahí saco las letras, nadie me va a querer robar una mosca muerta y por lo tanto nadie va a volver a robar mis palabras, mis historias, que ahora las cuento como cuento moscas y me zumban los oídos y me retumban el corazón y por mi cerebro corren como ríos eléctricos de miradas constantes, de sonrisas perfectas, de luces cegadoras, de disparos de nieve. Les digo que no estoy loco, que de hecho soy la persona más lúcida que conozco y que ese cubano en el bote, de nombre Silbo, o Silvio, no lo recuerdo bien, me robó mis palabras, mi historia, y las volvió canción de trova, ¿Y las mariposas?

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Las mariposas me devoraron el estómago.

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Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta; ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve. Ah, y es que sus ojos, que tenían cierto parecido musical con las olas, me hipnotizaban como aquella luz que vi danzando en el cielo la noche del séptimo día en altamar y que, en efecto, me dejó ciego. Era. Era una bruja. Era una bruja o acaso un platillo volador, más bien, quizás, un platillo danzador. Bailaba al compás del silencio hasta que el trovador sacó su guitarra que usaba como remo y empezó con unos acordes que me rompieron la realidad, las estrellas, la luz, e irrumpieron en mi cabeza succionándome todas mis palabras, que comenzaron a salir por su boca, en esa voz diminuta, tan delgada, tan horrible, tan cubana. Juro que no estoy loco, si lo estuviera no sabría lo que es la locura, juro que yo escribí “Ojalá”, y él, el maldito Silbo, o Silvio, como sea, el nombre es lo de menos, me la robó.

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Cuidado con el cielo, se te puede caer encima y aplastarte la cabeza.

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Desquiciado. ¡¿Cómo más iba a estar?! Todo lo que yo soñaba, todo lo que pensaba, todo lo que escribía en el mar con mis manos, la carta de amor para mi amada, las palabras que le dedicaba mi cerebro, los suspiros que le mandaba, él me los robaba y los volvía canción, “Te doy una canción”, me dijo el cínico. ¡Es un ladrón! Ah, pero a pesar de la magia oscura del cubano, de su habilidad tan siniestra para robármelo todo, se me fugó un pensamiento: se me fue directo a tus labios en mis labios. Después se me secaron las palabras en pleno aguacero y me invadió un ruidoso silencio. Lloré hasta el final de este viaje.

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De nada sirve llorar si lo que sobra es agua salada.

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He de reconocer que una estrofa sí la escribió él, el muy dañado, el muy obsesivo, el posesivo, el enfermo de amor, el muy desposeído, el acosador, el deprimido, “Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones, ojalá que no pueda tocarte ni en canciones”, el muy idiota. Prefiere morir a no estar con ella. Obsesión. La ve tanto, la ve siempre. Acosador. Cuando menos loco. En todos los segundos, en todas las visiones. Esquizofrénico. ¡¿Cómo carajo pretende no poder tocarla ni en canciones si le compone una canción?!, RATERO.

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El tiempo se me escurrió de las manos.

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Les digo que no estoy loco, y no tendría por qué repetirlo. Pero aquí estoy, confrontándoles. Defendiendo mi cordura como defendería la locura en dado caso de que la padeciera, ¡pero qué digo!, de lo que se padece no es de locura sino de realidad. ¿Quiénes son los que están verdaderamente locos? Yo colecciono palabras, historias, cadáveres de moscas, piedras en el zapato. Ustedes coleccionan tiempo y vacíos. Yo me puedo deshacer de mis colecciones, o me las pueden robar, como ese maldito cubano, pero ustedes jamás podrán deshacerse de las suyas. El tiempo terminará por absorberles y los vacíos por sofocarles. Ojalá que la aurora no de gritos que caigan en mi espalda, pues la luz pesa y a veces duele. Ojalá que tu nombre se le olvide a esta voz, ¿están seguros de su cordura?, ¿cuánto han olvidado en su nombre? Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado, ¿por qué habrán de caminar cansados si tan alegres y cuerdos van por la vida?, ¿el ruido les molesta? ¡A mí me enfurece el silencio! Ojalá que el deseo se vaya tras de ti, ¿el deseo es algo cuerdo? Parece, más bien, que lo único cuerdo es la locura. A tu viejo gobierno de difuntos y flores. ¡La literatura es pura locura! Retórica. Quien escribe está insano y quien lee es un fetichista. ¿Y si no expreso mi locura, estoy loco?

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Buscaba la oscuridad y me encontré con una luz que me dejó ciego.

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*Nota aclaratoria: Silvio Rodríguez me robó la letra de la canción que él tituló “Ojalá”. Originalmente estaba destinada a ser una carta de amor escrita sobre las olas, que yo titularía “Una luz cegadora”. Cuenta el ladrón que la canción la compuso en un viaje que hizo a la costa africana en bote, para pescar, en el año de 1969. En efecto, él y yo viajamos juntos, acompañados de innumerables compañeros y compañeras caribeñas y latinoamericanas cuya historia y destino han sido borradas; pero la letra es mía, no suya. Como mencioné en algún punto de este texto, yo buscaba pescar los míticos tres delfines morados de la costa de Banjul, capital de Gambia. Rodríguez buscaba, desde entonces, recuperar un unicornio azul, que alegaba era suyo; a diferencia de mis delfines yo nunca vi a esa criatura.

Este es un esfuerzo de recuperar la historia. Este es un esfuerzo de desenmascarar a ese comunista de pacotilla. Este es un testimonio de mi cordura.

¡Hasta la victoria siempre!

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