Un canto para ayudar

“Del sol de medianoche, de la tierra del hielo y la nieve, donde se encontraban los jotuns, quienes danzaban, cazaban, vivían, es aquel lugar de donde tú venías.”

—Podrías, por favor, guardar silencio, Sindri. Ahorita no es tiempo de que digas tus historias, cantos o lo que sea que haces.

—Tranquila, Liv —tomó el escudo con cuidado mirando fijamente a través de las ramas en donde se ocultaban—. Mejor ven y ataca conmigo.

En los pueblos de Escandinava las luchas eran constantes. A los Gigantes del Norte no les daba miedo morir, se mostraban impávidos ante la muerte, como si ella fuera su fiel amiga. Esto era porque preferían hacer todo para los dioses. Vivían, soñaban, peleaban por y para ellos, de ese modo llegarían al Valhalla para disfrutar del hidromiel servido en un cuerno; danzarían y convivirían junto a los dioses paganos.

En este pueblo del Sur no marchaban bien las cosas. Climas con temperaturas extremas que arruinaban las cosechas de los vikingos, incluso, la vida de ellos. En este lugar vivía Sindir, hija de quien fue una grandiosa guerrera, comerciante, madre y esposa, Astrid; y de uno de los mejores saqueadores, un gran líder, guerrero, padre, esposo, Orvar.

Sindir se dedicaba a cazar, algunas veces acompañaba a su padre a los pillajes. Pero de pronto todo eso terminó. Su madre murió. Ahora ella se encargaría del hogar, debido a que tenían un puesto donde vendían los objetos hurtados por Orvar. Su padre triste por no poder llevar a su hija, trataba de traerle siempre muchas novedades que los cristianos poseían, de este modo generarían más riquezas y tendría tiempo de ir a una de las embarcaciones. No obstante, el comercio en estos tiempos andaba mal.

Un día, el cielo se encontraba oscuro, era una tarde con muchas ráfagas de viento, tan fuertes que calaban en los ojos y parecía que hendían la piel seca y helada. Sindri estaba cerrando el local, guardaba los artefactos que no se habían vendido o intercambiado para la siguiente mañana.

Caminó hacía su casa con cierta dificultad por el aire. “Está gritando”, pensó Sindri. Aun se creía que los gigantes habitaban, los cuales, se encontraban dormidos todo el tiempo asemejando ser montañas. Sindri siguió caminando y constantemente aumentaban las fugadas. Optó por irse dentro del bosque, de ese modo el aire chocaría con los árboles y no con su piel.

Al caminar dentro de él se percató de un sonido extraño que venía de atrás de ella. Una nube de polvo la rodeó y sin querer mirar mencionó “Despertó”. Al girar con cierto miedo, notó que no era un gigante, más bien dos, Fenja y Menja, dos gigantas que se encargaban del oro, felicidad o cualquier otra cosa que Odín les ordenara moler.

—¡Hola, Sindir!

—¿Qué?, pero —tartamudeó y en un intento de correr cayó al suelo—, ¿cómo es que saben mi nombre?

—Te sabes el canto del inicio de nuestra creación. Odín te dio el don, como a tu madre, con él podrás ayudarnos y calmar su furia —contestó Menja.

—Sí, tu madre era una de nosotras. Desde su muerte… todo cambió. Por eso las guerras entre ustedes —mencionó Fenja mientras levantaba a Sindir—, extremas temperaturas, malas ventas. Odín sigue molesto porque no acabamos de moler lo que nos pide, necesitamos el canto, más bien, tu canto.

Después de aquel encuentro con las gigantas, Sindir comprendió que su madre entonaba en cualquier momento para darles fortaleza y tiempo a Fenja y Menja. Astrid era una mujer con una belleza inigualable, no solo por su físico, sino por el timbre de voz que emitía. Con su canto provocaba la tristeza más profunda, del mismo modo, la alegría más gozable.

Astrid solía contarle a Sindir sobre la creación de los dioses y de ellos a través de una canción. Realmente era el recuerdo más cercano que tenía de ella, sin embargo, jamás imaginó que sería verdad y que era el motor para los días de gloria. Fue así como recordó esas noches en las que su mamá solía irse y regresaba antes del alba, o cuando su padre se iba a navegar, y si ellas no lo acompañaban, desaparecía en medio del día.

Fenja y Menja le contaron todo a Sindir. No es que su mamá fuera una giganta, sino que su voz era la adecuada para cantar aquella melodía que les daba lo necesario para crear cualquier cosa que Odín les pidiera. Nadie conocía esto, quizá era mejor así, pues sabían que muchos podían aprovecharse de esto y se descontrolaría todo; además, sería un caos total pues provocaría más muertes.

Los días en que Astrid aún tenía aliento, eran beneficiosos para el poblado. No hacía un frío infernal o un calor despiadado. “La buena lluvia se presentaba en el momento ideal”, como solía decir la guerrera. Además, su canto no solo traía el buen clima, sino que también ayudaba en la generosidad de las personas, obteniendo un ambiente mejor. Las batallas siempre han existido, no obstante, estas se realizaban por honor, por querer ser permitidos en el Valhalla, pero desde que partió y nadie más cantó, las luchas eran sin sentido, donde morían sin razón.

No obstante, ahora sería Sindir quien les regalaría el tiempo y así calmaría la furia del Señor de los Aesir. Fue así como se fueron las tres hacia aquel lugar oculto en el bosque, donde no podrás encontrarlo, al menos que quiera serlo; y sin pensarlo, comenzó: “Del sol de medianoche, de la tierra del hielo y la nieve, donde se encontraban los jotuns, quienes danzaban, cazaban, vivían, es aquel lugar de donde tú venías.”

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