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Tristeza estacional

Estaba segura de que ningún otro despertar había sido tan cruel. Cuando miró por la ventana apenas despierta, apenas viva, esa luz blanca, como una ola siniestra sobre sus pupilas, le recordó que despertar es un acto de abandono. Le dolió. Su cuerpo tan pesado como el plomo, frío y rígido, hubiese preferido no tener cuerpo, ser de aire, ser el aire, a sentirlo como un peso muerto sobre sí. Por toda la casa entraba esa blanquitud que le molestaba tanto, cada cristal de la casa le volvía un poco más infeliz. Sobre la mesa comía de todo sin gana alguna, pensó en Chéjov, en lo mucho que detestaba sus cuentos porque le describían días como esos de despertares crueles y vidas miserables, no había otra palabra para describir ese sentimiento de su existencia como un cuento de Chéjov: odio.


No sentía los pies y las manos le dolían como si le hubieran arrancado los dedos, decidió bañarse, porque eso hace la gente para sentirse mejor ¿no?, “¿qué es lo que realmente hace la gente?” pensó cuando abría la puerta del baño. Se asomó al espejo y sintió repulsión, no había un rastro de belleza en esa cara amortajada y seca. Recordó los días que había sido bella, se paseaba glamurosa y con las piernas sudadas en un auto que siempre la llevaba a un mismo sitio. “Esa era yo” pensaba. Se desvistió sin seguir mirando porque seguir torturándose le iba tomar demasiado tiempo y sólo iba conseguir hacerse sentir náuseas, ni siquiera tenía ganas de eso, no valía la pena hacerse sentir algo, aunque fuese algo malo.