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Tinta y tiempo, de Jorge Drexler: sobre el amor y otras maravillas



Como si estuviésemos viendo una película detectivesca con el estilo de los 50s o 60s, con una serie de sonidos curiosos que marcan la atmósfera de toda la canción (clarinetes, bajo, guitarra), “El plan maestro” abre el nuevo álbum de Jorge Drexler, Tinta y tiempo (2022). La rola, genial en cuanto a creatividad, cuenta la historia de una célula primitiva que un día tiene una ocurrencia: “cansada ya de dividirse sola / vio con buenos ojos a otra célula vecina / Decidió mezclarse, aprendió a reírse […] sin saberlo había inventado el amor y el sexo”, y culmina: “El amor es el plan maestro”. Una historia armónica con ritmo agradable y sonidos juguetones (violines, trompetas y hasta una suerte de huapango pasada la mitad del track), la historia del amor que llega hasta la especie humana y se desenvuelve en ella también como en cualquier otro estrato de criaturas y seres vivientes.

Ese es el tono, en general, de Tinta y tiempo: un álbum sobre el amor en sus distintas facetas, incluida la tierna y juguetona en “Cinturón blanco”, la dimensión erótica y seductiva con “Tocarte”, la paternal en “El día que estrenaste el mundo” y hasta la vital-existencial con “Amor al arte”. Lleno de sonidos múltiples y variados puestos a dialogar de manera sobria y sutil para generar melodías en las que lo que predomina son las percusiones, los bajos y, por supuesto, la voz, el nuevo largo de Drexler es un disco divertido y sereno, lleno de vida y color.

El predominio del beat y el bajo que marcan los ritmos de las distintas canciones no debe confundirse, sin embargo, con la monotonía. En realidad, lo peculiar es precisamente lo contrario: una escucha atenta al álbum de corrido nos revela que hay una combinación precisa de sonidos que varían constantemente y que se orientan, la mayor parte del tiempo, por un paso bailable, calmo y disfrutable. En “Corazón impar”, por ejemplo, la guitarra empieza como a despertar poco a poco de un sueño y se canta una canción de amor maduro que sabe aceptar la diferencia y la individualidad —con todo y el caos que pueden implicar—, sin intentar amalgamar, en una relación, uno de los polos con el otro. Por su parte, en “Cinturón blanco” la suavidad es palpable: con unos violines exquisitos que van y vienen de la rola, seguidos de una guitarra que junto con la batería y los teclados nos envuelven en una fluidez de agua, la rola es metáfora karateca de los amantes que después de una relación de largo aliento han de volver a ser aprendices: “Para empezar tú y yo de cero / Como hace tanto, tanto / Hasta que nos den a los dos de nuevo / El cinturón blanco”.

“Tinta y tiempo”, la canción que da título al álbum, destaca por sumergirnos en un discurrir acústico paciente y lento sobre el acto creativo, marcado por una guitarra y una percusión. Pero la cúspide del disco la hallamos en una dupla de tracks: se trata de “Amor al arte” y “Bendito desconcierto”. La primera pareciera continuar la historia de la célula que abre el álbum, pero esta vez desde una suerte de consciencia humana sobre nuestra posición en el cosmos y el significado de esto. Una conjugación de poesía y música que, con un ritmo tropical-bossa y una guitarra dinámica, incita a una reflexión que nos lleva al baile de la existencia universal y su disfrute sin más: el denigrado «por amor al arte» transformado en máxima vital. Por su parte, “Bendito desconcierto”, con un beat que marca el paso, una guitarra acústica tenue y tranquila, un piano amigable y nuevos violines, reúne el diálogo de instrumentos que recorre el disco entero y lo lleva a una verdadera orquestación que nos hace recordar que no está mal estar mal: “Dejar brotar / la flor en el cemento / Saber llevar / Un corazón abierto / Probar, errar / Poder decir «lo siento»”, en fin, dirá la rola de Drexler en sintonía con ese «Plan maestro» y ese «Amor al arte» previos: “¡Bendito desconcierto!”.

Tinta y tiempo es un álbum que llegó para hacernos ver que, por más que pululen los sonidos estrambóticos o las canciones de fama fugaz, por más que el clima sea uno de desasosiego y vínculos superficiales fácilmente quebrantables, en medio de la hipervelocidad de lo digital y la difuminación del cariño comprometido, lo tranquilo y lo lento también tienen un lugar en nuestro andar, así como la experiencia profunda del amor por los otros, por nosotros y por la vida misma. Si bien pistas como “Tocarte” u “¡Oh, algoritmo!” (una suerte de radiografía crítica sobre la identidad del internauta actual) rompen con la secuencia sónica que lleva el disco —y que, junto con “Tinta y tiempo”, crean una secuencia un poco densa—, el último disco de Jorge Drexler se configura como uno de los grandes álbumes de la escena alternativa en español del 2022, al meditar musicalmente sobre el amor y otras maravillas.

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