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Quiere aprender nuevos trucos el perro viejo

Suena la campana para dar comienzo al momento de meditación. Todo un minuto previo para examinar tus adentros, antes de que los compañeros compartan las experiencias que los tienen ahí reunidos. Sesenta eternos segundos para pensar, sesudamente, en la razón por la que quieren sacar de sus vidas esta enfermedad que les carcome el corazón; esta ingobernabilidad del ser que los aleja de sus familias; ese engendro vomitivo que no los deja ser y les destruye la vida.


El padrino del grupo te toca el hombro, te da un cigarrillo y te invita a pasar primero, porque aquí nadie te juzga y podrás compartir tranquilamente, todas las razones más profundas de tu corazón y que te tienen aquí reunido (hundido).


Tienes el uso de la palabra. El estrado es totalmente tuyo. Sólo puedes pensar en los ojos que te miran. Ojos que te entienden. Ojos que han visto los mismos ojos que ves ahora. Algo dentro de ti te hace pensar que las ideas atoradas en tu mente sería más fácil sacarlas con el gañote inflamado de alcohol, no por estos cigarrillos que nunca te gustaron. Alcohol. Simple. Sencillo. Puro. Esa libación que todo lo permite, que todo deja fluir, que a todo da permiso. Te flaquean las piernas…


Claro, sería mucho más cagado contar el por qué de tus heridas frescas en la cara estando hasta la madre de borracho, no aquí entre un montón de sobrios.


Pero ahora no. No es tiempo para ello. Ya nunca lo será. Tienes la boca floreada y no puedes jugar con la posibilidad de que quizás te hayas peleado y sólo esperas haber ganado, porque no lo recuerdas. Un trago de mezcal te hará retorcer de dolor; te reconectaría la borrachera; serás de nuevo una bestia revolcada en su tragedia. Pero ese dolor, que se incrementa a cuentagotas , ya no es puramente físico, se transmuta en dolor moral, emocional y sentimental, comparable a una profunda herida que atraviesa a toda la estirpe humana. A la par que quieres comparar este dolor con la vergüenza, ¿de qué tamaño podrá ser la humillación que sientes en este momento? Buscas imágenes, ejemplos, metáforas, pero todas ellas son inaccesibles para tu mente cruda.


¿Cuánto tiempo te ha costado esta reflexión? Sólo has visto con tus ojos inyectados de sangre a todo el mundo, sin ver verdaderamente a nadie. Todos los recuerdos borrachos te golpean en la cara, un golpe seco que te hace tambalear. Te sujetas al estrado. Nadie entiende nada de lo que está pasando. Tú sigues ebrio, tu familia sólo te vino a aventar a este doble a y tratas de hablar, aunque sólo balbuceas algo.


Balbuceas como si rezaras. Un temblor frío te recorre. No es signo de respuesta sagrada. Es el desvelo. Es el alcohol que se instala en tu ser. Es la necesidad de vomitar ese precario desayuno: una torta de tamal y una coca.


Un tipo de fuerza extraña se apodera de tus manos y no puedes soltar el estrado, un rigor mortis en vida. Un muerto que se aferra a estar vivo. Te gritan un cúmulo de voces desconocidas: ¿De verdad quieres cambiar?, ¿De verdad quieres?, ¿De verdad?, ¿De?, ¿…?


—¡Rápido, una gasa con alcohol! Creo que se ha desmayado.


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