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  • Kinn

Queja a mi lector ausente

Empiezo, como debe ser, por el primer recuerdo y un comentario agradable:


Recuerdo el día en que este librero de color amarillo y restaurado de a cachos se convirtió en mi nuevo hogar. Me pareció muy interesante el tipo de vecinos con los que me tocó convivir, sin duda una gran variedad de físicos e historias: algunos de mis admirables compañeros tenían ya ciertas huellas de su paso por la vida de las personas, otros tantos parecían intactos a pesar de haber recorrido también el camino de la lectura en cualquier lugar posible; los hay unos más coloridos, otros más sencillos; algunos de alargada figura y otros tantos chaparros y fornidos. Las historias que somos y contenemos son muy variadas, cada una de nuestras puertas son capaces de transportar a mi lector a distintos mundos de fantasía, suspenso, comedia, amor, tristeza u odio; están los que te explican acerca de un tema específico o te cuentan de algo que pasó hace mucho, otros que te hablan acerca de la vida o se cuestionan un fin, los hay capaces de romper un corazón o consolar al alma, a lo mejor ambos. Aquellos que tienen de todo un poco y te hacen sentir igual.


La persona dueña de este pequeño universo es bastante curiosa, posee un gran amor por la lectura y adopta plantas en exceso, mueve las cosas de lugar –y jamás recuerda dónde las pone–, adorna la habitación sin un orden aparente, disfruta de limpiar, pero casi nunca dobla su ropa. Y he notado que a mi lector se le han ocurrido las ideas más locas de acomodo; por colores, en orden alfabético, por tamaños, temáticas, editoriales, autores, e incluso una vez quiso acomodarnos por año de p