Por una mediocridad ociosa

Siempre he pensado que para hacer las cosas debo de hacerlas bien. Incluso cuando tenía once años, quería ser la mejor escritora a la primera, y cuando veía que no iba a ser J. K. Rowling me deprimía tanto que dejaba de escribir porque no sentía que mis historias fuesen buenas.

Hasta la fecha, soy la más crítica con mis historias, no he publicado ningún libro y veo que varias historias de wattpad con menos trama han llegado a la pantalla grande sin tener los mejores personajes o mínimo historias reales como Comer, rezar, amar que me encanta.

Y podría quejarme de porqué A través de mi ventana o After están moldeando una generación con películas juveniles tóxicas, intentos de A tres metros sobre el cielo y Crepúsculo, y se mantienen vigentes, aunque también es cierto que, estas personas como Anna Todd, han hecho lo que no me he atrevido a hacer en años: publicar una historia.

No los voy a engañar, ni por asomo he leído After, no tengo ganas, pero veo a muchas personas que lo hacen y devoran cada página como si fuese la mejor historia del mundo, podrán sacar videos criticando la superficialidad y conveniencia con la que llegan las protagonistas a volverse el interés amoroso de un chico sin ningún desarrollo emocional más que con la justificación de que su ira viene de un trauma sumamente profundo.

Pensando que yo podría hacerlo mejor y que mis historias realmente podrían ser escuchadas sabiendo que hay historias como estas triunfando, también reflexioné que todo esto surge de un pasatiempo.

Los pasatiempos que tenemos desde niños nos marcan y nos definen como adultos, desde saber tejer, crear un club de la pelea, jugar al micro hornito, jugar con muñecas, hacer pulseras, tener un kit de uñas o de maquillaje; a veces todos estos grandes pasatiempos, si tenemos suerte, pueden volverse nuestras carreras de adultos.

Sin embargo, el peligro de pensar que un pasatiempo necesariamente tiene que convertirse en una carrera, y esa carrera en algo comercializable, pone un peso enorme en nosotros al hacernos creer que si no lo hacemos perfecto desde la primera vez que lo intentamos -como fue mi caso al querer incursionar en la escritura-, estamos limitando a todas aquellas personas que tienen sueños de ser matemáticos o astronautas y desde el primer momento les cuesta trabajo, diciéndoles que necesitas ser el mejor, que mientras tengas la facilidad lo has conseguido todo.

¿Se imaginan a todas esas personas que tienen un talento innato para algo, pero no es su sueño realmente? ¿O a personas que les gustan las matemáticas porque les resultan fascinantes y les cuesta trabajo realizar operaciones?

Imagínenme a mí, que desde el principio fui buena con las letras, pero me frustraba de muchas maneras no aventarme una obra maestra como Shakespeare desde el primer momento. El hecho de exigirnos tanto desde el momento de tener pasatiempos es donde nuestra sociedad del cansancio falla y crea personas ansiosas condenadas a realizar todo a la perfección y no permitir opiniones sobre algo que nos gusta sólo por no ser expertos en la materia.

Algo que me llamó la atención en su momento del personaje más famoso de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, fue que admite su ignorancia acerca del sistema solar, diciendo que si aprende algo que no le es útil en su campo de estudio tan solo estaría llenando un espacio en su mente que podría ocupar para otras cosas, y para mí tiene todo el sentido del mundo.

¿Por qué debería de ser experta en crochet cuando solo quiero usarlo para relajarme?

El New York Times, volvió a sacar un artículo de opinión llamado “El valor de ser mediocre” escrito por Tim Wu, una persona que supongo escribe y se dedica al periodismo. El cómo llegué a este artículo no es lo relevante aquí sino en cómo su visión coincide con algo que yo ya había pensado hace tiempo:

“Aquí lo que hemos perdido es la afición tranquila a tener un talento modesto, a hacer algo por el simple hecho de que lo disfrutas y no porque lo haces bien”.

Y no podría estar más de acuerdo con él. Hay una película que me fascina y no he visto en mucho tiempo: llamada Cielo de Octubre -esta es una petición pública para que Netflix la compre y pueda verla de nuevo-, donde Jake Gyllenhaal es el protagonista, vive en un pueblo minero, todos van a la escuela, pero saben que su destino es terminar en minas de carbón, Homer Hickman presencia el paso del satélite Sputnik por el pueblo y desde ahí queda enganchado con este sueño de llegar al espacio y no ser minero. Al punto de que empieza a armar su grupo de robótica para crear un satélite que llegue al espacio, igual como los rusos lo hicieron, sin saber de matemáticas se mantiene positivo e incluye a un chico con facilidad por esto a su equipo y empiezan a compartir ideas sobre lo que quieren lograr.

Al final todo resulta bien para los seis chicos, ganan el concurso a nivel nacional y al final de la película cuentan las historias reales de cada uno de ellos, donde todos ellos terminan haciendo cosas diferentes que no tienen nada que ver con satélites espaciales, pero tampoco siendo mineros. Lograron escapar de su destino y de sus limitaciones sociales, a excepción de Homer, quien terminó trabajando en la NASA construyendo satélites espaciales, aún con sus limitaciones matemáticas.

Lo que les quiero decir con todo esto, es que los pasatiempos pueden servir para tres cosas: distraernos de aquello que nos está haciendo sobre pensar las cosas o como mera distracción de la mente, aunque esta se mantenga activa a la hora de hacer actividades o como indicador de nuestras habilidades y posibles actividades laborales en el futuro, pero no podemos tomarlas al pie de la letra.

Puede gustarnos cocinar y no querer ser chefs, pueden gustarnos hacer collages, pero no querer ser artistas, también puede que no nos gusten las matemáticas, pero queramos ser actuarios, que nos gusten las letras y se nos dificulte leer.

Nosotros somos quienes decidimos el alto que le ponemos a nuestros sueños, y los obstáculos simplemente nos hacen luchar más arduamente por ellos. Mientras que los pasatiempos deberían de dejarse de considerar como esta medida de perfección que nos imponemos a nosotros mismos.

Sólo en el fracaso, conocemos realmente quiénes somos y lo dispuestos que estamos a luchar por algo.


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