¿Para qué me siento a leer?

En este número dedicado al día del libro más allá de hablar del tema en sí, es decir, de libros y de autores, quisiera acercarme un poco a otra parte fundamental de la ecuación: los lectores. Y, para no ir tan lejos, me gustaría compartir un poco de mi experiencia como tal.


¿Cómo empezar?


Un buen inicio para esto podría ser escribir aquí sobre qué es lo que espero de un libro, o qué es lo que busco cuando trato de tomar uno y darle rienda suelta a mi lectura. Para mí un libro es una oportunidad. Una puerta que se abre permitiendo el paso a cualquier aventurado listo a cualquier propuesta. Pero esas aventuras no son para todos, las hay muy diversas. Cabe hasta la posibilidad de que haya un libro para cada persona del mundo.


Abriéndome un poco, ha habido en mi vida muchos momentos de encrucijada. Situaciones claves en las que me he encontrado buscando respuestas, alivio y apoyo. Aunque suene a cliché, he podido encontrar todo ello en libros oportunos. Libros que han llegado a mí porque los estaba buscando, alguien me los recomendó o por casualidad. Porque, no me dejará mentir usted que lee, el libro es un consuelo.


Siempre es un consuelo leer sobre algo similar de lo que se está pasando. Saber que hay otro alguien en el mundo que experimentó en la lejanía algo parecido. Es eso mismo lo que me absorbe y hace desear leer. Leer hasta el cansancio, en el metro, en la espera, en el insomnio, en los momentos muertos del día.


Si no fuera por esos libros que encontré, que leí y disfruté, qué sería de mí. ¿Qué me habría pasado en esos momentos extraños de mi vida?


Aunque hay otra cuestión importante en todo esto; la lectura de un libro no debe ser sólo una guía que ilustre el camino que hay que seguir, sino que también debe ser una pared con la cual chocar y darse de topes varias veces. Porque los libros, en su mayoría, son un conjunto de historias que tienen finales que no llegan. Finales abiertos en los cuales uno debe imaginar, si es capaz, un desenlace para los personajes que ha acompañado a través de esa trama. Similitud nada deseada, pero que también ocurre en muchos eventos que vivimos, en los cuales es mejor imaginar que quedarse con lo último.


Los libros también son un darse-de-topes-en-la-cabeza continuo si es que se les presta la atención suficiente. El más mínimo detalle puede ser revelador, como en las novelas policiacas y en la vida diaria. Pequeños escondites, un “algo” dejado fuera de su sitio, una palabra que no se dijo (o que sí), todo es imprescindible en una buena historia. Por eso es que hay que volver una, o dos, o tres, o las veces que sea necesario hasta la primera página, si es que la cuestión amerita el esfuerzo. Así como también lo son algunas situaciones en la vida, hay que tropezarse las veces necesarias para saber evitar la piedra.

La lectura es como el pan para el hambriento, ya que leer nutre el intelecto y con ello el espíritu. Leer da herramientas que no se pueden conseguir de manera sencilla, porque la lectura es conocer de primera mano la experiencia acumulada de personas que existieron y vieron el mundo antes que nosotros.


Por último, me gustaría hacer una recomendación. Si alguien le ha dicho a usted que debe leer un libro, no lo haga. La lectura no es una obligación, es un placer y, como tal, hay que disfrutarlo.



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