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Nuevo despertar

No lo podía creer. ¡Después de tantos años la volvía a ver! Había pasado ya mucho tiempo desde aquella última ocasión en la que cruzamos miradas y sentí la calidez de su sonrisa. Por aquellos días éramos unos jóvenes inmaduros que experimentaban el amor por primera vez, y sin duda fue uno de esos bellos recuerdos que perduran en la memoria. Me era increíble verla de nuevo, y no por el tiempo en sí mismo, sino por las circunstancias de la vida que parecen llevar a los ríos a encontrarse cuando han de desembocar en el mismo mar.

Para entender esto, deben saber que en todo este tiempo me convertí en un médico forense. Así, me encontraba laborando en la morgue del hospital. Resulta curioso notar que, a pesar de que la muerte es una de las pocas cosas seguras en la vida, preferimos olvidarla y no pensar en ella hasta el final de nuestros días… o al menos eso era lo que creía.

Era un viernes y me tocaba realizar trabajo en la morgue, saldría hasta el día domingo y yo maldecía por todo lo alto; ¡me perdería la mejor fiesta de Halloween de la historia! Y para colmo, teníamos varias autopsias a realizar. Casualmente, el día de hoy solamente contábamos con dos cuerpos pertenecientes a mujeres. Por la mañana había ya atendido el cuerpo de un joven que presentaba un rigor mortis demasiado acentuado, el cuál me impediría tomar mi comida en el horario habitual.

Entre las cosas interesantes de este trabajo, están las anécdotas. Y aquí les contaré una que viví con ese cadáver: como les comenté, el rigor mortis estaba demasiado pronunciado. Para quien no lo sepa, esta condición hace que los mús