Nudos de olvido

Parte I: La memoria de Segismundo


Recuerdo esa sensación de alivio cuando me despierto de una pesadilla, veo a mi alrededor y estoy en un sitio seguro, mi casa sigue siendo mi casa, mi cuerpo responde, por mi ventana se filtra la luz del mismo pedazo de cielo que se deja ver cada día, sigo aquí y soy yo. Esta vida y estos días son algo muy parecido a una pesadilla, una que no termina. No hay sensación de alivio, no es el mismo lugar de siempre, estoy aquí pero no creo ser yo. Probablemente no haya nada en mi entorno que signifique lo mismo hoy, que hace cuarenta días. Todo cambió, la mesa, los libros, la ropa, el espejo, todo se ha vuelto ya un perfecto y circular símbolo del recuerdo: las libretas sobre el escritorio llenas de notas y recordatorios que ya no hicieron falta recordar porque las escribí en otra realidad.


Y así, encerrados aquí y yo encerrada en mí, he perdido la virtud de la posibilidad, ya sólo recuerdo y me recuerdan –qué importantes somos los recuerdos–. El cumpleaños que quería celebrar, tantas palabras y hasta los absurdos trámites de la cotidianeidad: se fueron. Los he perdido irremediablemente, no volverán a ver la libertad estos días, el crecimiento del mechón de cabello y cómo tomaron profundidad las arrugas, serán sólo las muestras de todo el tiempo que, con nosotros, se quedó encerrado. Las horas del día se han vuelto líquidas e insípidas, me basta con la oscuridad para empezar a bostezar, acostarme y cerrar los ojos, pocas veces me desvelo, confieso que si algo aprendí a valorar aquí adentro son las horas de sueño, porque el sueño es hoy el nuevo símbolo de posibilidad y el único que me queda. Si hay un sitio libre de enfermedad, es el sueño (ojalá todos los enfermos duerman), y también es el punto de encuentro más cercano.


Después abro los ojos y nos hemos ido, me siento llegar de lo que fue un vuelco de emociones que estoy segura sólo podrían sentir los verdaderos vivos y me encuentro en esta realidad casi mortecina, que no es más que un bucle de ausencias y sinsabores, un sueño en blanco que te deja apático al terminar.


Queriendo desafiar mi devoción, me despierto pensando que, si existe un virus, no es más que un sueño y quizá me estoy confundiendo de despertares en donde esta nueva realidad sin abrazos no es más que un mal sueño recurrente; y entonces, sólo así tendrían sentido el aletargamiento creciente de mis extremidades, la sensación constante de miedo a lo que está atravesando la ventana, mi incapacidad de diferenciar los días y el deseo incesante de que alguien, por fin, venga a despertarme.


Parte II: De la fe al vacío


El arca llegó, corre, nada, vuela y súbete. Como sentados desde hace un siglo frente al monitor, arrancados de súbito a la posibilidad del retorno hacia el pasado, con la frialdad de las teclas duras de cada mañana, enfermos, pero de costumbres y resignaciones, un buen día despertaste y en la pantalla encarnada de tu palma apareció la salvación prometida. Porque las fronteras políticas siempre fueron quebrantadas, pero los infractores recobramos la fe de volver a sentir otra piel sin temores al contagio del tacto.


Tener fe como un acto de redención: te visualizas de nuevo bajo el sol de las calles de la cotidianidad, rodeado de bocas y sonrisas libres. Creer que será posible recuperar lo perdido, despertar y ser de carne y hueso, ya no de luces y letras. Y por fe perdonamos al destino, los huérfanos, los seres que un día tuvieron familia y hoy son solo la sombra errante de lo que fue la vida hace más de cuarenta días, los que murieron de harta hambre, los nombres que pertenecen a la cifra estadística protagonista de las noticias, esos nombres, esos seres, esos huérfanos, todos cayeron en un vacío de olvido que llamamos fe.


El ciclo está por reiniciarse y los que al arca alcancemos a subir, tendremos que dejar la memoria embargada a cambio de esperanza. Empezar de nuevo, sonreír y agradecer, confiar en un mejor porvenir, creer que ya es justo que todo mejore y que de nuevo somos fuertes, traicionar hasta nuestro propio luto y no pronunciar ni una condolencia más. Sin más respeto por la muerte y desmemoriados de las ausencias, arribamos a esta, la nueva vida o, mejor dicho, la nueva normalidad.

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