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Néctar

 Las pezuñas solares rasgaban sin piedad todo lo que se podía ver, excepto al manzano: la sombra del manzano iba hacia el otro lado, retando al sol. Casi nadie lo notaba, excepto si caminaban junto al árbol por la tarde, y por alguna razón miraban al suelo. El manzano estaba en un terreno baldío, en el que frecuentemente había basura que dejaban los transeúntes. La tierra era muy clara, quemada, y los pocos guijarros que se veían eran de un gris despintado. No había gusanos o pájaros, ni gatos o tlacuaches que frecuentaran al manzano. Lo sabía porque lo había observado mucho tiempo, desde que vio la anti-sombra del árbol una tarde de día rojo, después de recoger sus lentes de la banqueta. Vio primero la sombra, que parecía más bien tierra húmeda ante todo el resto del terreno descolorido, y luego, mientras se desencorvaba lo vio a él, de troncos algo torcidos, manzanas que nunca caían pero nunca se pudrían y hojas de un verde brillante que no se movían con el viento. Aún no se había acercado a verlo con más cuidado, pero con su catalejo, que sacaba de su bolsita de cuero cada dos o tres minutos, lo veía desde el otro lado de la calle. Aún no se había acercado pero sus estudios del árbol lo habían llevado a una conclusión: ese árbol era un dios.

 

No podía haber otra explicación. Se resistía a los fenómenos naturales, no le importaban la lluvia o el viento, se mantenía impasible. El tiempo no tocaba al árbol, sus manzanas eternamente verdes y frescas. Los animales, sabiondos en temas que nosotros ya hemos olvidado, no se atrevían a acercarse, seguramente por respeto a la deidad. Además, no sabía ya si era de tanto verlo, pero por las mañanas y al atardecer, a menudo el manzano exhibía un aura dorada. Pero el principal y más visible signo de su carácter divino era, sin duda, su sombra. El sol inmenso, implacable en estos páramos, perdía la batalla contra él. Como jugando vencidas: el tronco torcido, y el sonido de la mano fulgurante cayendo contra la mesa.