La verdadera máquina del tiempo

—Te digo que unos cuantos han inventado la máquina del tiempo. —Indica en postura tranquila el hombre mayor.

—¿Cómo puede ser eso? Usted está loco —responde el muchacho para desacreditar a su interlocutor—. ¡De tanto leer se le ha freído el cerebro! Deje de meter su nariz entre libros empolvados.

—No, muchacho, estás viendo y no ves —dice, conservando su temple.

—¡Esas son tonterías, si tengo en perfección los ojos! En cambio usted con sus lentes de fondo de botella —señala, mientras coloca sus manos sobre las cejas —, ¿ese par de vidrios son su máquina del tiempo?

—No, hijo, no es cosa de ver o no con los ojos. Es algo más allá, es una cuestión de la razón —Entonces el viejo apunta con su dedo índice derecho hacia su gris cabellera—, de ver con la abstracción y arrancarse uno mismo la venda que se tiene en el corazón. Leer y leer más, ese es uno de los primeros materiales de esa maravillosa máquina.

—¿Cómo es eso posible? —responde el muchacho, un poco más interesado.

—Unos grandes sabios del siglo XIX, amigos de la humanidad, nos dieron las claves más importantes de esa maquinaria. Otro individuo impresionante, tan grande como las montañas mismas, supo cómo ponerla a andar, hasta nos lo explica cuando hace mucho tiempo dijo: "Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas". ¿No comprendes, muchacho? El tiempo no es algo quieto sin vida, lo podemos hacer andar a marcha rápida por nosotros mismos, sin necesidad de tuercas sino con martillos —comenzaba a sonar un poco más exaltado, mientras trataba de acomodar su pelo hacia atrás.

—Explique más, que no comprendo nada. —Arqueaba sus cejas mientras con una mano sostenía la quijada.

—A eso voy, a eso voy. Verás, hay algo interesantísimo en la historia que se llama Revolución.

—Ajá.

—Es por este medio y ningún otro que la humanidad puede meter el pedal a fondo y llegar al futuro. ¡Ya lo hemos hecho antes, podemos hacerlo de nuevo! ¡Debemos engrasar la máquina para avanzar! —Apuntaba con su mano izquierda hacia el cielo.

Con tono incrédulo el muchacho preguntó— ¿Cuándo se ha hecho todo eso? ¿Cuándo sucedió esa Revolución de la que habla?

—Muchacho, ¿conoces lo que pasó en Francia en 1793?

—Sí, algo así, ese maldito Robespierre y su terror. —Golpeó con fiereza el escritorio del profesor.

—No, muchacho ingenuo, el terror fue la máquina del tiempo —dijo calmado de nuevo, tratando de apaciguar los ánimos de su joven alumno—. Transportó a la Francia medieval que tenían todos aquellos desgraciados sobre su lomo, y los hizo más libres. Hasta los enanos crecieron de tamaño cuando abandonaron todo ese peso. ¡El proceso revolucionario fue un salto a través de las décadas; dejar en Francia atrás todo el retroceso: adiós monarquía!

—Entonces, si todo estaba bien, ¿por qué regresaron a lo demás? —hizo la pregunta en tono quisquilloso para tratar de que el profesor tambaleara en su explicación.

—Muchacho, eso es lo más peligroso de este asunto­ —su cara tomó una pose amarga, mientras quitaba de su cara los lentes y lo miraba a los ojos—. Es que esta máquina puede ser usada por cualquiera. Pero dependiendo de quién la use es como debemos llamar la acción que haga. Hay algunos insanos enemigos de la humanidad que la quieren mantener en la oscuridad perpetua. ¡Eso es la contra-revolución, el mayor peligro de todos! Eso sucedió en la Francia de aquel entonces, eso intentaron hacer en la Rusia bolchevique, eso fracasaron en Cuba del 59 y eso, lamentablemente, lograron por la fuerza bruta de su mano armada en el Chile del pueblo soberano del 73. Y, si algo nos ha enseñado la historia, es que las clases poseedoras de todo no lo dejarán así nada más, lo harán sólo a través del único idioma que conocen y ese es el de la guerra. ¡La guerra revolucionaria, la máquina del tiempo, es la única que puede llevarnos a un futuro de bienestar, plenitud y paz!

—¿Qué podemos hacer entonces? —preguntaba ahora, en verdad convencido.

—¡Organizarnos, muchacho, organizar a todas las obreras y a todos los obreros! Agitar a las masas proletarias que con sus brazos lograrán que esta máquina del tiempo llamada Revolución nos lleve al futuro de nuevo, porque son ellas y ellos los destinados por la historia a llevar a la humanidad a su perfección ¡Rápido, vamos, hay que difundir el descubrimiento, no perdamos tiempo!

El muchacho se levantó y tomó entre brazos los folletos del profesor, como si abrazara a la más preciada reliquia de su juventud; mientras con voz serena y decidida leía las últimas líneas de uno: “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.



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