La niña que venía del cielo

Mamá se fue sin decir una palabra; un día solamente se esfumó de la faz de la tierra. No se despidió –ella no creía en esas cosas–, ni dijo a donde se dirigía, solamente nos dejó a nuestra suerte en este extraño mundo a mi papá y a mí. El abuelo dice que seguramente ha regresado a donde pertenece; él y la abuela suelen contarme historias de cuando ella era niña. Cuando vienen de visita (cosa que se ha vuelto recurrente desde hace unos cinco meses), preparan chocolate caliente y me hablan de su vida. Es cierto que uno nunca termina de conocer a alguien, cuando escucho sus historias pareciera que hablaran de otra persona.

De vez en cuando traen viejos cuadernos y fotografías donde Mamá parece estar contenta. Es un poco inusual verla de esa manera, verla como una niña, justo como yo. Es extraño pensar que nuestros padres algún día también fueron niños, que soñaban despiertos, que creían en serpientes voladoras y hablaban con sus juguetes.

Papá suele mencionar que desde que empecé a hablar siempre he dicho que vengo del cielo, justo como mamá solía hacerlo de chica. Él está seguro de que tal vez de ahí viene mi amor por los planetas y la astronomía. Mamá no era para nada diferente. Era peculiar, única; casi siempre susurraba cosas para sí misma, hablaba entre dientes cuando veía algo que le llamaba la atención. No le confiaba a quien sea sus pensamientos y la mayor parte del tiempo se guardaba todo.

Antes del incidente solíamos jugar mucho. Un día hicimos un reino con cajas de cartón y salvamos a los habitantes dos veces de un feroz dragón. Otro, criamos a un narval en nuestra bañera hasta que creció tanto que tuvimos que liberarlo en el mar. También nos aventuramos en una selva por casi una semana donde por poco somos devoradas por feroces plantas carnívoras. Pero una de mis aventuras favoritas fue cuando regresamos al hijo perdido del dios de las tormentas a su hogar, para que la lluvia que llevaba ya cuatro días inundando la ciudad cesara.

Mamá era la rebelde, la que dejaba su cabeza e imaginación volar; Papá era más cuadrado y se basaba en las cifras. A él le encantaba ver las cosas como eran. No creía mucho en dioses, en aliens o en las extrañas criaturas que vivían dentro de la lavadora y las cuales se encargaban de robarnos los calcetines. No creía en la magia ni en relojeros que controlan el tiempo, él decía que lo único en lo que creía era en los números, pues siempre decían todo con precisión. Tal vez por eso hacían un muy buen equipo los dos. Mamá pintaba con acuarelas mientras bailaba y Papá se encargaba de verla perdidamente; claro que la amaba. Ella se encargaba de mostrarle el mundo desde sus ojos y él tenía la tarea de recordarle que seguía viviendo en el mundo real.

Mamá decía que por cada cabeza cuadrada había el doble de soñadoras, Papá tenía a dos a su lado, por eso desde que se había marchado, él había estado algo apagado. No podía hacerlo todo yo. Necesitaba a su soñadora que de vez en cuando le hacía cuestionarse su mera existencia en la hora del desayuno. Siendo honesta no pude hacer mucho por él.

Cuando Mamá quedó en cama, de vez en cuando nos encontrábamos las dos solas en el cuarto, yo solía cuidarla por las tardes mientras Papá se encontraba descansando y los abuelos salían a hacer las compras. Me gustaba leerle todo tipo de cuentos e historias mientras ella cerraba sus ojos y se los imaginaba. Aún en cama, ella combatía feroces bestias y salvaba a pueblos de sequias, incluso unió a los humanos y sus sombras de nuevo. Solíamos hablar de todo, a veces yo llegaba de la escuela con mi cabeza hecha un huracán, con un montón de preguntas que nadie se hace, pero que son importantes. Solía bombardearla a ella –la única que me aguantaba de hecho– con comentarios como “la vida es extraña”, y ella siempre contestaba algo aún más confuso como “el hombre es raro; tan extraña que es su búsqueda”, cosa que me guiaba a la siguiente pregunta inconclusa: “¿qué busca el hombre?”. Aunque las respuestas de Mamá siempre se esfumaban en el aire y me dejaban aún más confundida, amaba que me diera más cosas con qué pensar y trabajar. “Esa es la cuestión”, solía decirme, “ni él mismo lo sabe”. Sus respuestas eran cortas y le dejaban más dudas a mi persona, nadaba en la ambigüedad de la vida, me cuestionaba lo bueno y lo malo, lo moderno y lo tradicional. ¿Qué se hace en un mundo como este? Todo abruma al humano, absorto en su trabajo, en la escuela, aprendiendo cosas sin sentido.

El día que despertamos y ya no estaba en su cama, Papá lloró como nunca. El cielo se ennegreció y la noticia no tardó en llegar a los oídos de todos. El dios de las tormentas nos acompañó en el duelo, los truenos eran feroces aquella tarde y el fuerte viento sacudía a los árboles del patio salvajemente. La gente de cartón no se atrevió a hacer ni un solo ruido dentro de la casa y el pajarito dentro del viejo reloj de la sala dejó de cantar. Yo no me sentía en absoluto triste. En realidad, estaba algo feliz de que ya no se encontrara en la cama, ella odiaba sentirse limitada. Por fin era libre, algo que ella anhelaba con todo su corazón. Yo sabía que se encontraba de regreso a su hogar, finalmente estaba en casa.

Papá a duras penas, decidió hacer un funeral para alguien que no estaba ahí. Mamá se había ido, no había dejado ni un solo cabello atrás, pero, aun así, hicieron una enorme ceremonia pensando en todo lo que le hubiese gustado tener ahí. Yo les seguí el juego, me comporté y también dije unas palabras ante todos. La gente iba y venía; me abrazaban y me deseaban lo mejor; lloraban y se lamentaban. Personas que ni siquiera había visto en mi vida contaban historias que ni yo había oído. Fue entonces cuando confirmé que ciertamente las personas son extrañas, aman más cuando uno no está y se lamentan cuando es demasiado tarde.

Desde entonces, Papá cambió un poco. Se volvió más gris e insípido, más cuadrado que antes. Mis chistes de pollitos y patos ya no servían para nada, lo que significaba que, si se encontraba grave, pero hiciera lo hiciera nunca iba a poder hacerlo. Yo sabía bien que no llenaría aquel vacío que Mamá había dejado ¿y quién sí? No lo culpaba, no culpaba a nadie por encontrarse de luto de esa manera y eso fue lo que me llevó, en cierta forma, a mi siguiente plan.

Unos días después del funeral tras esculcar entre las viejas cosas de mamá, me dispuse de una manera decidida a marcharme con ella, era claro que tampoco pertenecía a este mundo. Guardé unas fotos de nosotros, viejos poemas escritos por ella y una que otra prenda de vestir que me encontré. Eran tesoros que necesitaban ser escondidos y tal vez, solo tal vez, un día otra niña con suerte los encontraría. Esa noche opté por dormir afuera con un viejo vestido blanco que ella me había pasado de su niñez. Hice un campamento igual a como cuando solía hacerlo con ella para observar las estrellas. Tenía una carta escrita, explicándole todo a Papá porque sabía que si lo hacía con palabras él creería que estaba loca. Siempre lo creyó de Mamá.

Después de un tiempo logré quedarme dormida hasta que algo me levantó de un brinco. Un extraño cosquilleo que me hizo salir de la tienda de campaña y notar a lo lejos, casi al fondo del patio, algo inusual: una mujer parada mirándome fijamente. Vestía una prenda larga de cola color perla que brillaba con la luz de la luna como si estuviese hecho de plata; su cabello castaño ondeaba con el aire y una sonrisa cálida pintaba su rostro. Detrás de ella había una serpiente gigante cubierta de plumas color verde y azul, justo como la de sus cuentos. Sin dudarlo corrí a abrazarla. Su olor me volvió a llenar las entrañas: jazmín y fresas, ella siempre había olido así. Me extendió su mano y sin bacilar la tomé, las dos montamos al enorme reptil hacia las nubes.

Esa noche ella me llevó consigo. Nunca más regresé a ver a Papá o a pisar la Tierra. Nunca me despedí de mis abuelos o de las diminutas criaturas que vivían dentro del frasco de la cocina y que se encargaban de hacer los terrones azúcar que papá le ponía a sus tés. De vez en cuando los observo desde arriba, esperando de todo corazón que algún día me puedan perdonar, pero simplemente no lo soportaba. No soportaba de vivir una vida sin mi madre, sin mi compañera de aventuras. A decir verdad, las cosas marchan bien sin nosotras abajo, parece que Papá está mejorando con cada día que pasa. Cada noche trato de mandarle sueños lindos con nuestro mensajero, para que así no se dé por vencido. Le regalo mi voz de vez en cuando entre los resoplidos del viento que entran por la ventana de su cuarto y mi risa al son de las campanas de viento que cuelgan en la entrada de la casa. No hay día que no nos recuerde, y cómo olvidarnos. Cómo olvidar a dos extraños seres que no pertenecían a la Tierra. En efecto yo era igual que Mamá, siempre lo supe. Se podría decir que yo era la niña que venía del cielo.

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