La cura siniestra, ¿qué tan lejos llegarías por encontrar la cura a toda enfermedad?

Juntando escenarios tanto fascinantes como inquietantes –que bien pareciera que han sido sacados de los backrooms (o cuartos traseros por su traducción al idioma español)–, con un ambiente tenso –casi enfermizo­– y la duda incesante de saber qué es lo real, Gore Verbiski logra crear un filme que pone al público al borde de su asiento. Apoyado de su asombrosa fotografía e intrigante historia, La cura siniestra (A cure for wellness), es un largometraje que nos recuerda cuán preciada es la vida y qué tan lejos llegaría alguien por encontrar una medicina para todos los males.


Acostumbrados a las mismas películas que nos ofrece Hollywood, el film de Verbiski puede llegar a parecer tedioso e incluso largo. Con un hilo de la historia un poco tardado y escenas que aparentemente no tienen sentido, La cura siniestra juega con la mente del espectador y logra tejer su trama entra las escenas y símbolos que nos va presentando a lo largo de todo el filme. Ocupa como base aquella incómoda sensación que suelen externar los hospitales por las noches, unos escenarios monótonos y casi infinitos, en donde la mente divaga y logra crear falsas respuestas de lo que es real.


Casi como un llamado de ayuda hacia la cordura, el largometraje se inclina por mostrar un lado malvado del descanso y el reposo en el cual vemos que recae nuestro protagonista más adelante en la película. Muestra un lado oscuro de la medicina tradicional y la ambición de un doctor por encontrar las respuestas a cualquier enfermedad mediante un “mágico” elixir a base de agua.


La historia gira entorno a Lockhart, interpretado por el actor Dane DeHaan, quien a primera instancia se nos presenta como un intenso empresario que forma parte de una empresa encargada de valores en la ciudad de Nueva York. Este es escogido por sus superiores para ir a buscar a Pembroke, el dueño de una de las empresas que se encuentra en un ambicioso proceso de fusión con otras, debido a una carta que llega anunciando su renuncia.



Lockhart es mandado –casi– a fuerzas a Suiza, a lo que parece ser un centro médico de retiro en donde las personas llegan a descansar debido a su remota ubicación sobre una montaña cercana a un pueblo. En este centro, las personas son tratadas y medidas por un riguroso tratamiento basado en la supuesta agua “milagrosa” del lugar.


Poco a poco, junto con su fantasmagórica y fabulosa banda sonora, la película va desmenuzando las extrañas rarezas del viejo hospital de retiro. Lockhart empieza a cuestionar el inusual tratamiento que se le da a Pembroke, quien parece encontrarse ajeno a si mismo, y a notar ciertos comportamientos en las personas dentro del centro, entre estos Hannah. Una chica joven quien dice que espera a su papá en ese lugar, y que de igual manera pareciera que no toma en serio las cosas. Cansado de la terquedad de Pembroke y espantado por los comportamientos de los internos, decide marcharse del lugar dando por fallida su misión, pero la historia cambia cuando este se ve envuelto en un aparatoso accidente que lo termina internando en el centro médico.


Después de tres días, Lockhart finalmente despierta con rastros del accidente automovilístico y una pierna aparentemente rota. Ya siendo parte de los pacientes del lugar, él decide investigar un poco más a fondo las historias que los pueblerinos le habían dicho de aquel viejo castillo que ahora funcionaba como centro de rehabilitación. Entre sus supuestos delirios y escasas apariciones, Lockhart se percata que varias de las personas –incluyendo Hannah– se inyectan un misterioso fluido de unas pequeñas botellas color cobalto.


La intriga y el suspenso aumentan cuando nuestro protagonista trata de revelar los extraños sucesos que se dan dentro del internado acompañado de extrañas visiones, pérdida del sentido común y el descenso hacia la locura que poco a poco va presentando el personaje. La impotencia de no poder hacer nada y de ser vigilado constantemente por los enfermeros, son algunas de las causas por las que Lockhart va cediendo poco a poco hacia la demencia. Hasta cierto punto donde lo vemos desinteresado ya por encontrar una salida del instituto. Así, sucumbe ante la pérdida de su persona, aspiraciones e, inclusive, su vida; dejándose envolver por las garras de la incertidumbre del hospital y sus entornos.



La cura siniestra es un viaje de altas y bajas inclinado a la fobia de perderse a uno mismo en un mundo o lugar ajeno a lo conocido. Esto le sucede de forma directa a nuestro protagonista quien en cierto punto de la entrega se cansa de pelear y cede ante la euforia de su enfermedad inventada. El peso de la trama recae en la evolución de los mismos personajes quienes son esenciales para conseguir las piezas necesarias del rompecabezas de Verbiski; al igual que la atmósfera lóbrega que va creando el filme conforme avanza y el grandioso descubrimiento –casi al final de la película– de una historia secundaria que siempre pasó desapercibida debajo de la trama principal, tratando de responder a las preguntas: ¿qué tan lejos llegaría uno por encontrar el secreto a la vida eterna? ¿Y qué estaría uno dispuesto a sacrificar para encontrarlo?

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