La Ciudad de México en tres actos

Número 1: El campeón

Estaba viendo la televisión a través de un escaparate de San Juan de Letrán cuando se le ocurrió la idea más fantástica que podría producir la masa gris de su cráneo: Seré boxeador.

Luis Alberto Gómez no tenía la más mínima noción de este deporte, nunca había dado un golpe en su vida (ni a sus hijos para educarlos) ni estaba en buena condición física. Pero, en esto radicaba todo lo demás, sabía cuánto podía ganar. Sabía también que aún mal alimentado, con la paga de albañil, podía conseguir un poco de masa muscular y estar en las mismas condiciones de un peso mosca (lo que esto significará).

No podría pagar un gimnasio, eso lo tenía claro, pero estaban los tanques de gas de la azotea y algunos mecates para saltar, podía salir a correr y tomar forma, todo esto en las calles de la colonia Guerrero. Debía entrenar mucho para alcanzar esta meta, esta utopía que estaba tan cerca de sus dedos y tan lejos de la realidad.

Así que comenzó con lo que pensó sería lo más lógico y se puso a pelear. Hizo bronca donde pudo, en cualquier lugar. Empezó con pequeñas peleas dentro del trabajo, con los mismos compañeros por cualquier cosa. En las pulquerías, en las tiendas de abarrotes, en las filas, en el transporte. Cada oportunidad, cada golpe que recibía y daba era un paso para llegar a donde quería estar. Siempre estaba listo para soltar un derechazo, un gancho, esquivar o aventar contra unas cuerdas imaginarias al rival. Nada se le escapaba.

De la misma forma, vecinas lo veían subir en cada oportunidad al techo. Con ingenio amarró tabiques para usarlos como mancuernas y los tanques de gas como pesas. Saltaba, hacía lagartijas, abdominales, tablas, sentadillas, todo lo que él veía en los anuncios de los gimnasios y baños de la avenida Hidalgo.

Con su cuerpo agotado, maltrecho y alejado de los compañeros de trabajo, nada le importaba. Él sentía la plenitud de hacer todo aquello que lo llevaría hacia su meta imaginaria: ser el campeón.

Continúo con todo ello, hasta aquel día en que ocurrió lo impensable. El patrón llegó furioso a la construcción porque estaba retrasada. Gritó e insulto a todos, hasta al arriesgado José Alberto Gómez. Él cual, sin pensarlo dos veces, le soltó dos derechazos, uno hacía las costillas y otro en la cara. Ganó por K.N. directo, el patrón no se pudo ni levantar.

José aprendió tanto a recibir como a esquivar golpes, así como a evitar palos de escoba, navajazos, botellas vacías y piedras, pero no pudo persuadir a la ley para no quedar preso por una denuncia de agresión agraviada por antecedentes de peleas callejeras.


Número 2: La victoria

Nos vimos un 28 de Octubre, día de San Judas Tadeo santo de las causas desesperadas. No era coincidencia, yo estaba desesperado por verte. Mientras iba en camino pasaron a mi lado tantas personas con figurillas de cerámica con destino a San Hipólito. Sentí tanta alegría aquel día que a quienes pedían dinero para el santo, o para ellos, les di el cambio que llevaba suelto en las bolsas.

Baje en Centro Médico porque ahí acordamos vernos. Yo venía de la línea 3 e hice transborde a la 9 para esperarte, así te gustaba a ti aunque te diera pena pedírmelo y así me gustaba a mí porque me encantaba esperarte.

Pasaron tres trenes, hasta que llego en el que venías. Te vi mientras fingía leer para hacerte creer que no estaba ansioso por verte salir. Venías tan linda como siempre. Sonreías al verme y saludaste al aire.

Mientras te esperaba de pie, viendo como brillabas entre todas las personas a tu alrededor (como esas estrellas que indican el camino), me temblaban las manos. Nos abrazamos, todas las dudas se deshacían como las pastillas de alka seltzer que tomo después de beber.

Nos dirigimos a Guerrero para transbordar a Buenavista y de ahí caminar a la alameda de Santa María.

En el camino no vi más Santitos de Cerámica, tal vez el milagro ya se había cumplido.

[...]

Espero tu respuesta.


Número 3: La derrota

Hay un taxi rosa varado desde hace unos días en la esquina de Av. Tláhuac y Las Torres. Tiene manchas de sangre sobre el asiento del conductor, un golpe en el parabrisas y los faros destrozados. Hay rastros de pólvora sobre los asientos traseros.

Lo único vivo que sigue ahí dentro son las moscas, las que se revuelcan sobre la sangre seca. Y el letrero de libre, que nadie se ha tomado la molestia de apagar, como si este Tsuru, único testigo, pudiera hacer otro viaje que no sea al más allá y sí por estas calles de Iztapalapa.

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