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La cartografía de mi vida

El despertador brama con puntualidad a las siete de la mañana. Seguimos en pandemia. Al menos conservo un ápice de fortuna al quedarme encerrado mientras el mundo prosigue en su caída inminente. Enciendo el televisor. La noticia de la línea 12 del metro me deja helado: más de veinte muertos, tumulto, caos, lesionados regados en algún hospital y un largo convoy de desgracias los sepulta. Como siempre, el grueso de la población apoyando. Y como siempre, la autoridad cantinfleando ante las cámaras. Me queda claro que en este país –si se le puede llamar así- solo nos queda relamernos las heridas en solitario. Me aventuro a imaginar el último instante que experimentaron los que a partir de hoy serán una de tantas estadísticas: Estruendo-vértigo-miedo-gritos-fierros-polvo-silencio-oscuridad-después-nada-se acabó.


Gizmo

Los ojitos de un pequeño ser me observan tintineantes mientras sigo desencajado en la pantalla. Correspondo con un “buenos días drogui”. Este saquito de pelos que emula a gizmo llegó a nuestras vidas producto de una tragedia. Suspiro. A él no le interesa la desgracia ajena pues se ha curtido en su experiencia, no necesita más miseria en su universo. Sin hacer mucho ruido para no despertar a la reina del hogar, nos enfundamos en los aditamentos para enfrentar el paseo: cubrebocas, careta, correa, bolsita para desechos, alcohol, llaves… Lo necesario para no sentirnos desnudo