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La adoradora del papel

Cuesta decir con exactitud cuándo sucedió esto, pero todavía era adolescente. O quizá era más joven, todavía una niña.


Tal vez influyó que mi familia tenía una imprenta durante muchos años, haciendo cajas para medicamentos desde cero: conseguir las pilas de papel, trabajar en los colores que se iban a usar para la impresión, el barnizado, el secado y el corte. Existen muchos tipos de papel y varios acabados, desde el mate hasta el couché, y cada uno tiene su magia.


Las portadas de los libros también tienen su sello distintivo, desde el libro de bolsillo con la tapa ligera que permite que lo leas en cualquier lugar hasta el de tapa gruesa edición especial que encuentras en librerías, los de acabado aterciopelado que con solo tocarlos te hipnotizan o los libros con el título en relieve metálico que prefieres tener en tu estante sin tocarlo siquiera.


El papel permite hacer cosas increíbles: desde cajas de cartón hasta invitaciones para boda, pero en los últimos años se ha visto desplazado por la tecnología y los medios digitales, el hecho de que las revistas ya no se exhiban en los supermercados es algo que me preocupa y afecta directamente, ya que soy una de las pocas consumidoras que todavía creo que posee.


Los libros en físico han sido sustituidos por el PDF y las Kindle que venden en Amazon a precios mucho más económicos y por la mitad de precio, me alegra saber que todavía hay lectores que prefieren hojear un libro o buscarlo en la biblioteca. El hábito de ir a la biblioteca y sacar un libro es todavía una de las pocas cosas que disfruto, ir a la Biblioteca Vasconcelos y explorar esos pasillos que hoy en día son tan “aesthetic” y atractivos para turistas, a mí me gustaba recorrerlos en mis tiempos de preparatoria y encontrarme con libros que iban desde poesía iraní hasta el clásico de Bram Stoker Drácula.


Todavía si me acerco a una librería de libros usados soy la persona más dichosa al saber que tienen variedad de libros y hasta de revistas, nunca olvidaré cuando encontré revistas en francés para realizar mis collages, como diría el dicho, lo que para algunos es basura para otros es un tesoro.


No me sorprende que los puestos de revista hayan tenido que incluir más productos de los que antes eran, justamente, revistas. Esa tradición de ir por un periódico o comprarlo camino al trabajo era un lujo, pero al mismo tiempo una necesidad, te mantenía actualizado en tiempos donde el internet todavía no tenía ese lugar privilegiado dentro de la sociedad. Recuerdo que mi abuelo compraba el periódico cada domingo y lo hojeaba buscando las noticias más relevantes, lo que ahora hace cualquier medio digital hoy en día o en algunos casos más “obsoletos” lo que haría la televisión.


Pero lo que me sigue agradando de los puestos de revista es que precisamente que por esta poca demanda de revistas y periódicos han tenido que sacar productos especiales, que solo podrías encontrar con ellos, me refiero a los libros Gredos en menos de cien pesos, carritos de juguete de colecciones especiales y hasta libros con bonitos decorados que van de Jane Austen, las hermanas Brontë hasta Sylvia Plath y Virginia Woolf.


El papel llena nuestras vidas de formas asombrosas que todavía no somos capaces de comprender, y aunque es una industria que no podría desaparecer del todo gracias a las compras en línea y al intento de sustentabilidad de ciertas empresas, es cierto que cada día lo vemos menos.


Me considero una adoradora del papel ya que aprecio las cartas todavía escritas a mano, los sellos postales, las notas adhesivas, los libros en físico, las revistas y hasta las libretas donde puedo escribir mis pendientes del día.


Ahí donde la gente podría ver el uso de una tableta electrónica yo sigo viendo la escritura a mano como una herramienta bastante útil, sobre todo cuando quieres seguir escribiendo tus pensamientos. Un diario al estilo Ana Frank, es lo que llevo conmigo a todas partes hasta la fecha.


Mi colección de diarios comenzó como un proyecto personal y se volvió mi hábito más necesario para poder entenderme a mí misma. No sé qué sería de mí sin ese pequeño cuaderno que escogí espontáneamente en alguna tienda de Cartagena.


Y tampoco me hagan hablar del hecho de hacer collages, una de las mejores actividades del mundo que empecé a realizar hace un par de años para olvidarme del estrés del trabajo y de la escuela. Si bien es algo que comenzó en Francia como un hobby sin sentido que no requiere de los mayores dotes artísticos, es algo que puede hacer cualquier persona con tan solo un par de recortes de revista, periódico o hasta libros viejos de los cuales puedes arrancar páginas enteras y pegar de mil maneras.


Lo importante del collage no es seguir ninguna técnica en específico, sino que ocupes los materiales que tienes más a la mano, de ahí que surjan desde los diarios de basura -traducido literalmente del inglés junk journal- hasta los bullet journal, que son una agenda que cada quien personaliza y decora como quiere, utilizándose más que nada para anotar pendientes, como cualquier agenda normal.


Siguiendo a esta tendencia del papel, también encontramos las calcomanías o mejor conocidas como stickers, desde papel adherible simple hasta el adhesivo metálico con relieve o barnizado en mate. Con miles de texturas, artistas, temáticas, etc.


Si bien a veces siento que el papel ha perdido la batalla contra el plástico y las pantallas electrónicas, a veces me llevo gratas sorpresas al encontrarme personas comprando libros en físico, separadores de papel, calcomanías y hasta tarjetas postales.


Y aunque en pocos meses los boletos de metro de papel se hayan entregado por completo a las pantallas digitales y las tarjetas recargables de plástico, me conformo con los periódicos que reparten en las grandes avenidas y las revistas que hay en Sanborns -aunque su precio ya no sea tan accesible como antes-, donde puedes encontrar desde las de interiores hasta las de moda.


Que de repente mis amigas tienen el detalle de escribir una pequeña nota en algún regalo o entregarme una cartita hecha de su puño y letra.


Porque a veces esos son los recuerdos con los que te quedas de las personas, fragmentos de esto y aquello. Pedazos de tela o de papel, el hecho de que un papel siga hablando todavía debería ser tomado en serio.


No debería de costarnos tanto trabajo ir a imprimir una foto de aquel concierto, de aquellas vacaciones, sin embargo, nos cuesta.

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