Juventud, terrible tesoro

A Luis González de Alba, que envejeció muy mal, caray.

A Charly García, por su cordura y gran ejemplo a seguir.

A Edmond Dantes, que vivió la juventud más real, encerrado.

A Arturo Belano, con mi más sentido pésame.

A Aureliano Buendía, con envidia.

A Raskólnikov, con desconocimiento.

A Palinuro, con mucho amor y admiración.

A José Revueltas, por su eterna juventud.

A lxs estudiantes del 68 mexicano, con la piel erizada.

A los 43, vivos siempre.

“Paparupapa eueooo,

paparupapa, eueooo”

Proverbio infantil


Quisiera ser viejo.

¿Quién se atreve a decir que la juventud es la época más hermosa de la vida del ser humano sino acaso quien ya ha olvidado el tránsito tan descalabroso que es el periodo de la vida en donde todo es lo mismo que nada (recurso retórico para no escribir “en donde todo es incertidumbre”), en donde la nada parece que no existe porque todo es una nube repleta de luz oscura que abruma; en donde la palabra “obnubilado” adquiere el significado más preciso que jamás una palabra había ocupado; en donde los sueños se convierten en ansiedades cuando, juventud ilusa (ilusa antes, ansiosa ahora), adquiere la lucidez del error, el desvelo ocular: el despertar. Quién sino quien ya está en esta vida al borde del sueño, aquel en el que ya no hay más sueños. Porque ese crudo despertar, ese abrir los ojos después de llegar y pasar y crecer y dejar de ser infante y adquirir vicios, virtudes, traumas, efectos, consecuencias, sueños, corazones rotos, duele y duele como cuando los ojos, espejos que antes eran lunas y ahora abiertos son soles, soles que queman todo a su paso, soles que deslumbran y son deslumbrados; escribía que dolía como cuando los ojos, espejos que ahora son soles y que antes eran lunas que alumbraban en la oscuridad y poseían todas las estrellas de universo; que ese abrir de ojos no dolía, que más bien duele en el presente perpetuo que es la vida, vida que a veces se entiende como pasado que condiciona y futuro ineludible, decía (escribía)(pensaba) que como cuando los ojos han permanecido cerrados durante una eternidad y por fin la eternidad acaba y entonces es ahí cuando la luz lastima. El despertar que duele, que siempre duele. Por eso yo me sigo preguntando quién. Quién. Quién disfruta de tener todas las expectativas sobre una espalda que ya nació lastimada y frágil desde cuando nos dieron a luz, cuando nos dio la luz; quién carajos. Quién carajos disfruta ser la esperanza que nos han robado los que ya están al borde del sueño sin sueños y “ser el ejemplo” de aquellos a quien la luz ya les dio (que más bien ya fueron dados a la luz), por favor, no, por favor no, mi ejemplo no os lo sigáis. Gracias, pero mucha arrogancia e irresponsabilidad de su parte. Nos achacan todo. Que hagamos esto, dejemos de hacer lo otro, que ya aprenderemos, que ya cambiaremos, que nos dejaremos de quejar, que un día abandonaremos la revolución y nos convertiremos en seres decentes, estables, y vaya que sí, que sí somos inestables, la inestabilidad de un mundo que se convulsiona, se sacude, terremota, y al mismo tiempo nos dicen: que tenemos el mundo en nuestras manos, que la pereza nos carcome, que somos débiles, sensibles, y si no somos sensibles que qué amargado para ser tan joven. Por eso digo, escribo, pienso y actuo: quién. Quién se atreve a decir que la juventud es la época más hermosa de la vida del ser humano?


Quiero ser viejo.

Quiero dejar de trabajar para ganar dinero y sobrevivir y comenzar a trabajar para vivir escribiendo libros sentado en una mesa, en el jardín de mi casa, a la sombra de un árbol de manzanas, tomando café chiapaneco, té de manzanilla o un mate argentino Cruz de Malta. Quiero dejar de tener ansiedad porque no sé si algún día voy a tener una jubilación que me permita gozar de mis nietos y nietas. Quiero dejar de vivir en la incertidumbre del futuro y vivir en el presente con el sostén y los recuerdos del pasado, ya he entendido que ser joven es renunciar al presente sin tener pasado ni tener claro el futuro. Quiero hacer la revolución cuando tenga canas y tenga, también, ganas de salir a marchar con un bastón, o mejor un cetro que en el centro contenga todos los sueños del mundo, o mejor, del universo. Quiero estar en esta vida al borde del sueño, pero de ese sueño en donde los sueños pululan como mariposas rojas en mi panza cuando conocí al amor de mi vida. Quiero que el amor de mi vida viva en cada una de mis canas, de los surcos de mi piel y confirmar lo que hoy ya sé pero que aún es incierto. Quiero bailar reggetón perreando hasta el suelo enseñando la dentadura y desafiando la osteoporosis, las reumas y la falta de vigor. Quiero que el tiempo desaparezca, que no se sienta, que se funda o se yuxtaponga, pero que no pase, que no sea, que un instante sea la eternidad y que la eternidad dure lo que dura el beso más grande que daré en mi vida.


Juventud, terrible tesoro. Ese que te deslumbra y envejece y envilece en cuanto lo tocas con tu aliento, en cuanto lo sientes con tu sudor que se resbala por tu boca y lo limpias con las manos. Juventud, terrible tesoro, como el tesoro sobre el que se ponen todas las expectativas de la riqueza y la felicidad, que luego es despilfarrado a tajo, echado a la borda, cuando se percibe que ese terrible tesoro, juventud, no trajo ni traerá ni mucho menos trae ni la riqueza ni la felicidad. Es que la juventud es de esos problemas que no se solucionan ni con la muerte, pues permanece, sí, como recuerdo perpetuo, indómito, como tiempo que no es, que no fue ni mucho menos será. Bucle infinito, terrible tesoro, juventud. Terrible tesoro que vuela como pájaros en parvada, sin rumbo, solo volando, girando, planeando, cayendo en picada. Terrible tesoro como una carta que se quema que nunca llega a ser, a se-leer, quemándose incendiada por una crepitación minúscula, aunque no es la palabra adecuada. Tesoro terrible como un espejo que nunca se empaña porque naturalmente, de origen, de destino, ya viene empañado, espejo tesoro que no se mira ni se siente ni refleja, ¿espejo entonces? ¿tesoro?


¿Cuál es la principal diferencia entre la vejez y la juventud? ¿Hay alguna? ¿la fuerza? ¿el vigor? ¿la vida? ¿los sueños? ¿Qué sueños puedo tener yo que no tenga un viejo? Sobre todo porque la juventud ya está prestes a tener un sueño de esos en los que no hay más sueños. Pero incluso ¿qué me diferencia a mí, joven, de un cadáver? ¿La vida? ¿cuál vida? ¿La voluntad? ¿cuál voluntad?


Adrede. Todo es adrede. Cada palabra es una provocación. Cada respiro es aire que busca sofocar. Cada palabra es pretensión. Así que me callo, sátira ridícula, contradicción tremenda, si la palabra escrita no puede callar, ni caer. Simplemente dejo de escribir para ya no confundir y para dejar de volver pesado lo ligero y ligero lo pesado. Bucle infinito, pasado, presente y futuro que se entremezclan, o se yuxtaposicionan, o conviven como la vida, la muerte y el punto medio entre ellas dos. Juventud y vejez. “Juventud” y “tesoro”, una contradicción hasta biológica.


Estoy cansado de cumplir con sus expectativas.

Esta es la revolución más interna que se universaliza.

Juventud.


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