Habitación 126

El incesante pitido que la alargada lámpara del techo de la habitación de Fausto emitía lograba irritarlo a tal grado, que estuvo a nada de lanzarle uno de sus zapatos al apagador que se encontraba en la pared. Por alguna razón los hospitales le causaban cierta incomodidad, casi hasta el punto de las náuseas. Era enfermizo aquel aroma que llenaba de manera pronta sus fosas nasales. Esa combinación del olor a cloro con medicamentos, látex y alguno que otro suero.

Fausto esperó a regañadientes al médico. Se recostó en la camilla en la cual lo habían dejado los enfermeros e impacientemente miraba su reloj de muñeca cada siete segundos. Eran las dos de la madrugada con siete minutos y no debería de estar ahí. Él debería estar acostado en su cama, en su quinto sueño tratando de pensar en qué campaña crear para superar a la competencia y evitar ser despedido. En cambio, se encontraba recostado esperando sus resultados con una aguja conectada a una de sus venas del brazo. Era una tontería; él se sentía completamente bien, solo había sido un mareo que pareció alarmar a la señora Orla, su vecina.

Una vez más resopló y trató de ignorar el molesto ruido de la lámpara cuando la doctora entró con una tablilla de madera y varias hojas en sus manos. “¿Cómo se siente, señor Aragón?”, ese fue su saludo al pisar el interior del cuarto.

—Pues de la misma manera que le dije a sus enfermeros que me sentía, perfectamente bien.

—Hemos estado checando sus análisis y sus resultados no parecen fuera de lo común —hizo una pausa para checar sus anotaciones—, pero nos gustaría tenerlo en observación un poco más. Será rápido, solo queremos aclarar unas dudas.

Él no contestó, en vez de eso, frunció el ceño y se cruzó de brazos como respuesta.

—Tengo que preguntarle, ¿es usual que tenga estos mareos y desmayos?

—A veces, creo.

—¿Qué me dice de lagunas mentales?

A Fausto se le hacía raro que preguntara eso, él había estado acostumbrado a los mareos casuales en sus días desde chico. Se limitó a responderle de manera corta a la señora frente a sí y esta asintió explicándole que necesitaba esperar un poco más para que su equipo llegara a conclusiones pertinentes. Le prometió que pronto saldría de ahí y se iría a su casa antes de que amaneciera, con eso se despidió, volviendo a dejar a Fausto solo. Era cierto que últimamente había perdido un poco el sentido del tiempo o que acababa en lugares a los cuales no recordaba cómo había llegado. Sin mencionar los extraños moretones o acontecimientos que últimamente había presenciado: luces extrañas por las noches, una parvada de aves fuera de su edificio y extraños sonidos que lograban aturdirlo. Nada nuevo de hecho, pues había padecido de esos síntomas desde que tenía memoria. Su madre siempre se limitó a decirle que la luz era Dios y tal vez quería hablarle, pero nunca se animó a responderle.

Trató de relajarse en la camilla, alejando esos recuerdos. Esperaba al doctor cuando el ruido de la lámpara empezó a hacerse cada vez más fuerte. En pocos segundos este llegó a convertirse en un pitido insoportable que atiborró todas sus entrañas. Fausto se cubrió las orejas con sus manos y apretó la mandíbula. “Es tu ángel de la guardia”, solía decir su madre cuando llegaba llorando a su habitación a mitad de la noche a causa de extraños ruidos y sonidos en su habitación, “deberías hablarle”.

El cuarto comenzó a sacudirse sin previo aviso, Fausto se levantó de un salto de la cama y trató de no ceder ante la locura. Corrió a la puerta para pedir ayuda, pero esta se encontraba cerrada y su voz no se alzaba más allá del sonido que logró ahogar todo el lugar. Se dio la media vuelta y recargo su espalda contra la puerta. Se resbaló poco a poco hasta llegar al suelo y cerró sus ojos al momento que escuchó algo. Era una voz con estática, parecía lejana, y recitaba varias cosas inaudibles o poco entendibles, para él solo parecían ser balbuceos sin sentido. Con temor logró abrir sus ojos y en eso, una fuerte luz lo cegó unos segundos. Parecía provenir de la ventana de la habitación, lo obligó a cubrirse los ojos con su antebrazo. Trató de alzar la mirada, pero era casi imposible mantener la vista hacia esa extraña bola de luz y llamas. Los pocos segundos que duró con la mirada hacia la ventana pudo notar una extraña silueta frente a él, era casi humanoide, delgada y alta. Con miedo volvió a bajar la mirada tratando de hacerse creer que nada de eso estaba sucediendo realmente. Sintió la gélida mano de una persona rozando su mejilla mientras una voz retumbó dentro de su cráneo, con dificultad logró descifrar aquel mensaje: “No temas”. Él no contestó nada. Se congeló y con dificultad pasó saliva.

La extraña figura acercó su cabeza a la de Fausto y de manera lenta pegó su frente con la de él. Por unos segundos Fausto sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo, casi como una carga de adrenalina empapando cada órgano dentro de su piel, pero no soltó ni una palabra. No podía. No conseguía crear oraciones en su cabeza, ni mucho menos decirlas.

La luz se intensificó hasta que ni con los ojos cerrados podía evitar que le molestara, esta cubrió todo el cuarto por completo y por un breve lapso de tiempo se sintió en paz. Aquel hermoso brillo lo acobijó y por fin sintió que formaba parte algo mucho más grande que él. El mismo ruido del principio lo ensordeció de nuevo y en un abrir y cerrar de ojos todo regresó a su estado silencioso de antes. No había señales de aquella extraña visita. Las máquinas pitaban y sonaban; el suero bajaba gota a gota por el tubo de plástico, el aire de las ventilas recorría la sala y la habitación 126, en donde Fausto había sido ingresado, se encontraba vacía. Las sábanas se encontraban desparramadas por el suelo; la aguja que una vez se encontró dentro de su sistema goteaba el líquido amarillento que contenía junto con rastros de sangre sobre el horrendo piso de mosaicos color beige y gris. La noche se calló por completo; no hubo respuesta, no hubo gritos, así Fausto se desvaneció en el aire.

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