Guerra interminable

A estas alturas de mi vida ya no sé si te odio, aborrezco o quiero matarte. Quizá solo sea una, quizá sean todas juntas.


Puede que seamos dos caras de una misma moneda, que seamos sangre, pero el hablar contigo, el tenerte cerca hace que me enoje automáticamente y te conteste mal. No te soporto cuando actúas como niña y quieres que todos te presten atención, no te soporto cuando estás enojada y andas gritando a todos los que se te acercan en busca de su atención.


No maduras, no evolucionas, eres víctima de tu propia condena y no quieres liberarte, quieres que los demás estén encadenados contigo. Eres corrosiva, visceral y peleonera. Te gusta esparcir tus miedos, tus prejuicios e inseguridades; ocultas entre tus capas de grasa tus peores atrocidades y luego quieres que te traten con respeto porque crees que ser cuarentona es sinónimo de adulta y de sabiduría, pero no eres ninguna de esas dos cosas. Eres una niña pequeña que pelea todo el tiempo, que me trata como su hermana menor cuando ni siquiera soy eso. Te enfadas, gritas, amenazas; tus luchas siempre son verbales, aterrorizas a los que te rodean, corremos como ratones asustados y eres feliz sabiendo que has marcado tu territorio.


A veces puedo ver tu punto más bajo, las inseguridades salen a la luz y decido tenerte lástima en lugar de odio, pero luego vuelve tu otro lado, ese lado que domina, que siempre sale a flote cuando el animal está herido, la que lame sus propias heridas mientras muerde a todo el que se le acerque. Sacas tu veneno, sin importarte a quién lastimas en el camino, si dejas ciego del dolor o a quién hieres de tal manera, que busca defenderse de ti.


No importa cuantas veces busques redimirte, siempre vuelves a caer en tus trampas y en tus propias emociones.


Vuelves a transformarte en ciervo cuando la serpiente ya ha dejado tu cuerpo y quieres que todos actúen como si nada malo hubiera pasado, caemos en tu trampa y antes de poder salir corriendo, asfixias a todos hasta casi dejarlos muertos.


Somos víctimas de la guerra interminable que tienes contigo misma, que no deja de azotarnos, de marcarnos, que no para de hacerme daño. Nosotros también volvemos a comenzar el ciclo, te hemos acostumbrado a ello, sólo espero no te des cuenta muy tarde que has destruido todo pensado que te estás salvando a ti misma, cuando en realidad has logrado alejar a todos que ni siquiera te toman en serio.


¿En realidad eres el rival más débil? A veces la gente dañada aparenta ser la más fuerte, y vaya que lo has hecho bien, por muchos años me creí esa máscara, logré tenerte miedo. Ahora veo quién eres en realidad, cómo eres en realidad. La verdadera tú, tus defectos más que tus virtudes, las manías que tienes, dónde puedo hacerte daño, qué es lo que en verdad te afecta. Pero nunca bajas la guardia, vives a la defensiva, dices las cosas más hirientes con tal de que la gente se enganche y busque pelea contigo, he caído varias veces, debes de estar orgullosa de eso, de arrastrar a alguien más contigo.


Dicen que me he vuelto serpiente como tú, y no quiero serlo, ¿será que yo también estaré viviendo ese mismo círculo vicioso, mi propia guerra interminable?


La gente dice que ojo por ojo y el mundo terminará ciego, ¿qué pasaría si en lugar de odiarte terminara perdonándote? ¿Podría olvidar, podría seguir adelante?


El perdón que deberías merecer aún no lo conozco, pero estoy en busca de él, no porque crea que lo mereces o porque para seguir adelante deba perdonarte, sino porque debo sanar, debo reconstruir esos cachitos de vida que he perdido gracias a ti o que he creído perder por ti.

No te debo nada, ni siquiera mi propia paz.




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