Fortunato en cuatro tiempos

I


Fortunato despertó deseando tantas cosas aquella mañana: un trabajo digno, una mujer con quien compartir la cama, tener dinero suficiente en los bolsillos para ir de viaje a la playa, ser reconocido en su barrio, comer en un buen restaurante, embriagarse sin sentir culpa, estar más delgado, ser un poco más sociable. En definitiva: tener la vida a la mano, sin tapujos. No andar de “perra flaca” como le decían sus conocidos en la cantina.


Pero sobre todas esas divagaciones, añoraba con vehemencia, volver a tener la disciplina de llevar a cabo algún proyecto que lo ilusionara. Cumplir una meta por discreta que fuera para sacarlo del marasmo en que se encontraba. ¿En qué momento se había apagado la linterna que iluminaba su camino? se preguntaba.


Deseaba tener la suficiente entereza para sostener una actividad de manera repetitiva; sin pensar, sin vacilar, sin interiorizar. Anhelaba pararse estoico frente al hecho de no claudicar durante el trayecto hacia el objetivo. Envidiaba tanto la forma en que los rebaños de gente cuestionan muy poco o nada en la vida y suelen aparentar una felicidad edulcorada obedeciendo a la parafernalia social. Fortunato sólo deseaba tener la fuerza para repetir y repetir actividades sin cavilar en ellas y, después, repetirlas sin cesar para darle algún sentido a su escueta existencia. Estar en paz consigo mismo. Pocas veces en la vida había experimentado tal sensación, que ahora, recordaba en posición horizontal postrado en su cama.


II


Un tal Pérez escandaliza con un armatoste en pleno Paseo de la Reforma frente a hordas de incautos que se dejan seducir por el sinsentido del ruido y la velocidad. Bosteza. Cambia de canal. Las imágenes se atiborran una detrás de otra: muertos y más muertos por doquier; al sur, caravanas de migrantes ingresando a otro infierno con la falsa esperanza de tiempos mejores; carrusel de cine mudo de personas siendo asaltadas en el transporte público sin cesar; captan a una ratota de alto calibre nacional comiendo en un restaurante de lujo, hoy le sirven huevo con atole tras los barrotes. “¡Pura pinche pantomima!”, se dice Fortunato. El cantinfleo en Palacio Nacional se traslada a Nueva York; el teletón atosigando como cada año hasta el infinito; un viejo rancio manoseando a sus fans; opinóloga de banqueta ingresando al penal por manchada. Todos los apetitos del mundo caben en el televisor, piensa Fortunato.


Cortes comerciales. Regresa de la cocina con su taza con café, unas barritas de piña y su cajetilla de camel. Fortunato siente empatía por la silueta del camello en sus cigarros. Siempre le han parecido animales extraordinarios. Vagar en la soledad de los desiertos requiere tenerlos bien puestos. Regresamos del corte. Reaparece el tal Pérez, los migrantes, los asaltos, don goyo, los bloqueos en las avenidas, los influentontos, los baches, las almohadas sognare. Le sorprende poder desayunar frente a tanta inmundicia y simulación. La insensibilidad va alcanzando grados mayúsculos en su anodina existencia, es un hecho. Ni los diez pesitos al día de save the children le conmueven, qué es eso de que “por cada niño amarrado en su casa…?” nadie repara en lo que dice en estos tiempos para llamar la atención, balbucea a la nada. Si no tuviera que regresar a la oficina tras casi dos, tres, cuatro, cien años de aislamiento, se quedaría tirado el resto del día viendo el país arder y parodiarse a sí mismo. El hecho de verse nadando entre ríos de gente para volver a encontrarse con los mismos rostros en la oficina le produce una hueva tremenda. Bosteza.


Mira la pantalla del celular. El 55 44 23 95 31 le grita por enésima vez. A estas alturas ha perdido la cuenta de las veces que han llamado durante el año: ¿mil quinientas?, ¿dos mil trescientos cuarenta y dos?, ¿tres mil ochocientas? Todo para reclamarle que es un moroso sin reparo y que tomarán las medidas necesarias para atraparlo. Ahora es un delincuente. Los nervios de punta. La garganta se torna en un nudo. Piensa en paliativos para no echar a perder su desayuno: mirar al techo, expulsar la angustia gritando, respirar hondo y olvidar, fumar, llorar sin poder, volver a respirar, sin lágrimas llorar. Ningún paliativo instantáneo lo convence sentado al borde de la cama. Un lunes lapidario otra vez. Bosteza.


Regresa en imágenes a sus años salvajes mientras enciende un cigarro. Ingresar más tabaco a sus pulmones se ha convertido en un maratón constante como los que se aventaba Dionicio Cerón. Imagina en disiparse con el humo y reaparecer en sus tiempos de gloria. Sueña con ganarse la lotería. Piensa en comprar de una vez por todas el billete que saldrá premiado. Planea rastrearlo por toda la ciudad como un camello en busca de un oasis.


III


Soy Fortunato, un ciudadano de a pie al igual que todos los que vamos embarrados en este vagón. Rostros cansados desde las primeras horas en un carnaval de máscaras. Cada quien sale a enfrentar la realidad como puede. Enfermeras, oficinistas, albañiles, maestros, estudiantes, vendedores, niños, talacheros, desquiciados, ciegos, sordomudos, enfermos, payasos y “agentes de cambio” -como yo- navegamos por los intestinos de esta ciudad para que nos desove en algún punto. Todos somos México y nos gustan los chingadazos aunque nos mintamos a diario. “Vamos muchaches” vocifera el perro Bermúdez desde el coloso de Santa Úrsula. Pienso en regresar a casa y ver el desenlace del viejo rancio mano larga pero ya estoy a kilómetros de ese chisme. Me resigno. Bostezo.


Mientras sigo camino rumbo a la oficina hurgo en mis circunstancias. Tramitar esperanzas es un trabajo deprimente. Aceptar esta actividad humillante con el calificativo de “agente de cambio” pensé era algo temporal, y que era cuestión de meses para encontrar algo más digno, acorde a mis aspiraciones. Era un novato con el optimismo a flor de piel, por supuesto. He visto desfilar a más de una veintena de perfiles por la garganta de jabalí que es la dependencia durante todos estos años. Los que seguimos sobreviviendo a las entrañas del jabalí con su tufo priista vigente en las paredes, hemos aprendido a disimular nuestros sueños, y eso, más que fracaso, lo llamo lucidez. Yo, por ejemplo, he construido un mito de mi pasado y camino los días como un camello en el Sahara burocrático. Tramito esperanzas a los desesperanzados y nada más. No soy conflictivo y mucho menos zalamero con mis superiores, pero tengo que ganarme la vida y por supuesto: mis camel.


Soy Fortunato, una obra en construcción. No soy distinto a ustedes. Estamos hecho de la misma materia, de la misma malicia, de la misma ingenuidad. Los sexenios y la realidad nos han dado un guamazo en la jeta a todos los que vamos por el subsuelo de esta ciudad, lo noto en sus miradas. Nadie dice nada pero lo sabemos. Somos obra negra en un país que lucha por sacar el pescuezo del muladar. El estar frustrado y cabizbajo es lo que me ha enseñado país espanto. Porque nací aquí y así crecí. Aprendí a asumirlo levantando los hombros. Por ello, sigo bailando cumbias y cantando con José José. Por ello, sigo esperando el quinto partido del mundial que nunca llega, ni llegará. Por ello, me bebo la vida en la cantina a partir del viernes a la menor provocación y platico con mis demonios. Por ello, me creo un chingón en todo momento, aunque la arena me llegue hasta el pescuezo. Soy país utopía y su siervo sin remedio.


IV


Las puertas del convoy se abren de par en par. Fortunato se abre paso entre las corrientes de humanidad. Camina a paso lento pero decidido por los pasillos de la estación cual camello en el Sahara. Todos van y vienen presurosos en busca de algo. Sabe que su andar lento le permite pensar e imaginar otros horizontes a contracorriente. Brota a la superficie para encarar la semana. Tiene años que a Fortunato no le interesa la historia de su país, él es parte de su historia en un presente convulso, que mañana, los estudiosos contarán y hasta ahí. Fortunato es un buen hombre, no le hace daño a nadie, es una persona de placeres simples y fuma cigarros camel como un chacuaco. Comprará un billete de lotería en la duna más próxima de la urbe, lo sabe. Tal vez, sea su día de suerte.






Nombre del autor: Francisco Payán

Escribe de vez en cuando para acompañar el ocio. También dibuja y pinta universos alternos. Se gana la vida trabajando en el sector privado. Para afrontar el mundo se declara ronero profesional acompañado de libros, música y algunos amigos.

Instagram: pacopayan8

Twitter: @Paco_Malacara


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