En este país la muerte gusta disfrazarse de policía bueno


Decidimos hacer un viaje improvisado a la playa. Me había ofrecido a conducir a la costa más cercana a la ciudad y Barry, mi mejor amigo, también aceptó ir. Él, que siempre se la vive ocupado en la escuela de arte, sería el copiloto de la nave del amor. En realidad todo fue idea de Rebeca. Ella había sugerido ir al mar y yo me dejé convencer ante la posibilidad de que su mejor amiga, Eliza, también nos acompañaría. Pero Eliza canceló de último minuto y en su lugar se sumaron dos amigas españolas de Rebeca: Marina y Julia.

Tenía ganas de salir del encierro en el que había permanecido poco más de un año, y me pareció que las cosas empezaban por fin a acomodarse de manera natural y espontánea para hacer ese primer road trip tan esperado. La mañana del día que viajábamos tuve un sueño que recuerdo muy bien. Me veía caminando en la oscuridad. Observaba muchas casas viejas y descuidadas, todas a medio construir, en una constante obra negra. De dimensiones reducidas, recordaban a aquellas casas de interés social construidas por el gobierno que no alcanzan nunca para vivir dignamente. No parecían hogares acogedores sino como el proyecto de algo mal planteado desde el principio y nunca concluído. En el sueño me acercaba a uno de esos edificios y al entrar tenía la sensación de encontrarme ante algo en ruinas, había sólo escombros y telarañas gigantes por todos lados. Apareció un hombre, se trataba de un anciano vestido con harapos que daba la impresión de usar una túnica. Acercándose a una de las paredes de ladrillos grises la movió con una mano para mostrar sus entrañas de concreto donde una sustancia parecida a las telarañas carcomía la casa desde dentro. Él se dirigió a mí con una voz serena y me dijo: “Si conoces el proceso por el cual las cosas envejecen y se transforman, entonces puedes también revertir el curso de la vida y la muerte”. Desperté. El sueño me sorprendió pero no tuve mucho tiempo para reflexionar, tenía que prepararme para salir temprano al viaje. No sé cómo es que un sueño sobre la muerte no me pareció que un mal augurio.

El camino transcurrió ligero entre la sensación de despojarse del pasado reciente. Me pareció que todos queríamos olvidar lo que nos encadenaba y pensar que por primera vez en mucho tiempo éramos dueños de por lo menos el destino próximo. Hicimos una breve parada para el baño y para comprar pulque en la carretera. Barry tenía ganas de manejar y me pidió que hiciéramos un cambio. Acepté para descansar un poco y tomar pulque con tranquilidad. En los asientos de atrás viajaban las tres chicas. A Rebeca la conocía desde hace un par de años y ella se había hecho amiga de las españolas a las que yo había visto por primera vez el fin de semana pasado. Me agradaban. Sentía por ellas simpatía por su decisión de acompañarnos en un viaje improvisado y también nostalgia por mis amigos españoles a los que ellas inevitablemente me remitían. Las escuchaba hablar, sobre sus planes a futuro en México y las cosas que les gustaban de estar aquí. Sentí que una de ellas, Marina, me miraba de reojo en algún momento, pero no quise pensar en eso.

Cuando llegamos al puerto estaba ya próximo el atardecer. Las playas más cercanas aún significan un trayecto de veinte minutos. Dejamos las cosas en la casa alquilada por internet y buscamos algo de comer en el mercado que se encontraba a unos pasos del río que atravesaba el pueblo. En realidad no había nada particularmente lindo en aquel lugar. Las calles tenían un aspecto descuidado pero era precisamente esa impresión la que me conmovía en aquella tarde. La puesta de sol nos calentaba el rostro mientras esperábamos a que nos sirvieran unas quesadillas. Nos llamó la atención lo barata que era la comida. Aunque permanecía la sensación de que nadie más viajaba a ese lugar. Había gente por todos lados pero nosotros éramos los únicos visitantes. Era nuestro lugar secreto y al mismo tiempo un pueblo perdido en medio de la nada.

Aunque ya había anochecido quisimos aprovechar para ir a nadar. Nos dirigimos guiados por la intuición y un gps en el que no confiábamos del todo. No debería suponer ningún problema encontrar la playa, acaso sólo seguir en dirección al este, pero nos internamos en una carretera que bordeaba la costa sin encontrar ninguna entrada al mar. Con los vidrios abajo respiraba el aire tibio y el aroma a vegetación se acrecentaba conforme avanzábamos. Veía profundizar la noche y por la ventana aparecían hoteles vacíos. Conforme avanzábamos sin llegar a ningún lugar el silencio entre los tragos de cerveza se hacía notar. No recuerdo si fue Barry o Rebeca quienes mencionaron algo sobre sentir miedo estando en aquel lugar desconocido y solitario. Entonces los hoteles vacíos y oscuros se convirtieron en casas abandonadas y me di cuenta de que se trataba por completo de mi sueño de la mañana. Lo alcancé a decir entre murmullos a Barry pero no sé si me escuchó.

Finalmente encontramos un camino que conducía hasta una playa. En la esquina de la última casa antes del comienzo de la arena había una casucha atiborrada de inflables para nadar en el mar. Aire contenido en plástico con forma de delfines, flamingos y llantas que te salvan para no hundirse aún más en las profundidades del agua que nos reclama. No dudamos un segundo en despojarnos de nuestra ropa para lanzarnos al mar como niños pequeños ansiosos por refrescarse luego de un viaje largo y caluroso, para olvidarnos del sudor y recordar más bien el agua cargada de noche y de reflejos, luces sobre la piel húmeda que nos hacía ver como usando una armadura de piel plateada.

Mientras unos nadaban otros se quedaban en la orilla para cuidar las cosas. En un momento me quedé a solas con Barry y me dijo: “No sé qué estoy haciendo aquí. No sé por qué hice este viaje ni qué estoy buscando. Las últimas semanas me he sentido como si no fuera capaz ni siquiera de atravesar la puerta de una casa porque tengo miedo de que se derrumbe”. Me quedé callado sin saber cómo responder. Le acerqué una caguama mientras yo fumaba un porro y veíamos a las chicas a lo lejos riendo. Después se levantó a nadar un poco más. Al siguiente día me contó que cuando nadaba se quedó mirando a los ojos directamente a Rebeca y se habían besado, aunque no era como esperaba después de tanto tiempo.

De regreso Barry quiso conducir hasta la casa, acepté porque había estado tomando más que él. Mientras íbamos de regreso pensaba en que al final las cosas no había resultado mal. Aunque no se había cumplido la fantasía de viajar con Eliza, tal vez había sido mejor así, pensaba en que probablemente ella no disfrutaría de este viaje. Esto era más parecido a una excursión de escape hacia un ningún lugar donde nos contentábamos con que nada saliera demasiado mal. Eliza por el contrario siempre viajaba con alguna seguridad sobre el futuro inmediato y aunque no tuviera ningún plan siempre se dejaba guiar intuitivamente por su buena fortuna. En esto meditaba cuando Barry me dijo: “No traigo puestos mis lentes, avísame cuando haya un tope”. Lo escuché distraído y a los cinco segundo había un pequeño tope en la primer encrucijada que pasamos, creí que era imposible no verlo hasta que me percaté de que Barry no frenaba y ya sin mucho sentido casi gritando dije: “tope, tope, tope, tope”. Pero el carro saltó un poco ante ese obstáculo. No habría sido nada del otro mundo, a no ser porque detrás de nosotros se encendió una sirena de policía, que obviamente tenía sus luces apagadas esperando al acecho en la oscuridad. Desde su altavoz nos dijo la frase trillada y terrorífica: Oríllense.

Barry me preguntó qué hacer pero todos sabíamos que no tendría ningún sentido intentar seguir adelante o escapar. Le dije que mejor se detuviera. Un oficial de la policía municipal se acercó a la ventanilla del conductor. Era un poco más bajo de estatura que yo, regordete y de piel morena. “Su licencia y la tarjeta de circulación, por favor. ¿Qué no vieron el tope? ¿Vienen tomados?”. “No, oficial”, respondía Barry que en verdad no había tomado ni una gota de cerveza pero que tampoco tenía licencia. Le pasé la mía y la tarjeta de circulación bajita la mano. “Aquí dice que debes usar lentes, pero no los traes puestos”. “Sí oficial, es que se quedaron en mi casa, perdón.” “Uy, y además la licencia está vencida desde hace dos meses ¿qué fecha dice aquí? ¿verdad que ya venció desde hace tres meses”. En verdad la licencia estaba vencida pero ellos ni siquiera se percataron de que el que aparecía en la foto era yo, el copiloto, y no el tipo sobrio que estaba frente al volante. Barry era el más adecuado para hablar con los policías, tenía un tono de voz y una expresión de inocencia que tal vez podría ayudarnos o condenarnos, eso estaba por verse.

Rápidamente y de forma colectiva pasamos por la negación y la ira para acelerar el momento de la negociación. Barry sería el mediador. “Bueno sí oficial, tiene razón pero ¿no hay una forma en la que nos pueda ayudar para hacer todo esto más rápido?” Las palabras mágicas habían sido pronunciadas pero tuvieron el efecto contrario. “No jóven cómo cree. Nosotros estamos aquí haciendo nuestro trabajo, lo único que se puede hacer es que nos acompañen a la comisaría y tal vez ahí les podamos ayudar con su multa”. Insistimos durante algunos minutos pero ellos jugaban al papel de policías incorruptibles. Vaya fortuna nos había tocado.

Aceptamos ir escoltados por ellos a la comisaría. Inevitablemente pensamos en acelerar y saltarnos todos los topes hasta llegar a Ciudad de México pero nos lo habían advertido: “No se vayan a querer escapar porque los vamos a encontrar y les va a ir peor”, sentenciaron. Todos sabemos que en este país la muerte gusta disfrazarse de policía bueno. Cuando llegamos a aquel lugar atascado de policías buenos nos quitaron nuestras identificaciones y llevaron a Barry a hablar con algo así como un juez. Antes nos dejaron ir al baño y tuvimos tiempo de meditar nuestras posibilidades mientras orinábamos. “El auto está acorralado por patrullas. Ellos tienen todas nuestras identificaciones y los documentos del carro. Ni si quiera tenemos efectivo. Lo mejor sería escapar.” dije en broma. Pero Barry sabía que ya era demasiado tarde y nuestro mejor plan era juntar lo más que pudiéramos de dinero e intentar negociar con eso. Cuando Barry salió de la oficina del juez que ponía las multas le dijeron que teníamos que pagar una cantidad absurda para que nos dejaran llevar el auto. Era más o menos equivalente a lo que yo ganaba en un mes. Ni aunque juntáramos el dinero de todos íbamos a poder pagar eso.

Hablaba con Sebastián y uno de los policías sobre lo impagable de la multa, les recordábamos que nos iban a ayudar cuando estuviéramos ahí, entonces apareció Rebeca y dijo que iba a sacar algo del carro. El policía que nos había detenido se quedó platicando con Rebeca y las españolas que estaban entre asustadas e incrédulas de la situación. Rebeca empezó a bromear con el policía que parecía estar al mando de nuestro destino. Comenzó por mostrarle el dinero que tenía consigo, eran cien pesos, luego dijo que eso se lo podían gastar en cervezas y aquello fue el momento decisivo.

Les dijimos que siendo honestos sólo íbamos a conseguir una fracción de lo que nos estaban pidiendo. Ellos comenzaron a hacer la plática, que cómo es que salíamos de viaje sin dinero, que en dónde nos estábamos hospedando, que de dónde éramos y por qué estábamos en la playa tan noche, que cuántos años teníamos. También les preguntamos por su edad y ya me imaginaba la respuesta: aquellos oficiales con chalecos antibalas y que no dejaban de ponerse la mano en el cinturón donde reposaba una pistola cargada y seis balas extra eran más chicos que nosotros. Me quedé pensando en su juventud, en qué los había llevado a convertirse en esas criaturas infladas de solemnidad aguardando en las sombras para hacer sonar aquel terrible canto de sirenas.

El policía a cargo empezó a relajarse, se sentía como en camaradería pero nosotros lo veíamos como nuestro némesis. En nuestro rostro se dibujaban hipócritamente las sonrisas de quien intenta agradar a como de lugar. Rebeca era la más calificada para esta situación. Sabía cómo bromear sobre cualquier cosa que dijera aquel jóven armado. El policía se acercó a mí discretamente y me dijo: “Bueno, mira, si ustedes y sus amigas se van a una fiesta con nosotros, los podemos dejar ir sin que paguen nada. Platícalo con ellas y vemos cómo nos arreglamos”. Me quedé helado y se lo dije a Barry. Luego entre los dos se lo comunicamos a las chicas. Marina y Julia pusieron el grito en la noche de Veracruz. No se podían creer que eso estuviera pasando, que nos hubieran detenido por no hacer nada, que nos pidieran dinero y que ahora quisieran ir a bailar una cumbia.

Cuando menos nos dimos cuenta apareció el otro policía vestido de civil en un auto viejo y destartalado. Querían llevarnos a una fiesta. Barry y yo no teníamos problema en tomar unas cervezas y una botella de tequila —que según nos dijeron ellos iban a invitar— si eso además nos ahorraba una mordida, pero Marina, Julia y Rebeca estaban convencidas de no moverse por ninguna razón con los jóvenes policías. Sin embargo seguíamos intentando mantener una cara amigable. Estábamos en el estacionamiento, rodeados de patrullas, mientras los policías nos hablaban de las drogas que más incautaban y las que más les gustaban. Por un momento tuve ganas de ir al auto, sacar la última cerveza que nos quedaba y fumar un porro pero uno de ellos mencionó que esa era la peor cosa que se podía fumar y que a él no le gustaba. Luego nos contó que estudió durante dos años para su examen de policía. (Más tarde en la noche nos burlaríamos sobre qué tan difícil puede ser ese examen como para estudiar por tanto tiempo). Pero en ese momento escuchábamos atentos esperando cualquier oportunidad para sonreir y pedir clemencia. “Bueno pues entonces quién va a querer irse de fiesta”. “Nomás tú eres el único que se quiere ir”, le respondió Rebeca al policía y todos nos echamos a reir sin pensarlo. Luego hubo un pequeño silencio y ella pidió perdón entre avergonzada y temerosa.

Así transcurrió lenta la siguiente media hora, entre silencios incómodos, risas nerviosas y miedo por el poder que esos güeyes tres años menores que nosotros tenían sobre nuestro final. Después de un buen rato se cansaron de su propia insistencia, a todos nos sucede, nos entregaron nuestras credenciales y la tarjeta de circulación del auto. Le iba a dar mi número al policía bueno, le dije que si algún día iba a la ciudad podía llamarme para salir a tomar algo. Me respondió que mejor me daba él su número, por cualquier cosa, aunque aún ahora no sé bien por qué lo sigo teniendo registrado en mis contactos. Nos dejaron ir sin pagar nada, sólo perdimos nuestro tiempo.

De regreso a la casa reíamos de lo que nos había sucedido. Una mala broma que por momentos nos dió un susto de muerte. Marina decía que esa clase de personas —los policías— no se merecían otra cosa más que eso: la muerte, que eran unos fascistas de mierda, que eran lo más aborrecible y despreciable de la sociedad. No tenía ganas de discutir pero pensaba en que ella no era tan diferente si hablaba con tanto odio. En realidad sentía tristeza por los policías. Unos chicos de veinte años que tienen que arrestar a personas y extorsionarlas para que salgan de fiesta con ellos. “¿Qué tan desesperado tienes que estar? Ellos sí conocen la soledad”, le dije a Barry. “Igual que nosotros” respondió. “Sí, pero nosotros nunca dispararíamos a matar”, dije. “Nosotros porque vivimos con miedo a la muerte pero la miramos a los ojos, la estamos buscando para comenzar la vida nueva”, dijo Barry y luego se puso a hablar de un poeta chileno, del amor y de la muerte. Me alegraba que nuestro viaje fuera más o menos bien.

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