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El viaje de un ángel

Zeruel hablaba solo a menudo. Las convenciones del lenguaje humano no eran algo que le pareciera complicado, incluso cuando no se trataba de su misma especie. Lo complicado era su comportamiento, el fondo de sus acciones colectivas, las decisiones y caminos que condujeron a todos ellos a mantenerse confinados ¿voluntariamente? No lo sabe, todavía se lo pregunta. Detenerse y observar a uno era ya bastante complejo, por lo que, si la tarea que se había encomendado era vigilarlos a todos, resulta evidente que la complejidad aumentaba.


La primera vez que Zeruel estuvo aquí fue por el azar o el destino, como lo decida quien escucha esto. El hecho es que una vez aquí no pudo evitar prometer que volvería. Llegó en pleno siglo XIX, en un punto de la historia donde la transformación ha significado tanto que parece ser un punto de inflexión. Pero nos adelantamos. Zeruel no tenía idea de qué estaba presenciando. Se acercaba lentamente sin ser visto por nadie, y si lo era, nadie parecía notarlo. Quería entender el porqué de las grandes construcciones, quería saber por qué las personas manipulaban máquinas enormes. Se tomaba el tiempo de ver en sus rostros fatiga y descontento, cansancio; al mismo tiempo que veía en otros pocos satisfacción y ventura.


Le parecía fascinante presenciar el modo que tenían los humanos de interactuar entre ellos y entre las máquinas. Aunque no todos se veían satisfechos y venturosos, parecían sentirse en la cima de todo, como dioses, controlando cada detalle de aquellas creaciones suyas. Tenía muchas dudas por todas las cosas que veía. Se ponía a pensar en lo que parecía desplazado, un tercer elemento en la ecuación, algo que podía tener vida como los humanos, pero que no figuraba en las prioridades de estos a menos que les fuera útil para algo.


La primera cosa que le hizo pensar en esto fueron los animales. Claro está que no todos eran indiferentes, pero notaba la distancia que había entre el trato hacía ellos en tanto especie. Sintió miedo. Ellos, aunque indiferentes de su presencia, le darían un trato diferente por no ser humano. Temor, emoción totalmente justificada. Si los humanos se tratan con distancia y rudeza incluso entre ellos mismos, no espera que den un trato amable con otras especies.


—Entiendo que no todos son indiferentes y agresivos, pero también entiendo que las excepciones no se vuelven la regla.


Tal vez muchos se cuestionan cómo es que Zeruel entiende lo que es la indiferencia y la agresión, pero no entiende en lo que esto desemboca. La respuesta no es tan compleja como parece. Si los humanos mismos se esfuerzan tanto en intentar dar cuenta del rumbo de las cosas, del cómo hemos terminado en este punto, no es difícil entender por qué él lo encuentra tan complejo.


Un día entre tantos decidió irse. No olvidaba el movimiento tranquilo de las olas, la oscuridad de una noche ruidosa. Entendió al mar como algo importante, aun cuando no tuviera voz, aunque no se pusiera de pie, aunque no lloraba o reía. Se volvió su gran amor. Veía todas las cosas como formando parte de algo, el mar, el caballo, el humano. Se sorprendía de que ellos no podían verlo tan claro como él lo veía. Se fue con este pensamiento muy presente, preguntándose si al volver esta situación habría tomado un rumbo distinto.


Zeruel se fue y tardó en volver. Las razones resultan desconocidas para nosotros. El hecho es que, al volver, estaba tan impactado como temeroso. Se encontró con máquinas aún más grandes que las que vio antes, con poblaciones enormes que rebasaban por mucho las que él había examinado. Se encontró con los mares, su gran amor, tan imponentes y bellos como los recordaba, pero ahora repletos de desechos humanos. Los cambios potenciados por la actividad del hombre le resultaban exorbitantes, sorprendentes; le costaba creer todas las alteraciones a los ciclos de los vientos y los ríos, a la temperatura del planeta, a la evolución y número de especies vivas.


Si bien reconocía en las innovaciones tecnológicas oportunidades y facilidades para muchos de ellos, le asustaba todo lo que esto implicaba, todo lo que se llevaba por detrás. Cuando lo pensaba asombrado, llegó a la conclusión de que los cambios no podrían ser más desmesurados. Pero lo fueron. Un mes bastó para que la situación de los humanos diera un cambio tan drástico que terminó por sepultar la esperanza de Zeruel en ellos.


Con la llegada del virus, los seres humanos vieron cómo el mundo —un mundo que ellos mismos habían construido— se les iba hacia abajo. Su vida como la conocían cambió. Los cambios a los que tuvieron que someterse parecían haber llegado de sorpresa, pero Zeruel, quien estaba igual de sorprendido, entendió después que no era una cosa aislada o repentina. Las consecuencias, los seres humanos tuvieron que asumir las consecuencias del camino que trazaron. Nada fue accidental, se trata de implicaciones que datan de hace mucho.


De este modo, y con una tristeza profunda, se marchó para no volver. No puede ignorar el tercer algo del que dio cuenta alguna vez y quizá en el fondo, muy en el fondo, guarda la esperanza de que ellos —nosotros— recobren el sentido, ¿será por miedo, será por amor?  Cuando parece que los humanos no pueden superarse terminan por hacerlo. Por ello no abandona la esperanza. El confinamiento, el sentirse ajeno y a la vez inmerso en algo enorme que repercute en todos, él no puede entenderlo y nosotros no terminamos de asimilarlo.

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