El occiso

Actualizado: 19 mar

-La espuma de mar se forma al choque de las olas con la costa, ¿contra qué choca el cielo y forma nubes? -

Nacho pensaba en esto mientras escuchaba la lluvia resbalar por las paredes, como pequeños ríos que se mueven con lentitud; aunque, en verdad, no prestaba atención ni a la lluvia ni a sus pensamientos. Realmente, y de la forma más distraída, miraba su rostro ante el espejo. Observaba sus arrugas, las bolsas debajo de los ojos, la barba de varios días, las canas y los ojos enrojecidos.

-Todo imperfección, soy como la escena de algún crimen no premeditado – Dice de repente, interrumpiendo el sonido de la lluvia. Si por un leve instante cerrara el grifo del que cae o, por alguna extraña razón, como si alguien hubiera disparado al aire (como intentando controlar una situación que se sale de control, pero realmente no hay nada que controlar o, al menos, eso parece).

Él conocía bastante sobre la materia, ¿cuántas escenas de crimen había visto en su vida? Ni podría decirlo con certeza, pero eran bastantes. Había observado tantos cadáveres y tantas maneras de hacerlos, hasta podría escribir un manual (coloque a la víctima en posición fetal, con la cabeza demasiado junta a las rodillas, con una barra de hierro o lo que tenga a la mano golpee la nuca con fuerza y espere…), pero no se atrevería a tanto. Él no es el fabricante de muertos, sino tan solo (por decirlo de alguna forma) el inspector de calidad. O, mejor dicho, es el policía. El hombre encargado de revisar hasta el mínimo detalle, el que debe estar en la búsqueda del más pequeño error del criminal y con ello dar con su rastro.

Veinte años en el cumplimiento de este deber, ¿todo para qué? Para dos cosas en concreto: ver cómo los criminales quedaban libres por unos cuentos pesos y quedar hecho un desastre.

Su cara era toda una masacre, casi a similitud de todos esos casos que había investigado. Una escena de crimen que habría que analizar, porque las desgracias en su rostro eran la evidencia tangible de los estragos del tiempo.

Sobre tocaba las arrugas de su cara, apenas con la yema de su dedo índice, eran similares a la cinta amarilla que resguarda el perímetro de algún lugar. Hacía ese tacto suave mientras miraba sus hundidos ojos, ocultos tras las bolsas que se le formaron de bajo. Casi parecieran dos grandes manchas de sangre tras un asesinato. Tantas noches sin dormir deberían ser consideradas como un intento de homicidio a uno mismo.

La ennegrecida barba sobre su rostro, muestra de descuido, eran iguales a las pistas que unen al asesino con el lugar.

Así, uno a uno, fue haciendo un auto reconocimiento de su cuerpo, ya no tan joven ni atlético. Verificaba que cada parte de sí era comparable con los elementos de un asesinato: ¿Quién había sido el culpable de todo ello?, ¿acaso los excesos?, ¿el alcohol y el cigarro?, ¿las noches en vela?, ¿la perdida de la fe? No lo sabe bien, aunque tiene la esperanza de ver ante el espejo a un probable sospechoso.

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