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El occiso

Actualizado: 19 mar 2022

-La espuma de mar se forma al choque de las olas con la costa, ¿contra qué choca el cielo y forma nubes? -

Nacho pensaba en esto mientras escuchaba la lluvia resbalar por las paredes, como pequeños ríos que se mueven con lentitud; aunque, en verdad, no prestaba atención ni a la lluvia ni a sus pensamientos. Realmente, y de la forma más distraída, miraba su rostro ante el espejo. Observaba sus arrugas, las bolsas debajo de los ojos, la barba de varios días, las canas y los ojos enrojecidos.

-Todo imperfección, soy como la escena de algún crimen no premeditado – Dice de repente, interrumpiendo el sonido de la lluvia. Si por un leve instante cerrara el grifo del que cae o, por alguna extraña razón, como si alguien hubiera disparado al aire (como intentando controlar una situación que se sale de control, pero realmente no hay nada que controlar o, al menos, eso parece).

Él conocía bastante sobre la materia, ¿cuántas escenas de crimen había visto en su vida? Ni podría decirlo con certeza, pero eran bastantes. Había observado tantos cadáveres y tantas maneras de hacerlos, hasta podría escribir un manual (coloque a la víctima en posición fetal, con la cabeza demasiado junta a las rodillas, con una barra de hierro o lo que tenga a la mano golpee la nuca con fuerza y espere…), pero no se atrevería a tanto. Él no es el fabricante de muertos, sino tan solo (por decirlo de alguna forma) el inspector de calidad. O, mejor dicho, es el policía. El hombre encargado de revisar hasta el mínimo detalle, el que debe estar en la búsqueda del más pequeño error del criminal y con ello dar con su rastro.

Veinte años en el cumplimiento de este deber, ¿todo para qué? Para dos cosas en concreto: ver cómo los criminales quedaban libres por unos cuentos pesos y quedar hecho un desastre.