El humanitarismo en nuestro ahora

Habría que preguntar qué es lo humano: habría que preguntar quiénes somos nosotros. ¿Acaso nos reducimos a la faceta pesimista, egocéntrica y violenta que en algunas conversaciones es motivo para compararnos con una plaga? ¿Será que lo humano se limita a lo mundano? ¿Qué significa ser humano? ¿Hemos olvidado nuestra dimensión divina, esa que se nos muestra a través de experiencias como el amor y la fe? ¿De verdad es tan difícil recordar aquellas grandes maravillas que lo humano guarda en sí?

Nuestros tiempos exigen ser pensados, nuestro ahora nos llama a reflexionar sobre nosotros mismos de manera radical y profunda. Por un lado, la pandemia por covid-19 que ha sacudido la existencia humana de manera sísmica; por el otro, las guerras que aquejan distintos lugares del planeta, la violencia que nos acecha en la cotidianidad una y otra vez, sin mencionar las condiciones de desigualdad económica, social y política, entre otras muchas problemáticas a las que en la actualidad nos enfrentamos como especie. Y sin embargo, no es que nunca antes haya habido problemas semejantes en el desenvolvimiento histórico del humano; basta con recordar eventos trágicos como las distintas guerras ocurridas en siglos pasados para mirar que el caos de nuestra época, en rigor, no es tan distinto del que enfrentaron otros en tiempos anteriores.

Ahora bien, con lo humano viene dado el humanitarismo; y quizá al definir aquél, éste se definiría a sí mismo. Pero ¿qué hacer con esa dimensión oscura que lo humano guarda dentro, esa que no tiene empacho en violentar árboles por mera avaricia, esa que no tiene interés alguno en el trato que se le da a otras especies, esa que le causa daño a su propio prójimo? Quizá el humanitarismo sea la voluntad humana de hacer frente a sus propios demonios. No obstante, una definición de lo humano terminaría llevándonos a la violencia de la imposición de una forma establecida, determinada y última a la cual todos y cada uno de nosotros debiera amoldar su ser, y con ello el humanitarismo terminaría por caer en la espiral de la uniformidad al tener rígidos parámetros establecidos que guiasen su actuar. ¿Qué no es ese, precisamente, el gran problema de nuestro ahora? ¿Acaso no el humanitarismo en nuestro ahora ha caído en la imposición de ciertos parámetros, paradigmas y normas que han de seguirse al pie de la letra bajo la insignia de «lo bueno», «lo comprobado», «lo mejor», «lo humano»?

El factum de la comunidad nos coloca ya en una sociedad, y, antes aún, en una realidad en donde se relacionan muchas y muy diversas formas de existencia: desde la roca, las estrellas y los planetas, hasta las raíces, las aves y los perros, las abejas y las moscas, los humanos y el cielo. Ahora bien, ¿el humanitarismo se reduce a los problemas propios de las sociedades o, por el contrario, podría extenderse a otros páramos de esta realidad en la que vivimos? El peligro de hacer dicha extensión, sin duda alguna, sería confundir lo humano con aquello que no es humano, una disolución que terminaría en aquella uniformidad que buscamos evitar. Pero no se trata de eso, estimado lector. No se trata de que el humanitarismo sea únicamente la ayuda del humano para con lo humano, pero tampoco de que lo humano se extrapole a todas las cosas. Por el contrario, quizá se trata de encontrar en lo humano la dimensión que le lleva, por exigencia de ella misma, a intentar resguardar aquello que tiene de bello y asombroso todo esto, esa dimensión que nos lleva a buscar dejar ser. Los problemas sociales ponen de manifiesto la faceta caótica de lo humano, pero permiten también, por contraste, que brille y reluzca esa faceta humana que tanto nos cuesta recordar, esa que es amor y perdón, esperanza, abrazo, comprensión.

Las guerras cuyos trasfondos ocultan intereses económicos, la explotación de la naturaleza en aras del mayor consumo posible, las alianzas políticas superficiales cuyo motivo principal no es tanto la ayuda cuanto la riqueza, son todos ellos ejemplos de un antropocentrismo que culmina en el individualismo egocéntrico y nos obliga a preguntar: ¿verdaderamente hay humanitarismo en nuestro ahora?, ¿de qué forma se da el humanitarismo actualmente?, ¿dónde encontramos realmente ayuda humanitaria y dónde no?, ¿cuál es esa dimensión de lo humano que por sí misma nos lleva a querer cuidar y proteger el ser?, ¿en verdad existe? Por medio de la teoría como entramado de pensamientos e ideas parece difícil alcanzarla. Pero por medio de la teoría como contemplación estética, como experiencia, me parece que esa parte nuestra que pugna por el resguardo de la belleza de la naturaleza y de nosotros mismos, del ser, se muestra por sí sola. Tal contemplación es la experiencia del misterio. Gabriel Marcel lo vio bien cuando afirmó el misterio ontológico. La experiencia de lo inefable, del asombro que nos deja sin palabras, de la belleza que no podemos cuantificar ni definir; esa experiencia que encontramos de manera más diáfana en el amor: el amor es, por antonomasia, la experiencia del misterio.

En su corazón, el verdadero humanitarismo tiene siempre a la vista la experiencia del misterio, y por ello no es sino un acto de amor: amor al otro, amor a lo otro, amor a lo distinto y a uno mismo, amor al ser. De ahí que no se reduzca a las problemáticas de las sociedades, pero de ahí también que no pueda dejar de tenerlas a la vista. La extensión del humanitarismo que mencionamos antes no es sino la apertura de lo humano a lo que no es humano, y, como consecuencia, la muestra de que, en el fondo, lo humano no se reduce a su faceta violenta, sin sentido, pesimista, terrible, enferma; la muestra de que, como parte de esta realidad, en lo humano siempre hay algo que nos trasciende, algo más que mero caos o perdición, y la esperanza de que podemos alcanzarle.

Ahí están quienes curan heridas y padecimientos, los médicos de trinchera que arriesgan su vida por las de otros. Ahí están los artistas que con su música, sus cuadros, sus danzas o sus poemas nos abren los oídos, los ojos, nuestro espíritu entero para permitir que la luz entre a nuestras penumbras. Ahí están quienes luchan contra la desigualdad y ayudan a distintas comunidades, quienes protegen mares, bosques y montañas; ahí están quienes ayudan a un perro perdido, quienes dan comida o ropa a quien no las tiene. Ahí están quienes ayudan a los que se han perdido en las marañas de la mente, los psicólogos y psiquiatras que escuchan con atención y muestran que nuestro espíritu puede sanar. Ahí están quienes expresan verdaderamente el humanitarismo. El olvido del ser es el olvido del amor. El humanitarismo no puede sino pugnar por resguardar el ser, y por ello no es sino el acto de recordar y recordarnos el amor, el misterio: el humanitarismo es el acto de fe en la humanidad misma, la promesa de que como especie podemos alcanzar siempre un mañana distinto y nuevo.

Este humanitarismo exige coraje y valor, pasión: exige dar el salto, mirar de frente los problemas y las heridas, las tristezas, las decepciones. La oscuridad de las circunstancias puede dolernos y hundirnos en la incertidumbre que lastima, en el pantano de la desesperanza, en la fatalidad de pensar que no hay más que hacer, que no hay remedio, que todo se ha ido al carajo. Pero la melancolía que brota del percatarnos de las tinieblas del mundo puede también despertar en nosotros la chispa de decisión que nos lleve a querer cambiar las cosas, ese dejo de luz que ni el cielo más terrible puede doblegar, esa intuición que clama por un mañana mejor, por una utopía realizable; esa fe de acero que nos hace levantarnos una y otra vez para intentar mostrar que las cosas pueden ser distintas, que hay remedio, que aún existe el amor, que aún existen cosas por las cuales vivir, por las cuales luchar. En ese sentido el humanitarismo guarda su relación más estrecha con nuestro ahora: se trata de la búsqueda de un mejor mañana expresada en nuestro presente, de la salida de la crisis mediante la decisión convertida en resolución. ¿Qué hacemos y qué haremos de nuestro ahora? Por más que el mundo duela, por desgarrada que se encuentre nuestra alma, ese humanitarismo profundo y de horizontes amplios clama por mostrar la luz una y otra vez, por mostrar que la pasión humana también guarda el vigor de las estrellas de las que proviene. Quizá sea esa, precisamente, la tarea del humanitarismo en nuestro ahora.


Suena Swallowed in the Sea de Coldplay



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