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Diarios de viaje: una introducción a la aventura y un alimento para la imaginación

Recuerdo perfectamente la primera vez que leí como tal, un libro por completo. A los diez años es poco usual que un niño prefiera quedarse en casa o dentro del salón para leer, en vez de salir al patio o a la calle con los demás a jugar un rato. Mi razón era bastante buena, a decir verdad, pues para mi suerte, había encontrado algo nuevo en que centrar mi atención. Esculcando entre un viejo librero y varios libros de antologías traducidas de Reader’s Digest en mi casa, encontré dos volúmenes de lo que parecía ser un nuevo mundo para mí. Atrapado entre la portada, la extraña combinación de colores, elementos latinoamericanos y un niño moreno como protagonista, pude darme cuenta que me encontraba frente a un tesoro. Casi como si aquellos dos libros grandísimos (yo en aquel entonces estaba muy pequeño y los libros eran largos con el objetivo de que los niños pudieran leer mejor las letras) me hubiesen llamado. Me senté en el suelo de mi habitación y emprendí un viaje que no quería terminar por nada del mundo.

El libro de Un chavo valiente, la historia de Pablo Montero (2005), escrito por Silvia Paglietta, me atrapó por completo desde un inico. Se podría decir que este fue mi primer acercamiento a lo que se podía conocer como diario de viaje o libro de aventura. Re