De sombras y un fugitivo

En esta ocasión la crisis fue más intensa, como si el ruido de tambores surgiera de su pecho y aquellas sombras se expandieran hasta cubrir toda la habitación. Sólo vagos recuerdos de gritos de desesperación y lamentos le quedaban.

—Vamos, señor, tome asiento por favor. Enseguida lo van a revisar —sonó una voz suave en alguna parte del lugar.

El ruido de personas corriendo y llorando comenzó a escucharse a lo lejos, y poco a poco se fueron acercando hasta cruzar justo frente a él.

—No, no quiero estar aquí —gritó mientras se recostaba en el suelo.

—Por favor, señor, ya vienen por usted. Esta noche ha sido de locos. Ayuda al señor, por favor, con cuidado —Dijo la voz mientras un par de brazos lo sujetaba intentándolo poner en pie.

—¿Quién eres tú? ¿A dónde me llevan? —gritó ya entre llantos.

—¿Lo cedamos?, se va volver a lastimar —Susurró una voz grave intentando tomarlo del brazo.

—Pinche viejo, te estamos ayudando —dijo la voz del hombre claramente irritado, mientras tomaban de los brazos al anciano y lo sentaban con firmeza.

—¡Me lastiman, animales! —gritó tan fuerte, que el llano de un pequeño en alguna habitación cercana comenzó a escucharse, seguido de los reclamos de sus cuidadores.

—¡Cállate Rodrigo, qué molesto eres! Ve a recoger la silla de urgencias que usaron con el último ingreso —afirmó la suave voz con notoria molestia hacia su compañero.

—Ojalá te muerda como el de la semana pasada —susurró Rodrigo sin voltear mientras se retiraba del lugar.

Las sombras se alejaban poco a poco de él y permitían distinguir el lugar; el vaivén de estas parecía estar sincronizado con el parpadeo de las luces dañadas de aquel corredor. El sonido del fallo de lámparas se asemejaba con un rápido crepitar del fuego y su intensidad incomodaba en los ojos, el llanto de un niño arrasaba los instantes de paz, era un infierno.

—Señor, lo voy a dejar un momento inclinado en la silla. Coopere, por favor. Debo contestar una llamada. Mi nombre es Laura —comentó la joven mientras reclinaba la cabeza de aquel hombre en las sillas plásticas.

—Aquí está ya la silla de ruedas, Laura. Ayúdame a subirlo —comentó Rodrigo mientras limpiaba una vieja silla negra que usaban para ingresar a los pacientes que lo requirieran.

—Estoy en llamada, “güey” —susurró Laura mientras tapaba el auricular con su mano izquierda.

“¿Por qué me tendrán aquí? Las sombras deben haberles dicho que me trajeran. En cuanto se distraigan me les escapo. ¿Dónde estará Susy y por qué lo permitió?” Pensó aquel hombre con ropas sucias, notorio signo de haber dormido al menos esa noche en la calle. Su camisa tenía algunas manchas de sangre y aunque calzaba solo un zapato, era evidente que no era un zapato viejo.

—Señor, lo debemos subir a esa silla de ruedas. Si lo lastimamos me dice, ¿sí? —comentó la joven frente al hombre, buscando cruzar su mirada y sujetándolo del brazo—. Con cuidado, Rodrigo, no quiero tener que reportarte nuevamente —complementó con tono firme.

—No sé por qué te encariñas con los pacientes, eso está mal y lo sabes. Pero allá tú —expresó Rodrigo a Laura mientras cargaba por un costado al hombre y lo sentaban en la silla de ruedas.

El frío del metal le caló hasta los huesos y estas personas parecían ignorar las sombras que nuevamente se acercaban, oscureciendo el lugar.

—Mi nombre es Laura González, señor. Estoy aquí para ayudarlo, ¿recuerda su nombre? —Comentó suavemente la joven mientras su compañero se alejaba del lugar.

En ese momento aquel hombre se pone de pie y tropieza con los reposapiés de la silla; por el movimiento golpea la barbilla de la joven desconcertándola un instante, él se aleja y se pierde entre los blancos pasillos del lugar.

—¡Rodrigo, se está escapando —gritó Laura a su compañero que ya se había marchado. Mientras, notaba que tenía algo de sangre en los labios.

El señor gira en un pasillo y resbala, el viejo guardia en vela lo ayuda a levantarse. En cuanto se incorpora, se escabulle detrás de él y sale a una sala con muchas personas. El barullo le ensordece, y parece haber dejado atrás las sombras. Se toma con fuerza ambos oídos y sale por una puerta de cristal que da hacia la calle, corre tan rápido como le es posible derribando a una señora que justo entraba al lugar. Se aleja, se marcha llevando consigo algunos harapos y un Alzheimer sin tratar.

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