De filósofos e imperios

El filósofo Han Fei miraba con orgullo los tejados y las torres del reino de Qin, que más tarde devoraría toda China. Ya no temía tartamudear porque su escritura lo compensaba. Era proverbial su rigor y su desprecio por la tradición, se oponía a las enseñanzas del maestro Kong diciendo: «Si un padre rompe la ley, es deber de su hijo acusarlo». Pasado un tiempo, el canciller Li Si —antiguo compañero suyo— puso al emperador en su contra y lo hizo detener. Posteriormente fue obligado a tomar veneno en prisión. Lo asesinó el estado que había ayudado a crear, o su propio sistema filosófico.

El soberano y su nuevo consejero sometieron al país: regularon los pesos, la moneda y la escritura. Li Si aconsejó quemar todos los libros del mundo y al monarca le plació la idea. Después mandó enterrar vivos a cuatrocientos sesenta letrados por desobedecer la orden. El emperador construyó la primera gran muralla y mandó elaborar un quimérico ejército de barro; temía la muerte y no dejó de buscar algún elixir que lo hiciera imperecedero. Pero quien deseó que el mundo recomenzara con su mandato fue impotente ante el destino: falleció al cumplir medio siglo. Su reino debía durar diez mil generaciones, pero sólo le sobrevivió cuatro años.

A la suya seguiría la dinastía Han. Los habitantes del país se llaman a sí mismos han, pero la palabra chino viene de Qin.

 

Rodrigo López Romero (México, 1992) Ha colaborado con las revistas La palabra y el hombre, Luvina, Primera página, El coloquio de los perros, Enclave, Plurentes y Deslinde.

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