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Crónicas de una mente torturada por el recuerdo (parte 1)

26 de agosto:


Sigo sin ordenar mis pensamientos y sigo enojada. Una mente enojada está condenada al desorden. Cada vez te recuerdo más, pero te reconozco menos. ¿Me entiendes? Yo no. Siento que viví todo lo que vivimos, pero no sé con quién lo hice. Es como si hubieras existido sólo dos años y el 18 de septiembre dejaste de hacerlo. Me molesta la luz, me molesta el sonido de los dedos golpeando las teclas. Me molestan los consejos de la gente que no logra ser objetiva, pero ¿cómo podrían? Sólo tú y yo sabemos qué pasó. Aunque últimamente siento que tenemos versiones totalmente diferentes. Un recuerdo que no me deja en paz: la playa nombrada como algún animal marino. Tú y yo jugando mientras las olas nos golpean y no podemos creer que hayamos logrado viajar de esta manera, no podemos creer haber llegado tan lejos. Me sueltas para ir a nadar más lejos, tal vez un poco antes de lo permitido o tal vez decidas cruzar el límite (te gusta hacer eso). Te admiro e intento cuidar no caerme o tragar agua. No regresas, me desespero, todavía te alcanzo a ver. Nado hacia ti pensando que unos días antes cuando nadamos en el río me dijiste que era la primera mujer con la que habías estado que sabía nadar (me jactaba en eso. Estúpido, lo sé, pero para este momento, acumulaba todos los puntos a mi favor que pudiera en mi cabeza). Llegando a dónde estás me dices inmediatamente que no puedes salir de donde estás que sientes que algo te jala. No te creo porque te gusta bromear así. Intento ayudarte, te jalo de los brazos, te engancho a mi torso y nado con fuerza en dirección contraria. No sé si es la risa que no controlamos, pero decido dejarte ahí y creo que vienes nadando detrás mío. Me sigo riendo y me doy cuenta de que tenías razón y hay una corriente que me ha atrapado a mí también, pero sigo nadando, sigo dando todo lo que puedo, luchando y logro llegar a la orilla. Me vuelvo para ver que estás en el mismo lugar, atrapado. Me rio y me quejo. Pasan los minutos y no vuelves, te veo cada vez más distante. Pido ayuda y -estúpidamente- intento ir hacia ti de nuevo, las olas me tiran dos veces como gritándome que no puedo ayudarte, que ya lo intenté y si voy me voy a quedar ahí contigo. El salvavidas llega a ti, te saca a la orilla, me abrazas, te ríes como únicamente tú sabes y tu corazón late acelerado. “Me dejaste, me dejaste y sentía que me ahogaba, no podía salir, amor. No podía”. No pierdes tu sonrisa. ¿Entiendes? Yo no. Porque hasta las olas del mar me lo dijeron y no quise escuchar.


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