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Crónica: 12 de mayo, San Pancracio


La Ciudad es un desastre inentendible, un borboteo constante de personas que van de un lado para otro. Es casi imposible quedarse quieto un instante para observar todo el caos y poder decir: -¡Lo he logrado, al fin entiendo todo esto!- Y salir corriendo desnudo por las calles como un símil de Arquímedes gritando eureka.


Para eso tendría que estar uno en todos lados en cada momento, quebrarse un poco más y dejar de sí en cada esquina de cada calle. Y aún así, dudo que se pueda hacer un relato comprensible o coherente, sino que sería un texto a varias voces gritando de todo. Y, a pesar de la falta de tiempo, lo intento. Me robo horas de mi día, de mi sueño, de mi vida para detenerme en algún lugar y observar qué es lo que pasa. ¿Qué demonios sucede alrededor?


Es viernes a las 7 de la noche y estoy afuera de la central de autobuses del sur, estoy esperando a una cita que llega tarde y no me importa porque este tiempo, por decirlo de alguna forma, muerto es la fecunda oportunidad de observar al mundo que me atraviesa y no me doy cuenta.


Mucha gente llega y mucha tanta se va, ¿para dónde se dirigen? No lo sé. Las corridas salen para Morelos, Hidalgo y otros estados del Sur. Y la red de transporte público en Taxqueña va para cualquier lugar de la ciudad: ¿no es curioso que las mismas dos horas empleadas para llegar a la central del norte en trolebús sea el mismo tiempo que para llegar a Pachuca? La Ciudad de México está a sólo dos horas de la Ciudad…


Me prendo un cigarrillo, me siento y observó. Tantos tipos de ropa, de calzado, maletas o cajas de cartón, pasan frente a mí. Y, de la nada, atrapa mi atención una niña pequeña, hecha de azabache, que a todo el mundo le enseña una vieja muñeca. Creo que habla en francés, no lo sé, pero todo el mundo la mira sin comprender que dice. Va con una chica, con una señora y su hija, con un vagabundo. Nadie le presta tanta atención como este último, hasta detuvo su labor de buscar botellas en la basura para intercambiar una serie de miradas de incomprensión con la criatura. Apareció la mamá de la niña, se la llevó y le dio unos cuantos pesos al pobre hombre…


El panorama continúa igual. Sino miles, por lo menos sí cientos de rostros han aparecido frente a mí. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Creo que sólo quince minutos, pero el tiempo tiene esta cualidad de volverse eterno y no es malo. Es como un chicle en el piso y bajo el sol, con la presión suficiente se estiraría hasta el infinito o se pegaría bastante bien en la mente el más pequeño de los segundos.


Diez minutos de nada, sólo el ruido de bocinas de taxis que pelean por el pasaje, gente que platica a gritos qué harán después de este viaje o jovencitos insanos besándose porque no se han visto en algún tiempo.[1] De todas estas cosas se llena el inabarcable vacío.


Entonces me interrumpen los pensamientos un par de muchachos que venden paletas: Aparte de ser guapo, ¿eres buena onda? La neta andamos vendiendo estas paletas para financiar nuestro proyecto, de a 20 pesos cada una… Les respondo que claro, que ahí estaban los veinte pesos pero que no quería la paleta sino una rola.


Y, de la nada, me convierto en el objeto de estudio de ese par. Ya no más ser el observador silencioso sin ninguna responsabilidad ante el hecho que analiza, ahora soy parte del cuadro. ¿Qué haces?, ¿Qué música te gusta?, ¿Por qué te vistes super chido? Y debo dar información de mí, ahora saben que formaba parte de una banda de ska, que la música es una malagradecida, que llevo seis años sin tocar un bajo y, por pura nostalgia, a veces tomo en mis manos el trombón arrumbado de mi habitación. Me piden que no abandone mis sueños de tocar música, más bien se lo piden a ellos mismos.


El único pensamiento que viene a mi mente ya no se los digo, me lo guardo como reflexión final de esta crónica de cosas intrascendentes, porque aparte de todo ya debo ir a ver a quién espero. Pero ahora mi sueño es escribir sobre todo lo que pueda, como esta hora fugaz de mi vida incrustada en un lugar de la ciudad, que nada o mucho significa.


[1] ¿Se despiden o se saludan? Hasta es difícil saberlo. Hay personas que se besan tan intensamente, que un beso de saludo guarda dentro de sí el posible adiós por si es el último. Y, por el contrario, si fuera de despedida cualquier beso esconde la desesperación por el regreso. He ahí la dialéctica del corazón. Entonces, no hay de otra. Un beso debe entenderse como una declaración de amor que las palabras son incapaces de dejar exacta.

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