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Conversaciones con los huesos de un esqueleto

La rareza en el ambiente era indiscutible, casi palpable, del tipo que no se puede hacer presente con palabras. Más bien esperando que algo suceda. En un estado permanente de alerta, con ese nerviosismo que solo las presas experimentan. Lo que le aterraba aún más es que no tenía idea de quién o qué sería el victimario… o víctima, más algo terrible tenía que ser.


Los de provincia cuentan historias de cómo la Ciudad de México es un lugar perverso, corroído. Un lugar reclamado por el diablo, dicen. Con mujeres calcinadas velando el centro histórico y marañas de rata acechando los túneles del metro. En cada rincón y callejón descansa un mausoleo de anomalías urbanas, ansiosas porque des un paso en falso. Cuando menos te lo esperas, ya eres una.


El apartamento 12A, ahí por Carranza. llevaba rato con un fétido olor a carne podrida, como si uno de los perros moribundos de la avenida, con su último aliento hubiese logrado la hazaña de arrastrar su triste aroma hasta la sala de los Castillo. La madrugada se sentía pesada, Romina llevaba varias noches sin poder pegar un ojo. La inundaba un vacío en el estómago y unas tremendas ganas de llorar. No sabía por qué. Pequeñas sombras amorfas recorrían las mohosas paredes del cuarto que compartía con Mati. Algo a lo que ya estaba acostumbrada. Sin embargo, nunca ponía la atención suficiente como para encontrarles forma. Un zumbido de tímpano constante, como si estuviera disociando en una multitud y bloqueara todos los sonidos posibles, más esa interferencia cerebral que jamás te abandona. Respiración constante que cada siete exhalaciones se tornaba más y más ponderosa, orillándole a separar los labios, dando paso a unos cuantos suspiros de oxígeno brindando alivio pasajero, recreando la simple, aun ardua tarea de mantenerse viva por la noche. De tanto comerse las uñas y los pellejos, sus dedos comenzaron a sangrar, dejando un desagradable sabor a metal en la lengua. En el intento de enjuagarse el mal sabor de boca, cuidadosamente levantó su colchón, desenterrando un paquete de Marlboro todo madreado. Desde hace unos años Romí agarró el vicio del cigarro. Metiendo mano en la bolsa de su jefa. ella ni en cuenta. hasta la comida que cocina tiene regusto a ceniza.


Escamoteando un par en las costuras de la falda del uniforme, atizándolos de manera incompetente en el baldío atrás de su secundaria. En el descanso, todos los mariguanos y desviados se aglomeraban en las esquinas y sin decir una palabra. Sacaban su respectiva sujeción. De vez en cuando podías escuchar un “¿tienes luz?”, de ahí en fuera le valías madre a todos. Cada uno en su asunto. Velando regularmente el camino de tierra, por si llegaba la chota o el subdirector. Ya después, compraba su cajetilla en la tiendita de Chayo. Fugándose a mitad de la noche a la azotea para echarse su cigarrito, perdiendo el sentido entre los lúgubres lavaderos y Hombres G a todo volumen en su discman. Pero justo hoy, la crédula acción de abrir la puerta, le llenaba de pavor las costillas. que de tanto contraerlas, le ardían. Depositando un distinguido hervor en los pulmones que solo había sentido dos veces en sus dieciséis años de vida. Ambos recuerdos involucran a Lorenzo. Hace ya ocho años de su muerte. Y aun enterrado en el Peñón de los Baños. El vago recuerdo de al que llamaba padre, le sigue causando reflujo estomacal.


Don Lorenzo, un señor hecho y derecho. Cargaba el mercado de Doña Clarita por más de cuatro pisos cada domingo. Con la colorida bolsa de tianguis a reventar asegurada en un brazo y la ancestra en el otro, arreglando las bicis de los niños del edificio a cambio de un chascarrillo, que nunca lo hacían reír. más una mueca divertida se postraba bajo su bigote con los chistes blancos que tanto demandaba. Alrededor de las cuatro y media de la mañana, de lunes a viernes anunciaba su partida a la chamba silbando una raquítica melodía al descender las escaleras. seguido de un titileo de llaves y un leve azotón de puerta que fastidiaba, más no lo suficiente para que alguien pronunciara algo al respecto. después de unos años, se volvió un ritual. Laboraba en una granja de Azcapotzalco. Era el chalan del mandamás del jale. Le hacía de todo un poco. veterinario cuando a las vacas, de tanto ordeñarlas, se les pudrían las ubres hasta dejar la leche llena de pus y sangre, alimentándolas con heno, pasto y agua de dudosa procedencia. Recogiendo kilos de mierda al día. Agarrando un aroma bien particular, que desde que ponía pie en el pasillo, quemaba los pelos de la nariz.


Los primeros indicios de lo podrido y vil que estaba sucediendo, apenas unas cuadras del condominio que compartía con su mujer y niña de apenas cinco años eran estúpidamente claros, latentes a la hora de comer y acostarse. Ese sábado por la noche, septiembre de 1998. mientras cenaban plácidamente, sin despegar ojo del minúsculo televisor que sacó a pagos, un operativo irrumpió la velada. Lorenzo ni se inmuto. Manso, con 10 armas apuntado su cien, Romí berreando, aferrada a su brazo y su esposa, embarazada tirada bajo el comedor, rezando su quinto padre nuestro, rogándole a Dios que solo fuera un sueño, ni eso logró perturbarlo. Esa noche Raquel enterró a su esposo, o al menos es lo que ella cuenta, con un aparatoso tono de voz, los días que llega tambaleándose del casino. Llena de pena y aflicción por no percatarse de la jodida fijación del padre de sus hijos. Repitiendo esos diez años a su lado, tratando de discernir entre lagunas mentales. Los días que comenzó a llegar pasadas las diez, excusando su tardanza y maldiciendo a su jefe por obligarlo a terminar el inventario. Las gotas de sangre en sus botas de trabajo, que lavaba sin cuidado en la tina del baño, pensando que era de vaca. La mata el saber que aun después de casi dos lustros de su arresto, las vecinas siguen congregándose en el 13A, cada viernes para jugar cartas. Y entre botellas de merlot, catálogos de Avon y humo de cigarro discuten religiosamente los morbosos detalles del “Carnicero de Tlilhuaca” y como alguna vez le arreglo la bici a sus hijos, o les abrió la puerta con una sonrisa perfectamente normal. Bendiciendo a su descendencia de no heredar la misma química cerebral que él, terminando la noche jurando que la próxima semana invitaran a la infortunada señora Raquel.


¡Alarma! Fue la primera revista amarillista en dedicarle un reportaje entero. Entre decenas de imágenes barbáricas, descansa la conflictiva historia de Lorenzo. Más de siete cuerpos, o lo que resta de ellos. fueron encontrados en el comedero de donde trabajaba. dientes, restos de cuero cabelludo y toda clase de menudencias que ni los rumiantes pudieron consumir. Ropa enterrada entre las pilas de excremento. Pero lo que dejó helada a las masas, fue el hecho de que desde hace meses la gente de la comunidad llevaba consumiendo lácteos de res alimentadas con carne humana. Los meses de juicio fueron el infierno encarnado para la familia Castillo. No por el hecho de ver a la cabeza de la familia tras las rejas. si no por las denuncias que no paraban de llegar, cartas deseándoles la muerte, paquetes con velas negras y fotografías de sus hijos y hasta narco-mantas acompañadas de fetos de cerdo con los ojos cocidos. Todo por unas tajadas de queso y un vaso de leche. Sumándole los endiablados reporteros que acechaban fuera de su hogar, la tienda departamental donde trabajaba Raquel y hasta el colegio donde estudiaba Romí. Interrogando a una pequeña con palabras que no entendía. Cuestionando si estaba enterada de las atrocidades de su progenitor, pero más importante si les llevaba productos para comer del trabajo. Al final le dieron tres cadenas perpetuas en el reclusorio oriente. El descarado asesino entró en estado de psicosis, así de la nada. El cerebro no le daba para conjugar oraciones que tuvieran sentido. murmuraba de vez en cuando, riéndose entre dientes cuando el Juez se presentaba, para regresar a su estado vegetal. Ni una vez lo fueron a visitar. Tres años después, dos reos que resultaron estar conectados a Leo, una de sus víctimas. Lo amarraron a las regaderas y con agua a punto de ebullición, lo cocieron vivo, derritiendo la carne hasta el hueso haciendo que su corazón y pulmones entran en shock. Su madre, entre lágrimas demandó que los hijos de Lorenzo cargaban con la obligación de despedirlo como se debe. Lo único que recibió fue un portazo en la cara y un escupitajo por parte de Raquel exclamando “lo único que merece su bastardo es la muerte, y eso le tocó, gracias a dios que nos quitó al maldito de encima”. Y así poco a poco la gente de la colonia, cada que transitaban por el edificio, señalaban sus marchitas violetas en la cornisa de la ventana, volviendo el apartamento 12A una anomalía urbana. Romí se fue acostumbrando, y hasta encontró la delicia en el hecho de ser un personaje activo en la macabra historia de su padre. Ser acreditada nada más y nada menos que por sus traumas. Trataba de no pensar en los horrores que el hombre que la empujaba del columpio y cocinaba quesadillas causó en muchos. Pero el nombre de Leo lo sentía muy cercano el día de hoy, como si se estuviera hablando de Matí o un familiar querido. Cuando entró a la secundaria, su madre, claramente intoxicada la levantó a mitad de la noche para contarle de él. Abrumada por un terrible sentimiento de soledad y esa carga que lleva arrastrando desde que leyó el desafortunado desenlace del joven de catorce años. Leo, que fue su última víctima, un chaval del pueblo cerquita de la granja. Los otros trabajadores afirman que de vez en cuando, lo veían fisgoneando acompañado de su hermana menor. Correteando a las gallinas, acariciando a las vacas y cuando tenía billete compraba croquetas de a granel para rambo, el disque rottweiler anoréxico que tenían encadenado a la reja, un muchacho bien tranquilo. Una semana antes, se animó a pedir trabajo después de la escuela, que bien necesitaba el dinero para ayudar en la casa. Su primer trabajo, llegaba bien motivado, aun con su uniforme de escuela bordado con sus iniciales. Lorenzo se ofreció a capacitarlo, y según testigos, hallaron simpatía en la compañía del otro. Leo se convirtió en su sombra, admiraba la facilidad en la que su verdugo gobernaba el ejército vacuno. Días después, su hermana apenas en tercero de primaria lo fue a buscar, porque no llegó a cenar y hacer tarea. Media docena de trabajadores, entre ellos Lorenzo, lo buscaron hasta debajo de las piedras. Solo su suetercito verde militar apareció entre las pacas de heno. Días después encontraron restos de su cabeza agusanada en el interior de la casa del rambo. Cuando la madre destrozada lo interceptó al final de una sesión, con la rabia atorada en la garganta. le preguntó por qué lo hizo, de todos los trabajadores, por qué su niño. Entre balbuceos contestó casual “hablaba chingos y me desespere”. La pobre se fue transparente del coraje. El hecho de imaginar el martirio de la criatura, esa sensación de traición y desdicha que seguramente invadió su creciente cuerpo en esos últimos segundos de lucidez. le pone los vellos de punta a cualquiera.


Después de nadar un rato en el vasto océano de memorias transigentes, lleno de dudas y carencias. Culpando a la rutina y aburrimiento por la insanidad de su progenitor, preguntando al aire porque lo hizo, sin recibir una respuesta concreta. tragándose el cuento que su característico olor era por las vacas y no por los muertitos. Al fin se animó a salir de su cuarto, deslizando en sigilo sus pantuflas de conejo. Un repeluzno irrumpió entre su pantalón roto de pijama, pidiéndole que regresara, hizo caso omiso. Ya en la sala, el sabor a carne se volvió más intenso, casi fragante. Aún no está segura si su mente le jugó un chascarrillo o el carnicero bromista la fue a visitar. Ya que por un instante creyó escuchar un claro silbido haciendo eco en el pasillo.


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