Cómo van cambiando las cosas

Por aquellos días imaginaba a la gente acomodada entre los hoteles y moteles que cubrían las calles y grandes avenidas de la Ciudad, aunque era cierto, el amor o el sexo se puede hacer donde sea: desde un parque público hasta en alguna incómoda habitación al fondo de una vecindad de la Peralvillo o Tepito. O, mejor aún, esas mismas gentes no acomodadas en ningún lugar, sino que en el deseo intenso de encontrar un espacio en donde demostrarse afecto, sea gratuito o comprado.

Imaginaba muchachitos adolescentes con uniforme de secundaria corriendo sobre Calzada de Tlalpan, los cuales al calor de unos besos ya no pudieron soportar más y juntaron unos cuantos pesos, pero ni así alguien les abriría las puertas al paraíso de la intimidad.

A su vez, también pasaba ratos pensando en jóvenes de mi edad, esos que ya no tendrían problema en juntar 400 pesos para cuatro o seis horas en cualquier hotel barato. También podría ser el caso, y si la desidia era bastante con las ganas golpeando con fuerza, buscar un rincón oscuro de cualquier parque mal iluminado (de esos en los que dicen que entran dos y salen tres) (¿quién imaginaría esto? Parece que nadie bien educado, pero los condones usados y tirados por las calles son prueba arqueológica del deseo).

Pensar en los más viejos no se me daba mucho, casi nada, no sé por qué siento que el erotismo se va con los años, pero no quiero decir más de ello.

Y, en este mismo sentido, pensar en mí resultaba un tanto igual. Yo era joven, pero sentía que el alma me había envejecido. Claro que tenía emociones eróticas, una que otra erección al pensar o estar con alguien. Pero no pasaba de ahí. No me sentía ni con las ganas ni con las fuerzas para buscar un cuarto de hotel, ni un parque, ni una calle vacía a la mitad de la noche. Aunque siempre estaba pensando en ello, tal vez esperando el mejor momento.

La Ciudad abría tantas posibilidades para un rato de intimidad, pero las cerraba todas a que fuera de una forma constante. No permitía más. Unos besos, unas caricias, unos orgasmos y cada quien para su casa entre te amos y te quieros mientras clareaba el sol, o se esperaba que abriera el metro.

Por entonces concebía a la Ciudad como una evolución, de aquello de lo que fuera ahora, es esto otro. Antes tapizada de iglesias y ahora con hoteles en cada esquina. Puede que no haya cambiado mucho, realmente. En vez de un atrio para rezar se tiene una cama, y en lugar de Dios está la persona amada. Por lo menos, eso es lo que me han contado.

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