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Como una espada

Cuando mamá murió, mi hermano y yo éramos los únicos disponibles para reconocer su… para reconocer que fuera el… para confirmar que era mamá quien estaba tendida en la plancha. Mi hermano quería que fuera yo sola a ver a mamá y estoy segura de que cuando llamó esperaba dejar caer la responsabilidad en mis hombros pero no le quedó otra opción cuando le dije: sí, te acompaño. Intuyó que me di cuenta de su plan y como odia la confrontación, colgó.

Llegué al hospital, lo noté nervioso desde lejos, me vio. Pretendió ver algo en el celular como hace siempre que quiere evadir que le hable porque sabe que me molesta no tener su total atención y entonces mejor espero a que salga de su trance tecnológico. Esa no era una situación que conviniera evadir así que lo interrumpí. Me regaló una mirada rápida “En 15 minutos bajan por nosotros para llevarnos con el cuerpo” —dijo. <<Já, el cuerpo>> ¿Para llevarnos con mamá? —pregunté. Él clavó su vista en el libro que traía en mis manos para alcanzar a ver el título. Fingió interés por la trama. Siempre ha pensado que hace ese tipo de cosas por mi; para que crea que se quiere involucrar en mi vida. Pero descubrí su patrón para evitar que nos hablemos de lo realmente importante desde hace años, así que en verdad es algo que yo hago por él: hago de cuenta que su falso interés me emociona y le platico lo que sea; le doy cinco minutos o más de discurso inútil para que pueda disociarse y asentir desorbitado mientras hablo. En ocasiones digo frases importantes esperando que su subconsciente las albergue. Llegaron por nosotros, mi hermano se paró como interrumpiéndome pero asegurando que sintiera su mano en mi pierna y viera la sonrisa que me regala para que sepa que continuaremos después, papá le enseñó a darme pequeños placebos así. Casi nunca terminamos las conversaciones.

Habló con la doctora, era mi turno de disociarme. Dos días antes de la muerte de mamá, me quedé con ella, a mi hermano le tocó verla expirar. La segunda persona que veía expirar. Ni si quiera me llamó para darme la noticia, obligó a su esposa a llamarme. No me ofendí, así es él y yo aprendí a darme pequeños así. Algo que dijo mi hermano me regresó a la tierra.

“No, en estos casos ustedes deciden qué hacer con el cuerpo” . <<Con mamá>> pensé. Noté la quijada de mi hermano apretarse y reí para mi. Es como si mamá hubiera dejado una última prueba para que él y yo floreciéramos ante la adversidad en vez de demostrar una vez más y como siempre que no podemos estar de acuerdo en nada. La voz temblorosa que salía de su garganta me invitó a interrumpirlo para preguntar lo que él no se atrevía. “¿Ya está preparada?” La doctora advirtió por primera vez mi presencia y volteando a verme aclaró que eso era un asunto de la funeraria “nosotros sólo lo hemos limpiado”. —“LA han limpiado”— corregí. “Se refieren al cuerpo”— me dice mi hermano. <<se refieren a mamá>>.

Entramos al cuarto y me dirigí hacia ella. Poniendo mi mano en su cabello dije y evitando fijar mi vista en lo que alguna vez fue su rostro dije a la enfermera que era ella. Reconocería sus manos donde fuera. También sus mejillas pero no quedaba trazo alguno de ellas. Me sobrevino una urgencia de cubrirla, mamá era muy… ¿especial? No consentiría que expusieran su cuerpo de tal manera, menos bajo la excusa de reconocerla. Ella fue quien me enseñó a vestirme lo más cubierta posible, ella ponía sus ojos en blanco si me veía con algún escote aún dentro de la casa. Comencé a sentir frío. Mi hermano que puso los ojos encima de una manera que no puedo describir y la enfermera me dijo: “Les pedimos que identifiquen marcas únicas y específicas del cuello para abajo para asegurarse de que reclaman el cuerpo correcto, les daremos un momento”. Salieron del cuarto. Los ojos —ahora suplicantes— de mi hermano seguían observándome,

Es mamá, Alex. —¿Le reclamé? — ¿cómo confundiríamos a mamá?

Sólo quieren que mencionemos características particulares del cuerpo, es todo, sólo… y antes de que pueda terminar la frase que estoy segura vendría acompañada de mi nombre porque eso hace cada que quiere llamar mi atención como papá le enseñó… lo interrumpo sin intentar ocultar lo molesta que estoy.

-El cuerpo… el cuerpo… —resoplo enojada—. Di el cuerpo una vez más, Alejandro. Es mamá, atrévete a decir su nombre

-No es mamá, dejó de ser mamá hace mucho. Mamá ya no está. —Gritó poniendo especial énfasis en mi nombre. ¡Joder! Sólo escoge tres características y diles que sí es el cuerpo o como quieras llamarle. Salió y salté con el portazo. ¿Como quiera llamarle? Como. Quiera. Llamarle. Mamá nos cargó a ambos 9 meses en ese cuerpo y ahora ya no importa? Comencé llorar pero no fue por la inevitable crueldad de mi hermano, fue porque la verdad, no podía identificar tres cosas… ni siquiera una. Jamás vi a mamá… jamás… mamá nunca dejó que viera su cuerpo desnudo y por mucho tiempo, cuando era pequeña me pregunté si escondía algo. ¿No tenía senos como todas, su cuerpo no tenía ombligo, su piel abdominal era transparente y podía ver sus intestinos, era eso lo que pasaba cuando te hacías mayor? Fue hasta que tenía 14 años cuando mis pechos comenzaban a doler que tomé consciencia de que tal vez el cuerpo no se volvía transparente pero seguro que te dolieran los pechos era malo y tenía miedo. Nunca pude preguntarle a mamá qué sucedía conmigo, temí que me revelase algún secreto sumamente oscuro y entonces me viera más obligada a esconder mi cuerpo. No lo quería, no podía vivir en mi cuerpo, me estremecía por dentro cada que algún niño se quedaba con la mirada fija en mis pechos o mi trasero. ¿Ellos también notaban el cambio, mi cuerpo irradiaba alguna clase ondas que alertaban a los hombres sobre lo extremadamente raro y ajeno que ocurría en mi? ¿Mis compañeras sentían lo mismo? La verdad es que el único cuerpo desvestido que vi durante 19 años fue el mío y aquellos en los libros de biología pero no se parecían nada al mío, mi cuerpo tenía marcas y rollos y relieves… Sí, los cuerpos de las demás marcaban las mismas voluptuosidades con diferentes dimensiones en sus ropas pero, ¿también tendrían… peculiaridades? ¿O serían causa de las ondas radioactivas que a veces me vestían completa e hinchaban mi abdomen, me hacían sangrar o sentir algo entre las piernas? Sentí un alivio tremendo cuando vi a mi mejor amiga desnuda en la preparatoria, la incomodé porque no pude apartar la vista pero no podía evitar sentirme maravillada ante sus propias marcas. Igual que tener huellas dactilares. Me eché a llorar y fue la primera vez que pude hablar con alguien sobre mi cuerpo.

Ver el cuerpo desnudo de mi madre me provocó el mismo llanto, el mismo asombro y una tremenda tristeza porque jamás pude decirle que estaba bien reconocer a nuestro cuerpo como parte de nosotros. Que no sólo éramos esencia, aliento y alma. Abrace a mamá, estaba desnuda y fría, puse mi mejilla sobre su estómago y cuando entreabrí los ojos enfoqué un lunar por encima de su ombligo… nuestro lunar por encima del ombligo. Alcé la mirada… las aureolas de nuestros pezones; el mismo tono. Lloré aún más fuerte y recordé aquella vez cuando me contó que nuestros nombres eran una especie de profecía que indicaba el camino que tomaríamos en la vida. Escuché en mi cabeza a mi hermano gritando mi nombre.

“No mamá, no soy fuerte como una espada, perdóname, perdóname. Lo único que siento dentro de mi es el frío, mami, el frío y pesado hierro. No voy a poder seguir”. -Sollocé.

Sentí las manos de Alex aplicando fuerza para levantarme por los hombros, siempre siendo mi salvación y protección. Me apartó de mamá y las enfermeras comenzaron a llevarse la camilla. Estaba atrapada en los brazos de mi hermano que murmuró en mi oído: “Las espadas necesitan forjarse, hermana. Aquí voy a estar, aquí voy a estar hasta que salgas del fuego”.

Alcancé a ver una última parte del dulce, gentil y delicado cuerpo de mamá; el mismo hueco en la espalda.

 

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