Capítulo 3: Un día de abasto


El sol ataca con fuerza desde temprano y el rocío de la mañana hace de todo esto un bochorno insoportable.

​Pareciera que los rayos penetran hasta el fondo de la tierra y queman los pies, no importa cuánto se esfuerce uno por mantenerlos frescos. Y sobre esta tierra caliente, hirviendo y quemada, las personas colocan ya sea manteles, lonas o puestos metálicos.

​Es otro día de tianguis y los chachareros llegan cuando despunta el sol al alba, se tienden sobre este “camellón” de polvo y cascajo cedido como frontera entre tierra caliente y las colonias vecinas.

​Ponen sobre sus improvisados puestos todo lo que han podido conseguir de los basureros de lugares que parecen otro mundo muy distinto. Su botín puede estar compuesto de las más grandes extravagancias: zapatos americanos a medio usar, candelabros imitación de plata, vasos, cubiertos, juegos de porcelana descompletados y estéreos de fabricación extranjera, cuyos dueños anteriores juzgaron descompuestos aunque sólo les hacía falta un ajuste general (pero cuándo se derrocha poder adquisitivo qué más da). Una limpieza rápida, un ajuste que a la suela o ya al botón de prendido, una manita de gato y listos para promocionarlos al grito: ¡pásele! ¡pásele! ¡todo de buena calidad! ¡todo va calado, va garantizado!

​Mientras más se va adentrando entre estos pasillos improvisados, más cosas es posible encontrar. Puestos de comida, puestos de juguetes, puestos de productos de limpieza para el hogar. Hasta las grandes boutiques donde se viste la gente de tierra caliente y sus vecinos de los alrededores. Porque es aquí, en este gran tianguis, donde parece que se borran las diferencias y la gente se une como una gran plasta. Y los vecinos, los que se alzan el cuello y señalan maldiciendo a los invasores, compran junto con ellos y se visten de las mismas ropas.

​La paca es un lugar de encuentro, hasta parece un mal chiste. Es el destino donde las costureras descubren ocultas las prendas confeccionadas hace tiempo y que nuevas no podrían probarse, hoy están en sus manos al anuncio de “ay wey, todo a 15 varos”. Toda la ropa está hecha bola sobre tablas de madera y hay que zambullirse en ella para encontrar lo mejorcito con que vestirse. Hay mujeres que llevan consigo a toda la descendencia, a las hijas y los hijos para buscarles algo von que vestir los siguientes meses, hasta buscan ropa una o dos talles más grandes para que vayan creciendo en ellas.

​-Órale pues, pruébatesto. Si te queda grande ahí se lo damos a tu padre- Se escucha decir a la señora a uno de sus hijos más grandes.

​-Oiga, ¿cómo que 30 bolas? Si le falta un botón y está medio roto, démelo en 15 pesos, ándele es que me gustó- Rogaba nerviosa otra mujer.

​-Ta´bueno, deme esos 10 pesos. No´mas porque ando empezando y con eso me persigno- Responde el chacharero rematando la mercancía.

​-¡Llévele, llévele! Ropa barata, ropa gabacha, ¡para que vista al esposo, al novio o al amante! -

Todos los sonidos difuminados por el gentío que se juntaba, que después de hacer la compra de ropa había que caminar a otros puestos para el mandado. Se pisaba con cuidado para no pisar lo que podría ser bien algo en venta o ser ya basura, o golpear con alguna señora que fuera tan cargada como mula bajo el sol.

​Los localillos multicolores de verduras y fruta son sólo un agasajo de verles, aunque los intensos verdes, rojos o amarillos de la mercancía compitan y contrasten con los brazos quemados y cansados que llevan los diablos, que apilan la fruta inalcanzable por cara, porque está así jugosa y nada mallugada. Entre los puestos andan las marchantas con bolsas en cada hombro, tratan de conseguir la mejor oferta mientras andan al cuidado de que ningún niño les corte las bolsas y les robe.

​-¡Todo se va, todo se va, va, va, vara, vara, barato! ¡pase, pase, pase jefecita! ¡dos kilos 15 varos! ....-

Pero antes de esto; mucho antes de que el sol se ponga en lo muy alto y las carpas de colores diversos protejan de sus rayos pero no del calor; antes de ver señoras sudorosas tratando de regatear los precios; mucho antes de que Blanca e Ignacia anden cargando bolsas de mandado para su casa y el negocio. Quizás a la par de que cientos de brazos tostados al sol bajen y acomoden la mercancía; quitan a los viejos borrachos que amanecieron golpeados en las banquetas y colocan los puestos metálicos y las tablas de madera; a la par de estas acciones, han de ser las 6 o 7 de la mañana y toda tierra caliente está despierta desde antes preparando el día.

Lo único que no se puede preparar en casa son las tortillas, ya sea por lo tardado de nixtamalizar o por lo cansado que es moler a mano. Una familia, mejor dicho, un señor vio el negocio y se lo apaño. Compró un fogón a gas y tiene a todos trabajando desde temprano para preparar la masa. Su señora Romina y su hija Engracia son las encargadas de poner al comal una tras otra las tortillas hechas a mano. Mientras Ubaldo, que es un muchacho todavía, entrena el brazo en el molino del patio, ya que su papá no quiere comprar uno a motor. Eugenio, el señor y padre, se encarga de la caja y de atender a todas las desesperadas señoras, que sólo quieren la tortilla para darle de comer a sus esposos y a los niños.

Algunas de estas señoras vienen de encargar a los chamacos que consigan agua, mandándolos con cubetas a las tomas más cercanas en otras colonias. Trabajo azaroso y cansado para un cuerpo malnutrido y en desarrollo, muchas de esas niñas y niños no verán jamás el tamaño real de sus cuerpos hasta tener hijos propios y los rebasen con el tiempo, porque esa otra generación aun no nacida no estará condenada por completo a todas estas tareas desgastantes.

Ahí estaban, apuradas y con el Jesús en la boca esperando su turno, queriendo alcanzar al esposo y darle un taco de desayuno. Esperando que la inútil espera acabe pronto, no tienen más que platicar para entrar en calor esta mañana fría.

​-¿Ya escuchaste lo que paso antier? –

​-No mana, ¿Qué paso, dime?-

​-Pues por all’arriba, cerca del cerro, los que acá no alcanzaron acá a meterse, ¡Les echaron maquinaria pa´tumbarles las casas!- dijo horrorizada, a manera de rezo por lo quedito.

​-¡No digas, dios bendito! Pero, ¿por qué?-

​-Pues que no tenían arreglado nada de sus papeles, ¿puedes creerlo?-

​-¡Nombre! Lo que a esos sonsos les faltó fue un buen señor como Don Lalo. Ese cabrón ya’sta a nada de arreglarnos los nuestros-

​- ¿A poco si cree? ¡Ya llevamos rato en esto y todo dar dinero!

​-¡Claro que sí! ¡por esta mera!, mientras besa de su mano derecha el signo de la cruz, pues no ve que nos convocó a junta urgente dentro de tres días.

​-¡Nos ha de pedir más dinero ese cabrón!-

​-Pa’mí que ya nos las hace buena. Aparte, imagínate tú, sino estuviera haciendo nada ya nos habrían mandado las máquinas a tumbarnos los jacales. ¡Ya son más de 3 años acá en esto, Gabriela!-

​-¡Ay Pancha! Eso es lo que me da tentación, soltando un leve suspiro y vaho matinal, andar yendo a las marchas y a la delegación. Dando dinero que poco tenemos y todavía una mala jugada-

​-¡No tengas miedo, Gaby! Para mí que’sta es la buena. Ya nos hacemos de nuestro terrenito pa’loschamacos y de ahí no’más trabajar y seguir construyendo-

El ruido metálico de las tortilleras era sólo interrumpido por los cláxones de las camionetas cargadas de paca y fruta, por las tamaleras que anunciaban el desayuno de los cargadores, el cuchicheo de las señoras despachadas y que enseguida echaban a caminar de prisa como deseando poder volar, volar para llegar pronto a casa o poder escapar del temor de que sus casas desaparezcan en un dos por tres.

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