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Ahora tomo mi café amargo

Ahora tomo mi café amargo. ¿Quién lo diría? Me pregunto si lo creerías al momento que alguien te lo llegase a comentar. Yo pienso que no porque esa discusión era recurrente en las mañanas cuando el jarrón de vidrio de la barra amanecía vacío y la cocina se encontraba ataviada de una delgada frazada color dorado la cual había logrado tejer entre los copiosos espacios de tus palabras rascas. Siempre era así, nos dábamos cuenta muy tarde. Cuando el agua anunciaba estar lista, borboteando, asomándose desde aquel deleznable pote color verde menta que tanto te gustaba.  Sin azúcar no hay café ―no existía otra respuesta para ti―, sin importar cuan de mal humor eso te llegaba a poner, esa era tu decisión final. Desde ahí podía suponer como avanzaría el día, lanzarías comentarios absurdos y dundos del clima. Buscarías cualquier excusa para quejarte de mí y de tu trabajo, de cuan parvo dinero ganaba en el mío, de cómo la llave del lavabo del baño necesitaba ceñirse y cuántas veces me habías dicho que pintara de caoba nuestro ropero. Tampoco me dejarías tomar el mío, pues si tú no lo hacías ¿por qué debería de hacerlo yo? Y de ahí sacabas la insigne idea de que ninguno de los dos soportaba una taza amarga de café, ergo que estábamos destinados a estar anejos, lo cual les parecía romántico a tus amigas. Nunca preguntabas nada, solo suponías lo que pensaba. De hecho, yo nunca me opuse, creí que seguirte en todo era un gesto que el amor me obligaba a hacer.


También me ponía nervioso, no por mí, sino porque no quería que le gritaras a las pequeñas criaturitas que se encargaban de llenar aquel tarro de azúcar por las noches. Yo entendía cuando me encontraba con el frasco vacío al amanecer. Comprendía que se cansaban, pues todo el mundo se cansa ¿no? Aparte, no era su deber seguir ahí, sin embargo, siempre decidían quedarse al escucharte decir con frecuencia que te pertenecían. A veces me amagabas diciendo que te los llevarías para siempre, que ya no tendría a nadie quien me llenara aquel jarrón. Según tú, ese era mi talón de Aquiles, reías ante la idea de yo estar necesitado de ti. De no poder ser nadie si te llevabas a los diminutos seres y así arruinar una de mis bebidas favoritas. Recuerdo que temía, pero no sabía por qué. Nunca me di cuenta o nunca lo supe, no estaba al tanto de si mi temor se refería a perderte o a nunca más ver a aquellas criaturillas que tanto me comprendían.


Siempre los llamé azucareros, nunca me molesté en preguntarles su verdadero nombre, ¿por qué lo haría? A ti tampoco te importaba y por eso mismo me figuraba que no era crucial. Tú solo te fijabas en lo básico, nunca ahondabas más. Preferías mojarte los pies hasta los tobillos, tal vez por eso nunca te diste cuenta de cuantas veces morí ahogado a un lado de ti. Tampoco te preocupaba cuando las diversas sombras que las sórdidas tardes traían consigo, se despegaban de las paredes de la casa y me envolvían como hambrienta tolvanera en busca de un pedazo de carne, aunque sea podrida. No escuchabas mis pedidos de ayuda o preferías ensordecerlos, nunca estuve del todo seguro. Por eso quiero pensar que siempre fuiste despistada ―prefiero llamarlo así―, no veías cosas que siempre nos acompañaban durante la jera. Opto por confiar que tenías mucho en la cabeza y que por eso no dejabas ni un huequito para mí. Ignorabas las noches que no podía dormir y me decías que no te molestara durante las madrugadas cuando veía peces saltando de charco en charco en el techo de nuestra habitación.


Hoy en día, los peces no saltan, solo se asoman desde los foscos lagunajos que se forman a lo largo del cuarto, tal vez buscándote o asegurándose de que no te encuentras. No lo sé con claridad, no me quedo despierto lo suficiente como para comprobar mi teoría, para ver si saltan libremente al darse cuenta de que no estás ahí. Por otro lado, las sombras se siguen despegando de los muros, pero ya no me persiguen, parezco ya no importarles o solo ya no se encuentran hambrientas, no sé. En cambio, se mantienen alerta para lo que sea, aparentan pesquisar algo. Nunca les pregunto qué, aunque sí he tenido la intención. Tal vez lo prefieren de esa forma porque al igual que yo, ellos fingen no verme y deambulan por toda la morada por si encuentran algo perdido, pienso yo.


Ahora tomo mi café amargo. ¿Lo puedes creer? La primera vez que lo hice dudaba mucho de sí me podría acostumbrar a una bebida tan acerba, pero si me llegaste a gustar tú, pensaba, ¿por qué esto no? Desde que te marchaste y te llevaste a los azucareros contigo no me he molestado en comprar azúcar por mi cuenta. No me molesta tomar mi café así, de hecho, con el tiempo le he agarrado el gusto. Cada sorbo que doy me arranca una sonrisa del rostro, como si aquella bebida umbría me contase un chiste que solo yo puedo oír y entender. Todos me ven raro ahora y a donde quiera que vaya me preguntan si quiero leche o un terrón, pero me limito a decir que no. Ellos no lo entienden, nunca lo entenderían y ¿quién sí? No los culpo. Ellos jamás pudiesen llegar a percatarse de algo así porque de ningún modo han tenido azucareros en su cocina o peces saltando de charco en charco en su alcoba, ni problema alguno con brebajes obscuros que se toman en el desayuno.

 

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