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Me gustaría que fuera rosa


Por algún fenómeno digno de una película de Woody Allen, Joanna llegó al Nueva York de 1958. Aunque solo tenía 4 años –y su época distaba unos 64 años de 1958— reconoció el lugar de inmediato; se había enterado de la existencia de Nueva York a través de una canción muy famosa en su tiempo. También había visto la ciudad en una película en la que los animales hablan y se pierden por las amplias calles de la gran manzana. Mientras pensaba hacia dónde dirigirse, vio a una persona que le resultó familiar, llevaba una boina que cubría casi todo el cabello, pero sus patillas parecían blancas igual que las de su abuelo. Lo siguió cuidadosamente hasta un edificio alto con muchos cristales. Para cuando entraron a la bodega, el hombre ya se había dado cuenta de que alguien lo seguía, se detuvo en seco y Joanna también, buscó un escondite, pero no lo logró, el señor había volteado lo más rápido posible para descubrir a los pasos chiquitos pero rápidos de la niña. Se quedaron mirando con curiosidad y antes de que exigieran saber la identidad del otro, analizaron rápidamente sus vestidos, no les resultaban familiares, al menos no del todo. Él se llamaba Pablo y cuando dijo su apellido y Joanna no se inmutó, se sintió un poco ofendido, sin embargo, no dijo nada.

“¿Dónde están tus padres?” –le preguntó—. “En mi casa” –respondió ella con toda seguridad—. Después de un largo interrogatorio que versó sobre los orígenes de Joanna, Pablo le pidió que se sentara en unos bancos de madera mientras encontraba una manera para ayudarla a regresar con sus padres.