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¿Cómo confesar el amor?

Se debe reconocer que siempre hay algo enternecedor en el amor adolescente. Siempre tan torpe y por eso mismo más humano. Ni qué decir de los muchachitos quinceañeros precoces que, sintiéndose enamorados, no dudaron ni un segundo en plagiar los versos de un poeta. Entraron decididos a la biblioteca escolar y tomaron el primer volumen de poesía. Reconocían en ese acto una doble situación: ser demasiado tontos para escribir tan siquiera un verso pero lo demasiado valientes para declarar su amor con arrebato.


Y no lo digo a forma de disculpa, porque todos fuimos tontos. Pero en esa valentía también se guardan esperanzas.


Esperanzas que se ven doblemente atacadas. Por un costado se encuentra la certeza de gustarle a la otra persona; se han tomado alguna vez de la mano; se han visto a los ojos de la forma más tierna posible; se han contado algún secreto al oído. Por otra parte, aunque se tenga toda la certeza del mundo no se puede dominar sólo así, sin nada, el temblor de las entrañas provocado ante el susto por lo desconocido. Es ahí mismo donde los muchachos, valientes plagiadores de poemas, comprenden la valentía de un campo de batalla. La certeza no es suficiente para mantener el temple.


Qué aburrido es cuando decimos que ya sabemos amar. Como si hubiéramos leído un instructivo.


Porque, justo ahora, no amo igual que cuando tenía 15 años. Que mi visión del amor es una camisa remendada de todas las formas posibles de demostrarlo, como he amado y me han amado. Que sigo aprendiendo día con día. Y quizá siga robando versos, pero ya no me los atribuyo. Pero sigo temblando ante la más tierna mirada y dudando ante cómo dar un primer beso.

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