Un símbolo santo

En nuestras noches juveniles, bajo el canto del zorzal,

la habitación nos invitaba a descubrir el misterio de nuestro amor,

sobre un altar de sábanas cubiertas de pétalos de frescas gardenias

curiosas por saber del milagro del amor, nos contemplamos desnudas,

temblando, entrelazaba su cabello en mis dedos y besaba su boca,

bajo el ritual espiritual comenzaba a acariciarle los pechos,

pegando su cuerpo al mío, la acogía entre mis brazos,

con suspiros quebrantados y tiernos sollozos nos tocábamos,

entre sábanas húmedas destrozábamos los pétalos perfumados,

tendida de espaldas, su ondulante columna se tensaba,

nuestros aromas se fundían con el de las blancas flores,

lentamente movía sus caderas al sentir mis caricias

sobre su pequeña y delicada ranura color cereza el mar renacía,

con su inquietante lengua saboreaba mi dulce perla,

palpitante carne viva cubierta de blanca espuma,

mi dulce ninfa, extasiadas, entre jadeos y suaves cantos espirituales

nuestros cuerpos comenzaban a destilar agua bendita, virgen mía,

temblando casi sin poder hablar, como una suave plegaria

en la pureza de nuestra unión, al sentirnos jóvenes y vivas,

al consagrar nuestro cuerpo a lo prohibido,

gozábamos de la ofrenda de nuestro amor en nuestro propio paraíso.


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