Pensar la comida

Según Jesucristo, «No sólo de pan vive el hombre». Es curioso notar que la negación no es absoluta; en otras palabras: que no se niega definitivamente el peso de la comida material para afirmar únicamente el del alimento espiritual, sino que, más bien, se afirma implícitamente que ambos necesitan el uno del otro. El espíritu y la carne se entrelazan, de su vínculo brota el ser humano y del cuidado de ambos éste vive.


Aquí abordaremos el pan tangible, ese que está hecho de materia, ese que masticamos, saboreamos y olfateamos, y que atraviesa todo un proceso al interior de nuestro cuerpo para transformarse en energía pura que nos permite continuar la actividad vital. (Se ve que no hablamos literalmente del «pan», hecho de trigo y levadura, sino del alimento, de la comida en su sentido más lato).


¿Pero cómo abordarlo? No estudio gastronomía, ni soy versado en la crítica o el arte culinarios, así que, en todo caso, cualquier cosa que pudiese escribir al respecto vendría únicamente de mi experiencia como consumidor común de alimentos. Pues que así sea. Sin embargo, intentaré hablar no de lo que todos ya [creemos que] conocemos al derecho y al revés -el simple y maravilloso acto de comer-, sino de algo más: le contaré, si usted me lo permite, acerca del acto de comer mientras se padece covid-19. Tema por lo demás contundente, el SARS-CoV-2 ciertamente ha trastrocado todos los aspectos de la vida humana, y el ámbito culinario no se ha quedado atrás: desde el cierre de restaurantes hasta la manera en la que uno se debe comportar ahora en los que ya han abierto, y las nuevas medidas que dichos establecimientos gastronómicos deben seguir. Y es curioso, de hecho, reparar en que la palabra «gastronomía» se remite, a través de sus dos componentes etimológicos, a la organización, distribución o arreglo (nomos) del estómago (gastré).


Entre muchas otras transformaciones que el virus ha ocasionado en el ámbito del comer, está aquella que se encuentra no en el alimento como tal, sino más bien en quien se alimenta, en este caso el ser humano. Y es que uno de los posibles síntomas del covid-19 es la pérdida de los sentidos del olfato y del gusto. ¿Qué sucede cuando perdemos el gusto y no podemos saborear la comida? ¿Qué nos ocurre cuando no podemos olfatear un alimento? Más aún: ¿qué pasa cuando a pesar de eso debemos comer? En realidad estas preguntas podrían hacerse incluso en el estado de una gripe común. Sin embargo, dada la contingencia que actualmente vivimos, resuenan un poco más si las pensamos desde el covid-19. ¿Pero cómo abordar la cuestión? Una fenomenología de la pérdida de un sentido me parece que sería bastante interesante, y en este caso de gran ayuda. Así, lo que intentaremos hacer aquí tendrá un poco -y sólo un poco- de eso, y un poco también de narrativa (me pregunto si la fenomenología no resulta ya, en algún sentido, una forma de narrar).


Ahora bien, en aras de tener un diálogo más claro usted y yo, convengamos en dos puntos: 1) la fenomenología, en un sentido sumamente general -y éste es el que aquí nos importa- es una descripción de los fenómenos -es decir, de todo lo que se nos aparece, ya en sentido físico, ya en sentido inmaterial- sin segundas intenciones, vale decir, sin prejuicio alguno. Por ejemplo: intentar describir cómo se me presentan estas letras que leo en este mismo momento sin entrometer su contenido significativo, cómo es que de hecho en este mismo instante cobro consciencia de que soy consciente de ellas, y cómo en este cobrar consciencia se me revelan tal cual son de una forma más cristalina a como se me habían mostrado en un primer momento. De otra manera: en su sentido más genérico, hacer fenomenología es suspender nuestras preconcepciones de las cosas, poner entre paréntesis lo que se nos aparece, e intentar describirlas tal cual se nos presentan así. 2) Narrar es contar un cuento: expresar con palabras las experiencias tal y como son vividas por un personaje. (¿Puede verse cómo la fenomenología es de alguna manera narrar, y narrar es una forma de hacer fenomenología?).


Así dispuestas las cosas, me parece que podemos comenzar este ejercicio.


Termino de preparar los alimentos que nos han traído a mi madre y a mí, léase: termino de limpiar los envases con desinfectante en aerosol, de servirlos en platos que lavé a profundidad la noche anterior y de limpiar los cubiertos con los cuales nos los comeremos. Me lavo las manos, le llevo su comida a mi madre, me lavo las manos, voy a la cocina por mis alimentos y los llevo conmigo, llego a mi cuarto, los coloco en mi escritorio, me quito el cubrebocas, lo dejo en una bolsa que he designado especialmente para poner en ella ese artefacto blanco y rugoso que ha cobrado tanta importancia este último año y medio. Reparo en lo que comeré: consomé de pollo, pescado asado acompañado de verduras al vapor, puré de papa y, para tomar, un gatorade (en aquél entonces -hace unos seis meses- esta bebida se volvió indispensable para hidratarnos durante el combate contra el virus). En suma, una comida que ya visualmente parecía exquisita.


Tomo la cuchara, la sumerjo en el consomé, sale con un fragmento de zanahoria hervida, otro de chayote hervido y una porción de carne de pollo, también hervida. Soplo un poco en dirección al instrumento culinario, para enfriar los alimentos. Los llevo a mi boca a través de la cuchara. Entran en mi boca. Mi lengua percibe su calidez, el vapor que exhalan en el cambio de temperatura, la textura lisa del pollo, la zanahoria y el chayote hervidos, su fragilidad, el lento proceso de su desbaratamiento autónomo, su transformación. Pero en ningún momento aparece el sabor. No hay aroma tampoco. Mi lengua no logra percibir ningún matiz de dulzor o saladez. Tan sólo hay temperatura, vapor, estructura, relieve material. Ese concierto abstracto de formas coloridas y dinámicas retratado en Ratatouille (Brad Bird/ Jan Pinkava, 2007) no está, no ha aparecido.


¿Es eso comida? ¿Podemos escindir su «esencia» de sus cualidades aromática y “sabórica”? ¿Cómo definir el sabor y el olor? ¿Qué le sucede a la comida cuando esos elementos parecen desaparecer porque quien come ya no los percibe? ¿Y el acto de comer? ¿Qué pasa con él cuando se reduce a la introducción de materia al organismo por vía oral? ¿Comer es simple y llanamente eso? De ser así, ¿qué diferencia habría entre el comer y el tomar un medicamento, por ejemplo?, ¿por qué resultaría relevante tener una reunión para comer con alguien?, ¿de dónde la importancia de «compartir los alimentos» con otros? Es decir, si comer resultase ser tan sólo el acto de introducir en nuestro cuerpo objetos comestibles a través de la boca, ¿por qué habría entonces un denso entramado significativo alrededor de la comida? Por ejemplo: hay ciertas «normas» para comer «correctamente»; ciertos gestos de «cortesía» a la hora de comer, y ciertos gestos contrarios; en ocasiones de fiesta se hace una comida para festejar; e invitar a alguien a comer suele ser un lugar común para citas amorosas. ¿Todo ello sería igual aun si la comida jamás presentara sabor o aroma?


Cuando contraje covid-19, una de las cosas que por más tiempo hizo patente mi condición fue esta transformación de la experiencia alimenticia. Repentinamente nada de lo que comía me sabía, no podía percibir olor alguno en nada de lo que ingería y el alimento, por más que siguiese otorgándome sus virtudes energéticas, se había convertido, así, en expresión de des-ánimo, vale decir, había perdido el alma.


Sería falso si dijera que todos quienes contrajeron covid-19 perdieron en su momento el sentido del sabor y del olfato (conozco personas a quienes no les ocurrió eso). Sin embargo, creo poder afirmar que ciertamente, por más que no a todos les haya sucedido aquello, el virus sí que ha dislocado y reconfigurado la comida y el comer. Desde las medidas que han de seguirse en la preparación de los alimentos hasta la forma en la que deben ser consumidos, el covid-19 ha generado también en el ámbito gastronómico un cambio que puede servir de impulso para reflexionar un poco más sobre la comida y lo que guarda en sí misma, lo que ella es, lo que ella significa. Muchos comen todos los días, y muchos lamentablemente no. ¿Qué implica para nosotros, entonces, el comer? ¿Es tan sólo una actividad rutinaria en la que ya no ponemos atención suficiente para captar la maravilla dentro de su aparente simpleza? ¿Reparamos en todos los procesos que hay detrás de los alimentos que consumimos, desde su obtención hasta su distribución? ¿Ponemos atención a todo el armónico caos sensitivo que ocurre dentro de nuestro cuerpo y dentro de nuestro espíritu cuando introducimos comida en nuestro paladar?


Si alguien quisiera decir de manera sintética y en menos de un minuto qué es lo que he intentado plasmar en mi texto, yo le sugeriría a manera de susurro que dijese lo siguiente: este es un intento por realizar una amistosa y cordial invitación a pensar la comida. Pero me parece que la decisión de si acaso he logrado hacerlo no quedará en su juicio, estimado lector, sino más bien en si al terminar de leer estas líneas las preguntas resuenan en usted de manera tal que al disponerse a comer ya no mire, ya no saboree, ya no olfatee el café, la sopa o la leche de la misma forma en que antes los miraba, los saboreaba y los olfateaba; en si luego de leer esto la curiosidad lo lleva a percatarse de que de hecho se percata de ellos y de todo lo que le hacen experimentar, y, por ende, en si al final llega a detenerse cuando menos por unos instantes para disponerse, efectivamente, a pensar la comida.

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