La visión cosmológica de la muerte según los mexicas

La muerte es un concepto relativamente nuevo para el hombre del cual se sabe muy poco. El miedo a pensar que no hay nada más después y que la vida acaba en ese instante ha llevado al ser humano a buscar sus propias explicaciones. Es este el que alimenta a un sinfín de historias, cuentos, leyendas y religiones, en busca de una sola respuesta: ¿qué pasa después de morir?

Por años, el hombre se ha visto inmerso y atrapado en este cuestionamiento, tratando de otorgarle un valor más a la muerte. Un millón de posibilidades abiertas ante el imaginario del ser humano, buscando entender a su paso la vida misma y su final. Tratando de entretejer mundos lejanos en donde el final no pareciera serlo del todo y donde la vida toma cierto rumbo incierto para acabar viviendo más de lo que uno cree.

En su artículo, Gloria Lynch y Julieta Oddone (2017), mencionan que al hablar de la muerte es básicamente sumergirse en un mundo lleno de posibilidades. La complejidad de su estudio ha llevado a diferentes investigadores y autores a teorizar por si mismos que sucede al dejar este mundo. Eso caracteriza al concepto, la incertidumbre y el alejamiento a saber lo que sucederá. Sin embargo, existen religiones como la católica o cristiana, que tratan de esparcir un poco de comodidad ante la idea. Para ellos la muerte no es solo más que vida en otro plano, dependiendo de las acciones de cada individuo, claro. Por ejemplo, existe el cielo y el infierno, cada uno destinado hacia diferentes tipos de personas; y el purgatorio, algo así como un lugar donde las almas o espíritus se ven perdidos, absortos de su propósito y ajenos a estos planos.

No es nada nuevo que, a través de un sistema de creencias y valores, el humano ha logrado ir formando su vida, darle un significado y tratando de darle cierta coherencia a este tipo de cosas que parecen no tener. Esto causa por consiguiente que el ser humano viva en función a sus creencias (Cano, 2007), llevando así a la idea de que cada uno va creando su propio cielo e infierno dependiendo de su persona. Y que sigue este camino o vía que tienen por seguro que los llevará hacia dónde quieren acabar.

Esta idea empieza a tomar forma con obras como La Divina Comedia de Dante Alighiere, en donde se nos muestra un viaje “imaginario” al infierno, purgatorio y paraíso. En este, Dante nos muestra varios círculos del infierno y otros del cielo, a donde se le tribuye a cada uno características específicas. En el caso del infierno, los círculos se dividen en nueve y a cada uno le corresponde un castigo dependiendo al tipo de pecado dando a entender que cada individuo tiene un castigo personalizado dependiendo de sus acciones en la tierra. Por otro lado, también se encuentran los nueve cielos a donde se le atribuye a cada uno una jerarquía de ángel diferente y dónde también se pueden encontrar diversos personajes dependiendo de cómo actuaron una vez vivos.

Sin duda, esta obra puede ser un buen punto de partida para entender mejor la visión cosmológica de los mexicas de la muerte. Con su concepto del “final” que se muestra algo distinto a lo que se tiene hoy en día “aclarado”, pues creían que esta no era el final, sino que formaba parte de la continuidad de la vida. También confiaban en que esta era realmente la finalidad de la concepción de la vida, debido a que formaba parte del orden cósmico vital. Por lo tanto, creían que el propósito de vivir era morir y así volverse eternos, empapados del universo y el ciclo que los rodeaba.

De acuerdo con lo que informa Fray Bernardino de Sahagún en su obra, Historia general de las cosas de Nueva España, dentro del panteón mexica existían diferentes “paraísos” donde reinaban diferentes dioses que se relacionaban con la manera de morir de cada persona. Por ejemplo, se encontraba el Tlalocan, en donde reinaba el dios del agua y la lluvia Tlaloc, y ahí iban a parar las personas que fallecían por alguna situación relacionada al agua o ríos. También estaba el Omeyocan, un lugar a donde iban a dar las mujeres que fallecían en parto y los guerreros que daban su vida en plena batalla. Mientras que en el Mictlan iban a parar las almas que realmente no habían sido elegidas por ningún dios, y este se consideraba como el inframundo en donde llegaban las personas que fallecían por causas comunes. Este último era gobernado por el dios de la muerte, Mictlantecuhtli, y su esposa la diosa Mictecacihuatl.

Para los mexicas, la muerta era más que solo la muerte, era el comienzo de algo nuevo, inclusive después de esta les esperaba una nueva vida ya sea reencarnando en un ave mística o descansando, volviéndose uno con la naturaleza y el entorno. Para esto, la persona fallecida tenía que atravesar nueve difíciles pruebas a lo largo de todo el Mictlán y así poder llegar a descansar por toda la eternidad.

El viaje empezaba, según lo que se dice, en Apanohuaia, también llamado Itzcuintlan, un río caudaloso que solo se podía llegar a cruzarlo con la ayuda de Xólotl, un canino que guiaba a la persona fallecida y que por esta razón era muy común que se enterraran a las personas con huesos de perros. Después seguía el Tepectli Monamictlan, en donde se tenían que cruzar dos cerros que chocaban entre si repetidas veces entre sí. Seguido de eso el alma debía atravesar ocho cerros de obsidiana conocidos como Iztepetl, en donde nunca cesaba de nevar. Eso llevaba al fallecido al Iztehecayan, en donde fuertes vientos como navajas los impedían seguir, aquí también entraba la siguiente prueba de Paniecatacoyan, la cual era la última parte del Iztehecayan, y en donde las lamas se encontraban a merced de los fuertes vientos del lugar hasta que estos lograban liberarlos para seguir su camino. De ahí el muerto debía atravesar el Timiminaloayan y el Teocoyocualloa, en donde tenía que evitar flechas y puntiagudas saetas para acabar siendo devorado por jaguares que terminaban por abrirle el pecho y comerse su corazón. La penúltima prueba llamada Izmictlan Apochcalolca, era un camino angosto entre piedras, donde una espesa niebla los cegaba, justo ahí era cuando finalmente el muerto podía despegarse completamente de su cuerpo y su tonalli (alma) era finalmente libre. Y para finalizar el largo caminar de los fallecidos, debían de pasar las nueve aguas del Chicunamictlan para así demostrar ser valerosos ante los dioses del inframundo, y liberarse completamente de los padecimientos del cuerpo. Según la mitología mexica, una vez ya transcurridos los nueve “niveles” del Mictlán se llega a la “segunda muerte” donde por fin el alma descansa y regresa a ser parte de la naturaleza para vivir en paz por la eternidad.

Con una visión de la muerte distinta a las usuales, la mitología mexica logra crear un mundo completamente nuevo en donde da a entender que el principal objetivo de la vida es la muerte misma. Esta búsqueda del “final” y la paz. La transmutación de lo que parece ser la muerte a algo más, mucho más grande de lo que se puede imaginar: regresar de donde vinimos. Si bien, la pregunta no logra responderse o esclarecerse, los mexicas logran proporcionar una visión más mística de lo que sucede después de morir. No se deja de existir ni se acaba la vida como tal, sino que se regresa al caos de donde se vino.

No existía un cielo o infierno para ellos, sino los esperaban unas infinidades de vidas al lograr completar su largo viaje y volverse uno con el cosmos. Para los mexicas la vida no tenía otro propósito más que ese, el buscar y llegar a unirse con la naturaleza, pues ese era su más grande objetivo. Un ciclo sin fin de vida y muerte donde todos regresaban al lugar de donde vinieron, y el cual se repetía una y otra vez. Le otorgaban un valor inmenso a la muerte, la cual honraba a la persona fallecida quien se embarcaba en el viaje en busca de su descanso. Confiados de que su vida significaba mucho más de lo que pensaban, confiados en que esa era la verdadera vida que se encontraba después de la vida.




Referencias:

Alighiere, D. (2018). La divina comedia. (35 ed.). Editorial Porrúa.

Cano, M. (2007). Vida después de la muerte, prácticas religiosas y miedo: validación de una

escala de creencias. Revista científica y profesional de la Asociación Latinoamericana para la Formación y la Enseñanza de la Psicología, 7 (20), 88-101.

Lynch, G., Oddone, J. (2017). La percepción de la muerte en el curso de la vida: un estudio

papel de la muerte en los cambios y eventos biográficos. Revista de Ciencias Sociales, 30 (40), 129-150.

Malishev, M. (2003). El sentido de la muerte. Ciencia Ergo Sum, 10 (1), 51-58.

Mendoza, V. (1962). El plano o mundo inferior: Mictlán, Xibalbá, Nith y Hel. Estudios de

Cultura Náhuatl, 3, 75-99.

Sahagún, B. (2019). Historia general de las cosas de Nueva España. (3 ed.). Editorial Porrúa.

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