La imagen fotográfica: el momento eternizado a través de Instagram. Parte 3

Actualizado: 13 may 2021

Resumen

El presente artículo parte de una reflexión surgida a partir de la imagen fotográfica visual y las consecuencias a las que se ha enfrentado el sujeto al incluir la participación de las redes sociales (en este caso, Instagram) tanto al terreno social y personal. De modo que ahora el sujeto puede verse a través de esta red social como parte de una masa uniforme que se llamará comunidad digital.


 

Los influencers, los followers y el liderazgo sin compromiso.


Según mi investigación informática, la palabra influencer proviene de Henry More, este filósofo inglés que hace uso del término para referirse a una figura de poder dentro del ámbito religioso y por más nuevo que parezca data de 1664, sacado de su libro A Modest Enquiry into the mistery of iniquity.


Y aunque hoy en día haya todavía líderes religiosos a los que podemos llamar figuras de poder, el término influencer ya no va de acuerdo con las nuevas definiciones que ha tomado esta palabra.


Ahora los influencers pertenecen a la era digital completamente, le deben su fama a las redes sociales y a los llamados seguidores, ¿por qué alguien debería seguirlos? ¿no es un llamado al liderazgo sin compromiso?, ¿a una posición de poder y de influencia sobre los demás? ¿No estamos dejando que se comprometan simplemente con ellos mismos y dejen de lado a las personas “que les han dado su poder”?


Estos problemas dentro de las redes sociales han sido polémicos desde que la popularidad de los influencers creció como espuma a niveles exorbitantemente ridículos.

“¿Quién sabe porqué la gente hace lo que hace? La cuestión es que lo hace, y podemos seguirle la pista y medirlo con una fidelidad sin precedentes”.[1] Aquí Chul-Han está descuidando un lado problemático y es que siguiendo la vida de un influencer su poder es tanto que no mide la consecuencia de sus acciones empoderado por medio de los millones de personas que lo incitan a cumplir ciertas expectativas o que disfrutan de ciertas cosas por medio de ellos.


Tenemos un caso real que parece irrisorio, donde Logan Paul el youtuber estadounidense más popular de nuestra década, se encontraba en Japón visitando el bosque de los suicidios donde por obvias razones era natural que estuviera grabando cuando al encontrarse con un cadáver colgante no hizo más que reírse y seguirlo transmitiendo.

Claramente los usuarios que seguían al influencer, que eran más de quince millones para ese momento, luego de que le cerraran las puertas con diversos contratos y hasta una producción de una película donde tendría uno de los papeles estelares, se retractó de este hecho y pidió disculpas públicas.


La ética que guía a estas personas claramente se ha distorsionado tanto, que ha perdido la idea de lo que significa tener el impacto en otras personas.

También podemos tomar el caso de una influencer latina llamada Lele Pons, quiso subirse a la era del discurso políticamente correcto y ocupó su influencia para publicar una foto en su Instagram donde una amiga sostenía supuestamente el cabello que le habían cortado para donarlo a una fundación de personas con cáncer. Como los seguidores están ávidos de consumir y ya no sólo para halagar sino también para hundir, se dieron cuenta que todo esto era un montaje ya que el cabello que aparecía en la foto eran simplemente extensiones y la expusieron tanto que tuvo que cerrar su cuenta de Twitter para no verse afectada por las repercusiones de su error.


Así que sí, también se trata de saber porqué lo hacen, qué es lo que sucede con ese nivel de influencia y cómo afecta a los millones de seguidores.


Y no es que el influencer sea el único culpable de esta falta de empatía, también el seguidor quiere ver al influencer caer a la menor provocación ya que no ha satisfecho sus necesidades digitales, ¿cuáles son estas nuevas necesidades propiciadas por la vida digital? La exposición, es una de ellas, pero más allá de esto, es la transparencia la que buscan los seguidores.


“La sociedad de la transparencia y de la información es una sociedad con muy alto nivel de ruido […] La sociedad de la información es una sociedad de la vivencia. Y también ésta última es aditiva y acumulativa. […] La vivencia no tiene ningún acceso a lo completamente distinto”.[2]


Los seguidores alimentan su deseo por medio de lo subido por los influencers, quienes intentan mantenerlos contentos y también que sigan interesados en su vida. Hoy día hay seguidores que fingen simpatía por alguna persona con este nivel de influencia digital y que, en cuanto esta comete un error es atacada y en muchas cosas cancelada por sus mismos seguidores.


De ahí la lealtad que busca el influencer en sus seguidores, de ahí los premios dados, los miles de giveaways[3], las dinámicas publicadas en Instagram, y las convivencias para estar con su “familia”. ¿En qué momento el seguidor tuvo que perder su individualidad para atraer la mirada del influencer y que lo llegue a tomar en cuenta?


Así es como la figura del influencer se moldea en medida que sus seguidores le piden novedades, “la necesidad de confirmar la realidad y dilatar la experiencia mediante fotografías es un consumismo estético al que hoy todos son adictos”.[4] Tanto como el fotógrafo que está en busca de conquistar nuevas experiencias, ambos luchan contra el tedio. Donde la mayoría de los influencers innovan a través de escándalos o noviazgos que otras personas buscan ver, el fotógrafo también busca nuevas maneras de mirar temas conocidos.


“En vez de limitarse a registrar la realidad, las fotografías se han vuelto norma de la apariencia que las cosas nos presentan alterando por lo tanto nuestra misma idea de realidad y de realismo”.[5] El influencer usa a la fotografía para poder modificar su apariencia, el seguidor empieza a creerse esta imagen proyectada y el sentido de realismo lo ha perdido.

La transparencia es ocultamiento


“La fotografía representa ese momento tan sutil […] no soy ni sujeto ni objeto, sino más bien un sujeto que se siente devenir objeto: vivo entonces una micro experiencia de la muerte (del paréntesis); me convierto verdaderamente en esectro”.[6]


Hemos comprendido ya que lo que esconden en el fondo las redes sociales, no es el sentimiento de inmortalidad del alma, el sentido de espiritualidad se da por perdido en la realidad virtual.

Ahora le otorgamos a la fotografía un poder simbólico y hasta casi de sentido ritual. Porque cuando nos encontramos detrás de la pantalla, creemos que estamos siendo conectados con el otro, lo sentimos más cerca.


Este sentimiento de cercanía también nos hace creer que una imagen implica transparencia, en el sentido absoluto del término, y sí, podemos ver al otro ya sea en toda su expresión corporal y virtual, pero ¿podemos hablar de la transparencia como sinónimo de sinceridad?


¿Tan siquiera podemos hablar de la transparencia en redes sociales como una manera de exponer la realidad?

¿La nueva cara del artista? Photoshop y el editor de fotos


“Photoshop no es solo conocido por sus usos buenos, también lo es por los malos, en intentos de engaños, estafas o en retoques ridículos realizados por gente con falta de conocimientos que ha dejado a la vista su uso, y, por lo tanto, ha recibido mala fama. Pero el Photoshop está muy cerca de ser la herramienta perfecta.”[7]


La insistencia con la que Benjamin critica a la fotografía y al cine es precisamente la crítica que deberíamos retomar ahora para poder hablar de si es posible considerar al editor de las fotografías que vemos tanto en revistas como en redes sociales, los nuevos artistas de nuestra época.


Creado en 1987 por el estudiante Thomas Knoll de la Universidad de Michigan, Photoshop se ha vuelto una de las grandes herramientas de la persona que se encuentra detrás del retoque de las fotos. Ya sea el mismo fotógrafo o una persona que realmente se dedique a retocar las fotos solamente, como los editores de vídeos de hoy en día.


Pero ya sabemos lo que empieza con nobles intenciones, puede convertirse luego en un recurso distorsionado. En el caso de lo que pasó con el cine y las películas, que permitía retratar a la sociedad y documentar sus avances y sus vivencias, terminó convirtiéndose para la Segunda Guerra Mundial en un recurso invaluable para hacer que las personas siguieran bajo el sistema fascista y nazi.


¿Qué podemos decir ahora del Photoshop? Simplemente que es una herramienta nueva para la distorsión de la realidad, es tan impecable su uso, que no puede notarse si hay un profesional detrás de ella y en un afán de amateurs por querer convertirse en las personas estilizadas que vemos por todos lados, se ha descubierto que las portadas de revista y las imágenes de Instagram simplemente pueden alterarse a diestra y siniestra.


El apego a esta estética contemporánea nos ha llevado al límite y hemos visto como las personas cambian en función de imagen para poder agradar a las masas. “[…] la invisibilidad de la masa incremente la autoridad de la supervisión”.[8]

Lo que también llamará Han en su libro Psicopolítica como panópticos digitales, un ahondamiento de lo que dirá Foucault en su tiempo; la masa es su propia vigilante, en las redes sociales podemos observar al otro y criticarlo de manera brutal, carente de empatía. Es por esto por lo que tenemos un llamado a reconocer la realidad virtual como parte de la realidad, ya que al dejarla de lado como simple fantasía no tomamos en cuenta el poder que ejerce sobre nosotros, más si convivimos todos los días con nuestros dispositivos móviles, estamos expuestos, somos vulnerables.


Ahora la masa se ha vuelto no solo experta en tomar fotografías sino también en editarlas, “el haberse vuelto experto, para bien o para mal, en un proceso de trabajo extremadamente especializado le ha valido una entrada a la autoría. El trabajo mismo toma la palabra”.[9]


Esto nos lleva a pensar nuevamente que la preservación de la estética de nuestra generación se ha tomado tan en serio la preservación corporal que acude al Photoshop para “arreglar” o exaltar ciertos atributos físicos deseables.


“La presencia de la realidad en tanto que libre respecto del aparato se ha vuelto aquí su presencia más artificial, y la visión de la realidad inmediata una flor azul cultivada en el país de la técnica”.[10]